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domingo, 12 de agosto de 2018

Materia

Cuando se anunció que Antonio Hitos había sido escogido para realizar la residencia en la Maison des Auteurs de Angoulême en 2018, decidí que había llegado el momento de leer Materia. Para entonces la biblioteca ya lo incluía en su catálogo así que no he tenido que esperar mucho para poder disfrutarlo. Me esperaba algo en la línea de Inercia y me he encontrado con una obra que consigue superar a su predecesora.


Personas no-humanas (o quizá sí) de apariencia antropomórfica se enfrentan al día a día siendo conscientes de que en cualquier momento podrían ser abducidos por alienígenas para ser devueltos más adelante con una u otra secuela física. Eso no impide que sus problemas cotidianos (y, por lo tanto, esenciales) se circunscriban a trivialidades como que se estropee la lavadora, suspender un examen en la universidad, no conseguir entradas para un concierto o una riña con un hijo desapegado. 

Con minuciosidad y esmero, Antonio Hitos solapa múltiples capas narrativas, conceptuales y gráficas para obtener su Materia. No hay un solo detalle en su obra que carezca de planificación, la presencia de cada elemento cumple una función determinada. Y se trata de una norma que aplica a cada color, cada silencio, cada repetición, cada subdivisión de viñetas, cada contenedor de basura... El autor no deja nada al azar y recubre este título con multitud de niveles de los que extraer información. Puede que los diálogos sean el elemento con menor contenido de toda la obra, por lo que una debe estar atenta a cada pequeño detalle mudo para comprender qué está ocurriendo en realidad; sin embargo, incluso en una lectura distraída en la que las simetrías y elipsis puedan pasar desapercibidas, transmite un cierto desasosiego.


Se alaba a Antonio Hitos por ser la voz de una generación o, al menos, por ser capaz de impregnar sus obras con ella. En contraposición a cómics convencionales o, simplemente, de otra época, puede parecer que hace una crítica activa de la sociedad actual pero a mí me da la sensación de que sus obras están imbuidas de ese resignación descorazonadora simplemente porque esa es la única realidad que se puede retratar con toda sinceridad a día de hoy. Por supuesto que se solapan el arte urbano, la publicidad vacua y la crisis espiritual en todos los capítulos de Materia, porque en eso consiste nuestra sociedad. 

La coexistencia apática con extraterrestres me ha hecho pensar mucho en Dead Dead Demons Dededede Destruction, de Inio Asano. De hecho, creo que la desidia que destilan las obras de Antonio Hitos tiene algunos ecos a las de este mangaka. En cierta manera, la ciencia ficción con ¿deliberada? crítica social me recuerda un poco al Shangri-La de Mathieu Bablet y precisamente considero que Hitos triunfa allí donde no se supo desarrollar éste ya que se entrega sin reparos a la experimentación gráfico-narrativa y, en lugar de dar explícitas lecciones moralistas, otorga la responsabilidad de interpretar el mensaje que quiere transmitir al lector.


Me entusiasma que Hitos mezcle elementos teóricos de biología evolutiva (en Inercia) o física cuántica (en Materia) con diálogos en apariencia superficiales. Por supuesto, todos conocemos la paradoja del gato de Schrödinger pero su aparición estelar en el primer capítulo, Ciencia, es una muestra más de la capacidad del autor para transmitir ideas complejas con muy pocos elementos y con una concisión envidiable. Con Materia, Antonio Hitos consigue una mezcla exquisita de costumbrismo alienígena y complejos conceptos filosóficos que trasciende el medio. 

Es inevitable que toda reseña de la obra de Antonio Hitos destaque su grafismo excepcional ya que es una marca del autor que le da un carácter único, personal e intransferible a todo lo que hace. Y yo no iba a ser menos claro. Al hojear tanto Materia como Inercia salta a la vista que no es un cómic convencional, apoyándose la narración en el uso excéntrico del color que se limita a los tres colores primarios: cian, magenta y amarillo. Pero por mucho que sea lo más llamativo, Materia se desmarca de otros cómics por su simetría, tanto estética como narrativa, dándole una vuelta de tuerca al medio. 


En cierta manera, y aunque las obras sean independientes entre ellas siento que el autor está realizando una saga que comenzó con Inercia, prosiguió con Materia y seguirá alargándose con Ruido. Aunque al mismo tiempo me planteo si no aparecerá esta última obra con una llamativa portada inundada de magenta anunciando así el final de una trilogía. ¡Ya se me está haciendo larga la espera para esta nueva entrega!

domingo, 22 de abril de 2018

I.D. de Emma Ríos

Llevo queriendo leer I.D. desde que vi alguna de sus páginas fotografiada en su primera edición como parte de la revista de cómics Island. Incluso llegué a tener algún número de dicha revista en mis manos en una visita a Gigamesh. Pensé en comprar el volumen en inglés cuando supe que Image iba a recopilar todo el material en tomo. No mucho después Astiberri anunció que editaría este título en castellano. Y mis dudas existenciales sobre qué edición comprar desembocaron en que terminara por no comprar ninguna. Si no fuera porque lo encontré hace unas semanas en la biblioteca, supongo que habría seguido perdiéndome su tan estimulante lectura.


En un futuro ficticio, el avance de la ciencia ha hecho posible el trasplante de cuerpo, o de cerebro (según se mire), si se tienen los medios y la determinación necesarios. Con el propósito de someterse a dicha cirugía, Noa, Charlotte y Miguel discuten en una cafetería sobre los motivos que los han llevado a tomar una decisión tan radical. Mientras tanto, una guerra sin cuartel tiene lugar en el exterior y los intereses del centro que lleva a cabo el dudoso procedimiento no están del todo claros...

Voy a empezar la casa por el tejado hablándoos de un artículo que funciona a modo de epílogo firmado por el doctor Miguel Alberte Woodward, que asesoró científicamente a Emma Ríos a la hora de crear un marco teórico coherente en el que fuese factible hablar de trasplante de cuerpo. Se trata de un pequeño alegato en el que expone todos los motivos por los que nunca tendría sentido aplicar una operación como la que se plantea en I.D. Echa por tierra la hipótesis que sustenta al cómic desde todos los ángulos posibles, y lo hace concienzudamente. Con esto en mente, autora y lectora tenemos muy claro que el objetivo de I.D. no es ni predecir el futuro ni tampoco el mero entretenimiento, sino una reflexión extraordinaria sobre la identidad desde un punto de vista que sólo la ciencia ficción podía facilitar.


Cuando empecé a leer una disertación sobre optogenética, virus neurotropos usados como vectores y estereotaxia como marco de referencia no daba crédito. Es una combinación fascinante de elementos que sí se emplean actualmente en investigación y para tratar ciertos trastornos. Sólo por dedicar tanto esfuerzo a que el mecanismo del procedimiento quirúrgico se explicitara y, encima, fuera coherente, ya considero que I.D. sobresale entre otras obras de ciencia ficción que prefieren no detenerse en la lógica interna de lo que plantean.

Pero, como en toda obra del género que se precie, y como ya nos revela el doctor Alberte, el trasplante de cuerpo no es más que la excusa que sirve de telón de fondo a una serie de cuestiones más bien metafísicas sobre la identidad y cómo nuestro cuerpo es la interfaz que nos permite comunicarnos con el mundo exterior y otras personas. La viabilidad de tal procedimiento tendría (especial) sentido en el contexto de enfermedades orgánicas o lesiones graves derivadas de traumatismos pero no es este el escenario de I.D. Los candidatos a la operación que presenta Emma Ríos son privilegiados habitantes con medios suficientes que aspiran a alcanzar la cúspide de la pirámide de Maslow con la enésima invención biotecnológica. No tengo ninguna duda de que si algo así existiese hoy en día, no faltarían voluntarios para someterse a la operación, ya que hay una creciente obsesión con comprar la felicidad.


Noa es un chico trans que no se conforma con una operación de cambio de sexo sino que prefiere reemplazar su cuerpo para así poder sentirse cómodo consigo mismo. Miguel es un expresidiario que prefiere no revelar demasiado de sí mismo. Mientras que Charlotte es una mujer de avanzada edad con ganas de experimentar. Estos tres personajes sólo comparten su deseo de cambiar de cuerpo pero no podrían ser más distintos en todo lo demás. I.D. consiste, precisamente, en todos los intercambios que comparten estas tres personas que, al ser tan opuestas, tanto tienen por discutir. Especialmente brillante me parece el retrato que hace Emma de la masculinidad y la feminidad presentando primero a Noa como un chico que no se siente identificado con su cuerpo femenino y menudo, para introducir más adelante a Miguel como un hombre de lo más corpulento incapaz de usar la violencia mientras que la aparentemente frágil Charlotte es la más autosuficiente del grupo con claras aptitudes para dejar K.O. a cualquier amenaza potencial.

Pero son los destellos fugaces de información entrecortada que se intuye aquí y allá los que acaban de complementar la lectura de esta obra. I.D. tiene lugar en un futuro incierto, me atrevo a aventurar que bastante próximo, en el que los humanos hemos conseguido colonizar con éxito la Luna y Marte. Por supuesto, los avances tecnológicos no han podido con la corrupta naturaleza humana por lo que hay disturbios por doquier, abusos policiales y las triquiñuelas ilegales de grandes corporaciones están a la orden del día.


Es en el apartado gráfico en el que Emma Ríos demuestra su larga trayectoria como artista de varias editoriales de cómic estadounidenses. Tiene muy claro que cada una de sus páginas ha de ser una obra en sí misma y tiene de sobras el talento para lograrlo. Además, para darle un toque aún más personal, opta por el bitono; la elección por el magenta acentúa el carácter íntimo y visceral de la historia. Me encanta la composición de viñetas de casi todas las páginas, aunque el objetivo principal sea transmitir una idea/argumento, I.D. no deja de ser un experimento gráfico con un resultado final excelente.

Puede que el principal defecto del cómic sea su brevedad ya que introduce un mundo tan interesante que el escaso desarrollo que se puede mostrar en 80 páginas podría resultar incluso superficial para el lector. Aunque la historia de Noa es bastante lineal y la de Miguel obtiene un cierto grado de resolución, Charlotte permanece como un absoluto enigma de principio a fin. Quizá el tono sea demasiado desenfadado para la crudeza de lo que cuenta, me hubiese encantado ver al menos un capítulo dedicado tan solo a las secuelas de la operación aunque entiendo que no era ese el objetivo de la obra. Es una idea que no dista tanto de la que se presenta en Altered Carbon pero creo que la de I.D. es más tangible y permitiría explorar aspectos muy interesantes.


Para concluir, os recomiendo encarecidamente la lectura de I.D., tengo claro que lo añadiré a mi biblioteca (cuando decida en qué idioma lo quiero) aunque, por lo pronto, mi prioridad es hacerme con Mirror ahora que sé que conecto al 100% con los mundos que plantea Emma Ríos.

jueves, 3 de agosto de 2017

Los Pies Vendados

Giant Days me despertó el apetito por los cómics no japoneses y acabé en la biblioteca, después de mucho tiempo, a ver qué encontraba. Dio la casualidad que hacía muy poco había leído un pequeño reportaje sobre la costumbre bárbara de vendar los pies a las mujeres chinas como símbolo de belleza y erotismo así que cuando me topé con el impactante título lo cogí sin pensármelo mucho a pesar de no haber oído hablar antes de dicho cómic.


Para los profanos, como yo, quiero aclarar (brevemente) en qué consistía exactamente esta tradición de "vendar los pies" ya que, sin conocimiento de causa, puede parecer algo relativamente inocuo. Tener los pies vendados quería decir, en realidad, que a una edad temprana (hacia los 5 años de forma óptima) se les deformaban los pies a las niñas a propósito, apretando los dedos del pie contra la planta y vendándolos rápidamente con fuerza para mantener la deformación antinatural. Por supuesto, para conseguirlo, era necesario romper los dedos en el proceso y resultaba extremadamente doloroso. Esto se hacía con el objetivo de que una vez adulta, los pies de la mujer no superaran los 7 centímetros de largo (coged una regla que tengáis a mano y llevaros las manos a la cabeza). Esta deformación obligaba a las mujeres que la sufrían a caminar con dificultades, con un bamboleo característico que se consideraba erótico. Lo mismo ocurría con los pies, siempre vendados y en unos zapatos tradicionales con decoración profusa, que también despertaban las más enfermizas filias.

Las mujeres con los pies vendados no podían trabajar en el campo, aspiraban a convertirse en mujeres de hombres ricos y, básicamente, se convertían en floreros para la posteridad. Se trata de una práctica común en China durante varios siglos, que se realizaba a casi todas las mujeres de alta alcurnia y a unas pocas afortunadas entre los campesinos que aspiraban a mejorar la clase social de la familia a base de concertar matrimonios de provecho. Si queréis saber más sobre el tema, hay información abundante en la red, incluyendo fotografías de cómo eran en realidad esos pies al quitar la venda; no son para todas las sensibilidades, avisados quedáis.


Li Kunwu es un artista veterano reconocido a nivel internacional por su obra autobiográfica Una vida en china. En Los pies vendados no se aleja mucho de sus temas de interés habituales, narrando la vida de Chunxiu, la que fuera su niñera cuando era todavía un niño, tal y como ella misma se la contó. Se trata pues de una obra biográfica en que, a través de la historia personal de Chunxiu, enfatizando siempre cómo todos los puntos de inflexión de su vida tuvieron algo que ver con sus pies, el autor aprovecha para contar los movimientos convulsos que hubo en China el siglo pasado con la instauración del nuevo régimen. Tanto es así, que a veces una duda siquiera si Los Pies Vendados es realmente la historia de esta mujer o si en realidad sus experiencias son colaterales al guión del cómic con páginas enteras (de su centenar escaso) dedicadas a conversaciones entre hombres en el mercado o llenas de propaganda política, que son las que realmente permiten apreciar cuál era la situación del pueblo en la China rural de la época.

El título que hoy me ocupa ofrece pues una lectura entre líneas, cargada de intención, en que se critica con dureza la sociedad china y su evolución en el último siglo sustituyendo una lacra por otra. Si la infancia de Chunxiu se caracterizó por los últimos coletazos del imperio, y su juventud por tiempos convulsos de cambio y radicalización, su vida adulta y vejez constituyeron una huida continua, con el pasado siempre a cuestas, sin visos a mejorar nunca, sabiéndose sola e impotente pero, a pesar de todo, aceptando su destino y tirando hacia delante, agarrándose a la vida con orgullo a pesar de ser vista como una lacra por y para la sociedad.



Los Pies Vendados es una lectura sofocante, con viñetas oscuras y sucias, emborronadas, con mucha emoción contenida. No hay viñetas particularmente explícitas. El autor se vale de otros recursos para reflejar la crueldad de la práctica de vendar los pies. De hecho, Chunxiu es un personaje contemplativo, cuyos silencios dicen mucho más que sus palabras. Li Kunwu incluye al inicio de su novela gráfica fotos de los objetos que les dejó Chunxiu, y que tantas veces aparecen a lo largo de la obra. Es esta proximidad, el saber que esta historia no tiene nada de ficticio, la que hace que este cómic impacte tantísimo. A pesar de lo crudo que es, me parece un homenaje magnífico a la estupidez, ignorancia y determinación humanas así que os recomiendo su lectura sin reservas.

Fuente: Vendado de pies, Wikipedia [Accedido el 20 de julio de 2017]

martes, 7 de junio de 2016

Las calles de arena

Vaticino el efecto que puede tener decir esto nada más empezar la reseña pero... cualquier cosa que os cuente sobre el argumento de este cómic os va a estropear, aunque sea parcialmente, la aventura de leerlo. Es por eso que he decidido no escribir una sinopsis sobre la obra; digamos que la historia trata, simplemente, de un chico que está un poco perdido. Pensaba (reconozco que muy ingenuamente) que tenía calado a Paco Roca después de haber leído su célebre Arrugas y en vista de la línea que ha seguido con otros títulos como Los surcos del azar o Viñetas de Vida pero nada más lejos de la realidad.


Si bien en sus obras posteriores Paco Roca consigue llamar la atención sobre realidades denunciables del tercer mundo (la precariedad en Mauritania), poner el acento en ciertos acontecimientos de la historia reciente de España o apelar a nuestros orígenes, Las calles de arena es una obra eminentemente fantástica que funciona a modo de cómic de autoayuda no reconocido. Y con esto quiero decir que no vais a encontrar ni consejos explícitos ni frases tan grandilocuentes como la vida es chula pero sí una moraleja (o varias) gigantesca. Paco Roca trabaja con la exageración y la reducción al absurdo, caricaturizando nuestros pequeños pecados del día a día en personajes condenados a vivir un bucle infinito que parece sacado de Las metamorfosis de Ovidio.

Describir las obsesiones y compulsiones de los habitantes del hotel La Torre equivaldría a destriparos la obra entera así que os dejo tan sólo un pequeño fragmento en el que el protagonista descubre que la cartera, muda, sólo reparte cartas que ella misma escribe y que sólo responde a aquellos que se comunican con ella por escrito, por mucho que los tenga enfrente. Como ella, todos los inquilinos se buscan su propia ruina ejerciendo este tipo de comportamientos paradójicos y absurdos que no llevan a ninguna parte. Me hace pensar en aquello que decía la Reina Roja de que hay que correr mucho para seguir en el mismo sitio (de hecho, volviendo a hojear el cómic veo que el mismo autor cita Alicia en el País de las Maravillas como preámbulo a lo que vamos a encontrar en las calles de arena, y como pista de hecho).


Las calles de arena tiene mucho de cuento, de fábula, de mito. Una no sabe discernir claramente las influencias del autor mientras creaba la obra aunque son unas más evidentes que otras; por ejemplo, es clara la similitud del hotel con la controvertida torre de Babel, por mucho que todos los personajes hablen el mismo idioma es más que evidente que no se entienden, que no saben cómo comunicarse: unos no escuchan, otros no hablan, otros no quieren oír y otros no quieren ver. Y, volviendo a esa autoayuda, claro que no somos vampiros que viven, literalmente, una eternidad acumulando objetos en lugar de experiencias, claro que no dormimos en un ataúd esperando lenta y pacientemente a que la muerte venga a buscarnos. Pero quizá sí que pensamos periódicamente en lo que no podemos hacer en lugar de plantearnos cómo hacerlo; quizá no somos capaces de expresar de forma clara y directa aquello que queremos; quizá estamos tan convencidos de tener razón que no nos molestamos en escuchar los argumentos de los demás... En cualquier caso, lo que está claro es que el autor no ha dejado nada al azar en esta obra.

Y, si no queréis darle tantas vueltas a los detalles, os podéis dejar sumergir en la historia y disfrutar con las ocurrencias de Paco Roca, preguntándoos cómo se las va a apañar el protagonista para salir de una casa de locos digna de aquella tarea hercúlea aparecida en Las 12 pruebas de Astérix (que imagino que estará adaptada en alguna otra cosa aunque no forme parte del mito original...). Que esté ambientado en un mundo onírico no lo hace menos cómic de aventuras, con archienemigo incluido, entretenido para un amplio abanico de públicos distintos.


Perdiéndome un rato en las calles de arena he descubierto a un extrañamente viejo y nuevo Paco Roca: una contradicción que sólo podía obedecer a las normas del hotel cuyos inquilinos parecen querer hacerlo todo al revés. Difícil que no os guste si disfrutáis de los personajes cercanos, las metáforas y los universos personales que sólo se pueden visitar en la ficción.

viernes, 8 de abril de 2016

Ausencias

Y este cómic lo descubrí muy colateralmente cuando me acerqué tímidamente al stand de Astiberri en el salón del cómic de hace dos años donde estaban Cristina Bueno y Ramón Rodríguez en principio dedicados a la firma de, precisamente, Ausencias; solo que en ese momento a mí este título me importaba más bien poco, ni siquiera me había molestado en leer la sinopsis e iba bastante aturdida tras haber devorado el magnífico Sostres, que es el cómic del que buscaba la firma. La cuestión es que ese mismo día vi algunas páginas de estas ausencias en una exposición de aquel año sobre cómic autobiográfico y se fue directo a la lista de pendientes.


Ramón Rodríguez fue diagnosticado con epilepsia a los ocho años. Esta condición moldeó su infancia y su madurez y es la que le ha convertido en el adulto, músico y padre que es ahora. Quizá era evidente, quizá no tanto, pero echar la mirada hacia atrás y analizar retrospectivamente su vida tomando aquellas extrañas ausencias como hilo conductor era un proceso necesario para que Ramón lograra conciliarse consigo mismo a la vez que se descubre con valentía tanto a la mirada familiar como a la totalmente ajena con la ayuda del talento de Cristina.

En Ausencias, Ramón va saltando de su infancia a su adultez, de ahí a la adolescencia y nuevamente a la infancia. No pretende hacer una recopilación cronológica de los acontecimientos más importantes de su vida, ni mucho menos, sino hilar sus recuerdos más importantes por su contenido: de la primera ausencia a su pasión por la música, de ahí a su afición por el cine de terror, de nuevo a la epilepsia y así sucesivamente.


Cuando leo obras autobiográficas no puedo evitar sentirme como una intrusa cotilleando las intimidades ajenas pero, a la vez, me maravilla darme cuenta de lo parecidos y distintos que somos todos unos de otros. Yo tengo la fortuna de no padecer ni haber padecido epilepsia ni ningún otro trastorno que se le asemeje pero sé que, si se hubiese dado el caso, mi madre también habría trasnochado conmigo (aunque la maratón quizás hubiese sido de Jeanne).

Al ser el autor originario de Vilassar de Dalt, las distintas localizaciones son un guiño constante. Me llevo quince años con el autor pero no son suficientes como para que en mi infancia no fuese yo también repetidas veces al parque de atracciones del Tibidabo o a la Isla Fantasía. Detalles como ver algún walkman (reliquias del pasado) o videoclub en las viñetas son más que suficientes para ubicarnos unas décadas atrás y Cristina se desenvuelve muy bien con los fondos aun y con su característico dibujo sencillo y reduccionista.


Un cómic costumbrista que podría pasar por una de esas historias en las que simplemente se narran las pequeñas cosas que constituyen nuestro día a día, se convierte en algo más al retratar, desde el punto de vista de un paciente, cómo es crecer con un diagnóstico de epilepsia. Porque, aunque son las ausencias las que dan título al cómic, son muy pocas las que en realidad aparecen entre sus viñetas. El tratamiento para prevenirlas, las pruebas médicas de rutina durante años, las estrictas recomendaciones y las malas experiencias vividas de niño son los verdaderos protagonistas.

Igual que en Que no, que no me muero, la relevancia no la tiene tanto el diagnóstico en sí sino todo lo que implica cuando lo enmarcamos en la sociedad actual, que ha encontrado cura para casi todo menos para la propia cura. Tener un ataque epiléptico es desagradable y peligroso pero pasarse siete años tomando pastillas todos los días, con unos efectos secundarios incapacitantes no es que sea el sueño de todos los niños. Estar vivo es importante pero tener cualidad de vida también y es algo que no suele formar parte de la conciencia colectiva (hasta que te pasa a ti, claro).


Ausencias es una lectura polifacética donde tanto se aborda una enfermedad bastante desconocida como los juegos de niños con disfraces de Spiderman y juguetes de Star Wars; es una lectura para todo el mundo, de la que difícilmente no encontraréis jugo que sacar.

lunes, 25 de enero de 2016

Yuna

Ya sabéis que tanto la ciencia ficción como la inteligencia artificial como los relatos intimistas como los tebeos en general son mi debilidad así que cuando me encontré todo esto reunido en Yuna, supe que tenía que darle una oportunidad.


Héctor es el único tripulante humano de una nave espacial, embarcado en una misión incierta. Para aliviar la fría soledad del espacio, viaja con una androide programada para quererle, Yuna. La curiosa pareja aguarda el devenir de los días con rutina y monotonía hasta que su viaje se ve interrumpido por un gigante cuerpo celestial que a pesar de su magnitud parece una nave... pero para averiguar de qué se trata, ambos deberán adentrarse en el coloso de metal.

Cuando empecé a leer Yuna no pude dejar de establecer paralelismos con Solaris, un libro de ciencia ficción que leí hace unos meses (y que no he tenido ocasión de reseñar) en que se abordan temas similares: por un lado, qué características debemos encontrar en alguien, o algo, para poder desarrollar sentimientos amorosos hacia él, ella o ello; por el otro, la vida en el espacio, en la que es inevitable alienarse. Es decir, aunque se trate de un cómic de ciencia ficción, en esencia se trata de una obra intimista.


Héctor es humano y Yuna una androide pero es él quien sufre ante la perspectiva de perderla y es él quien admite sin pudor necesitarla. Los humanos somos seres sociales por naturaleza y, de hecho, hemos evolucionado para que nuestro cerebro se adapte a la perfección a la vida en comunidad. Por lo tanto, la soledad que ofrece el espacio no es, en ningún caso, una alternativa viable. Pero entonces, ¿qué diferencia hay entre estar solo y convivir con un ordenador con forma humana? Como siempre, entra en juego la noción de conciencia y de inteligencia artificiales que, más que inferiores (o superiores) a las nuestras, son llanamente distintas.

Como augura el título, Héctor es una excusa, es un efecto colateral, la protagonista es Yuna y es su historia la que cuentan en este cómic Santiago García y Juaco Vizuete. Gracias a sus conversaciones con otra androide conocemos tanto su pasado como sus inquietudes y su forma de entender el mundo o, en este caso, el universo. Su incapacidad para entender ciertas pautas emocionales humanas (inexistentes), su aprendizaje progresivo a base de experiencias y su característica moralidad son el motor del cómic.


El dibujo es entrañable, Juaco Vizuete se decanta por una representación difusa de la tecnología que rodea a la pareja en lugar de optar por el típico arte frío y cuadriculado al que se suele recurrir en las obras de ciencia ficción. Así, no renuncia a un grafismo más europeo que americano, que se centra en los personajes más que en el fondo que, al fin y al cabo resulta superfluo en este contexto. Especialmente encomiable me parece su labor en el coloreado, con tonalidades mayoritariamente rojizas que le dan un aspecto sombrío e incluso espeluznante en ocasiones.

Para mí, uno de los grandes peros de este cómic es el formato de la edición, apaisada. Sin embargo, imagino que esta particularidad obedece al guión y no al revés por lo que supongo que dicha decisión fue tomada por el guionista (o el dibujante, o la conjunción de ambos). Las páginas apaisadas de este volumen obligan en muchos casos a que una página entera se convierta en una viñeta gigante. Utilizar este recurso de forma puntual no me parece mal pero que ésta sea la tónica imperante de todo el volumen ya no me convence tanto. Al tratarse de una obra íntima donde ni siquiera el dibujo pretende reflejar una tecnología concreta, las viñetas gigantes no aportan más detalles y se convierten en fotogramas por los que nuestro ojo desfila en menos de un segundo. Teniendo en cuenta que los diálogos son para mí el mayor atractivo de Yuna, las decenas de páginas dedicadas a ponernos en situación me parecen prescindibles e incluso un estorbo que no hace otra cosa que darle grosor al volumen y acabar encareciendo el precio final del tomo.


Empecé la lectura de esta novela gráfica con muchas ganas y, si bien creo que resulta interesante y que enfoca desde puntos de vista muy originales algunos temas cruciales dentro del género, esperaba más de este cómic y creo que se podría haber contado lo mismo en una tercera parte de las páginas.

domingo, 24 de enero de 2016

Psiconautas

Siguiendo con mis exploraciones a la biblioteca, esta vez decidí empezar por el final de la sección dedicada a los cómics y, en la "V" me fui a encontrar a Psiconautas, obra de Alberto Vázquez. Resulta que este título llevaba en mi subconsciente desde hace años, cuando vi su portada rebuscando en un Fnac y me recordó remotamente a la estética de Tim Burton y de los Skelanimals (unos peluches que compraba con devoción hace unos años). Lo que empezó como una portada atrayente enseguida se convirtió en algo más cuando lo hojeé un poco en diagonal y me encontré las recomendaciones de uso de varios psicofármacos y un elenco de personajes anegado en diversos trastornos mentales.


Birdboy es un adolescente retraído, incapaz de afrontar la realidad, de volar, de relacionarse con los demás, de desintoxicarse de la cantidad creciente de drogas que toma. Dinki también tiene muchos problemas al no sentirse a gusto ni consigo misma ni con su familia, constantemente asqueada pero, a la vez, rebosando un ímpetu del que Birdboy carece. A pesar de que los caminos de ambos se crucen de forma puntual, cada uno tiene su propia historia y su camino para lidiar con sus respectivos problemas...

La lectura de Psiconautas es absolutamente desmoralizadora. Alberto Vázquez nos sitúa en un entorno decadente, gris, donde abundan los árboles raquíticos y deshojados y donde se amontonan las cruces del cementerio. Los protagonistas viven, así mismo, una pesadilla repleta de abusones y absurdos cánones de normalidad cuyas consecuencias se agravan ante la total ausencia de cualquier figura de apoyo.


Encontraréis entre las páginas de este cómic una gigantesca metáfora. Por mucho que los protagonistas tengan el aspecto de un pajarillo y una ratoncita, aquello que cuenta no podría asemejarse más a la realidad. En un mundo que solo parece más descarnado que el nuestro porque no hay hipocresía que valga para quedar bien, los personajes aquejados por la enfermedad mental (ya sea depresión, trastorno bipolar o esquizofrenia) son señalados con el dedo y excluidos de la sociedad por el mero hecho de tener una condición médica cuyos síntomas principales se circunscriben a la identidad de cada uno. En este contexto, solo algunos familiares o personas realmente próximas pueden alcanzar a comprender que se trata de seres inofensivos que, como todo el mundo, tienen deseos y ambiciones.

Esta exclusión social no hace más que acentuar la gravedad de los trastornos. Debido a este estigma, la única alternativa para los protagonistas es reunirse con otros en su situación formando un caldo de cultivo excelente para que se dé una retroalimentación negativa sin fin, en un entorno marginal, donde el consumo de drogas es la norma y no la excepción.


La batalla que desempeñan tanto Birdboy, para vencer su trastorno y su adicción, como Dinki, para escapar de su hogar como solución a sus recuerdos tristes, conduce la trama pero la riqueza de esta tragedia, más que en el argumento está en los detalles macabros que nos brinda continuamente el autor. Pájaros con muy malas intenciones, mascotas perturbadoras y objetos inanimados que experimentan viajes psicodélicos dan cuerpo a la historia, enriqueciendo el imaginario siniestro de la obra en su conjunto.

El dibujo es fantástico. Como se puede observar en las viñetas de muestra, los personajes se caracterizan por un antropomorfismo caricaturesco. La simplicidad del trazo no impide al autor dotar a sus animalillos de todo tipo de expresiones de tristeza, desconsuelo y frustración. Creo que es un estilo que casa muy bien con la historia, posibilitando una ambientación de lo más lúgubre. Especialmente loable me resulta que el autor se valga únicamente del blanco y negro puros sin que por ello le reste calidad o detalles a las páginas.


En cuanto a la edición tiene una particularidad tan obvia que no puedo dejar de comentar: las esquinas de las páginas son redondeadas. Por nimio que pueda parecer este detalle es la primera vez que me lo encuentro en un cómic/libro y parece mentira lo que llega a diferenciar la edición. Como curiosidad, os comento que Alberto Vázquez ha realizado un cortometraje, Birdboy, y un largometraje, Psiconautas, de animación, basados ambos en este cómic. El primero lo encontraréis fácilmente por la red (tanto en youtube como en el blog del autor), del segundo solo he visto el tráiler de momento. Y por si no os acabase de convencer la idea de colocarlo en vuestra estantería, os informo de que podéis adquirir la versión digital en la web de Astiberri por 4€.

No esperéis encontrar moraleja porque no os hayáis ante un cuento, Psiconautas es una alegoría grotesca de ciertas facetas de nuestra sociedad, con especial énfasis en la (falta de) salud mental, en especial de los jóvenes, que afrontan el día a día sin esperanza ninguna por un futuro que se adivina gris.

sábado, 23 de enero de 2016

Shenzhen

Desde que me inicié oficialmente en la lectura de cómic europeo hace un par de años que tengo siempre presente en un rincón de mi cerebro el nombre de Guy Delisle. Es un autor relativamente prolífico, con un amplio catálogo en España y muy famoso en el mundillo. Después de la buena experiencia con ¡García! decidí repetir en la biblioteca y me encontré con Shenzhen, que da la casualidad que es la primera novela gráfica de Guy Delisle (cronológicamente hablando) que se publicó en España (que a mí me sonaba más Pyongyang pero, aparte de que la publicó más tarde, tampoco estaba en la biblioteca).


De este cómic no os voy a poner sinopsis porque se trata, simple y llanamente, de un compendio de experiencias autobiográficos de un viaje por trabajo que realizó el autor a la ciudad china de Shenzhen que, para los que no hayáis oído hablar nunca antes de ella (como yo) y aunque el autor ni siquiera lo mencione, es la décima más poblada del mundo con una población que supera los diez millones de habitantes, ahí es nada.

Sinceramente, no creo que Guy Delisle disfrutara de su estancia en Shenzhen; todo lo contrario, más bien diría que fue una especie de purgatorio en el que se sintió morir en vida. Y es precisamente por eso que este cómic puede calificarse de soberbio. El autor experimenta la más absoluta soledad a pesar de estar siempre rodeado de gente debido a la insalvable barrera tanto idiomática como cultural. A pesar de tener una intérprete en su lugar de trabajo, no logra ni hacerse entender ni comprender a sus compañeros. Tanto es así que le cuesta no sucumbir a las paranoias que le asolan, sospechando que sus distintos intérpretes traducen de forma algo libre.


Su día a día es entre monótono y asfixiante. Los transeúntes le señalan como si fuese un mono de feria y le sueltan palabras aleatorias en inglés. La ciudad rezuma hedor y suciedad y no ofrece ningún divertimento más que ir al gimnasio o a jugarse la vida yendo a comer en distintos antros en los que uno nunca sabe qué plato acaba de pedir.

Guy Delisle retrata la cruda sociedad china con viñetas en las que apenas cuenta nada (una descripción objetiva de una sencilla interacción social) a la vez que desborda al lector con una serie de mensajes velados cargados de intención (¡y de humor!). Por ejemplo, en una ocasión el autor le cuenta a unos compañeros chinos que en Francia a los diseñadores que trabajan en domingo se les paga el doble y ellos se echan a reír ante el chiste.


Al margen del contraste cultural y todo lo que se puede aprender o intuir sobre la sociedad china o, al menos, sobre el día a día en Shenzhen, este cómic me ha gustado en especial por las reflexiones casi metafísicas del autor que, al verse encerrado en una ciudad tan opresiva a la par que privado de cualquier interacción social sana, empieza a plantearse qué es en realidad la libertad. Por haber nacido en Canadá, disfruta de una infinidad de privilegios, de la posibilidad de escoger, cuando hay millones de personas en el mundo que ni tienen elección ni se plantean que pudiesen tenerla.

Todo en China resulta, cuánto menos, chocante para un occidental. Si bien hay viñetas que evocan de forma directa una realidad terrorífica con fotografías de criminales tachadas en rojo para indicar a qué reos se ha ejecutado, hay otras capturas más sutiles que no por ello resultan menos escalofriantes. Los compañeros chinos de Delisle viven en las afueras, en barrios que se intuyen marginales, con barrotes en puertas y ventanas como si al entrar en casa ingresara uno en prisión (enriqueciendo aún más toda esa discusión acerca de la libertad que ya había planteado con anterioridad), sin decoración alguna, con una televisión indispensable y sin poder gozar de ninguna clase de posesión accesoria por insignificante que esta resulte.


Guy Delisle se alojó en Shenzhen de diciembre de 1997 a febrero de 1998. Una podría intentar convencerse (por ser optimista más que por tener datos que lo avalen) de que casi 20 años después las cosas habrán cambiado y que ya no habrá carteles de presos ajusticiados en medio de la calle... pero en plena polémica por la desaparición y posterior reaparición como supuestos criminales de los cinco libreros de Hong Kong, me da la sensación de que el abismo entre Francia (o España) y China sigue siendo insalvable.

Siendo sincera, he disfrutado muchísimo con la lectura de Shenzhen. A pesar de que el autor viviese ese viaje como un triste, anodino y repetitivo periodo de su vida, consigue darle la vuelta con una simplicidad de lo más rica. En ningún momento maquilla sus vivencias, ni las desvirtúa con su punto de vista. Esta novela gráfica es un retrato del día a día en una de las ciudades más grandes de China y del mundo, remarcando una serie de particularidades que, probablemente, no tengan mayor relevancia para un ciudadano chino pero que cobran una significación especial a ojos de un occidental. Estoy convencida de que a lo largo del año voy a ir llenando el blog (y espero que mis estanterías) con otros títulos de Guy Delisle, tanto de las crónicas de sus otros viajes como de sus obras más originales y humorísticas.

lunes, 18 de enero de 2016

¡García! #1

Después de una prolongada época de compras compulsivas y de lecturas un tanto decepcionantes que me han hecho sentir que tiro un poco el dinero, he vuelto a abrirle mis brazos a la biblioteca (que, además, la colección de cómics de la biblioteca Pompeu Fabra de Mataró es para caerse de culo). Teniendo en cuenta que ¡García! #1 salió a la venta hace apenas unos meses y que no deja de acumular críticas positivísimas en la red, cuando lo vi en la mesa de novedades no me lo pensé demasiado.


Antonia es una joven periodista en prácticas que se siente infravalorada en la redacción. Por eso, cuando recibe una misteriosa foto con unas coordenadas grabadas, no duda en ignorar la tediosa tarea que le había encargado su supervisor, y se va a investigar por su cuenta. Para su sorpresa, se encontrará con una fortaleza oculta, una emboscada de hombres enmascarados dispuestos a matarla sin preguntar primero y el hombre de la foto, cuyas habilidades se antojan imposibles. A partir de este momento toma el mando el Señor García, que se ve transportado sin comerlo ni beberlo 50 años adelante en el tiempo, a una España democrática, con el caudillo muerto, los rojos en el poder, las calles llenas de inmigrantes y homosexuales y, por si todo esto fuera poco, la líder del partido liberal ha sido secuestrada por terroristas.

¡García! ha resultado ser un tebeo de lo más completo en cuyas páginas se alternan el humor absurdo, la sátira social y política, la acción pura, el suspense, el romance e incluso la ciencia ficción, todos en uno, alternándose precipitadamente y reuniendo en un solo volumen prácticamente todos los temas principales que pueden tratarse en un cómic.


A pesar de que es García el que da título a la obra y, en gran medida, la piedra angular de la trama, la protagonista absoluta es Antonia, una chica de tan solo 24 años de lo más bruta, insensata, torpe, decidida y espontánea que rompe con el personaje femenino estereotípico de las historias de acción tradicionales. Se le llena enseguida la boca de improperios, agrede a la autoridad sin reparos y no duda antes de tirarse a un pantano abandonado. Y, aún así, vemos cómo se doblega resignada ante la autoridad, aceptando su rol como estudiante en prácticas en el periódico y como hija obediente y modélica ante su estricto padre. Es precisamente porque se tiene que tragar sus palabras y comerse su orgullo que me gusta este personaje: tan feroz por un lado pero a la vez tan consciente de su situación y sus deberes. Santiago García acaba de redondear el personaje con pequeñas escenas sin importancia, en que se muere de la vergüenza ajena o se desespera mientras pelea por teléfono con su pareja.

Se presenta una amplia plantilla de personajes, pero el único que tiene un cierto desarrollo a parte de la joven periodista es el Señor García, que se presenta como EL héroe, con habilidad y fuerza sobrehumanas, ataviado siempre con su lujoso traje e increíblemente repeinado en todo momento; irónicamente, parece un superhéroe sacado de un tebeo. Así a priori se diría que es un simplón que no le da demasiadas vueltas a las cosas, si ha llegado a agente especial en la sombra, además de por su habilidad, es porque rebosa intuición.


Pero no todo es humor y acción en este cómic, como decía, otro de los motores argumentales es el thriller con todos elementos clásicos del género: un misterio que resolver, una conspiración, hombres encapuchados, revanchas ancestrales y objetivos maléficos poco definidos. La mezcla alcanza el equilibrio perfecto con una buena dosis de crítica sociopolítica, inventando una realidad paralela suficientemente semejante a la nuestra pero con una visión radicalizada de las dos ideologías imperantes que se reducen a la herencia del franquismo. Y aquí los autores se desenvuelven con maestría, evitando un retrato bipolar del escenario para desarrollar en su lugar a personajes secundarios (aunque indispensables) que, a pesar de haber militado en movimientos antisistema, han madurado para adoptar posiciones antes odiadas que quizá no fuesen tan demoníacas como parecían y que ofrecen la plataforma idónea para generar diálogo. Valoro muy positivamente la capacidad de un autor de exponer puntos de vista opuestos sin posicionarse claramente a favor de uno u otro y en ¡García! un lector puede justificar las acciones de todas las facciones, esté o no de acuerdo con ellas.

El grafismo de Luis Bustos ya me convenció en Endurance y en ¡García! se reafirma como un excelente dibujante. Al tratarse de una historia tan heterogénea, el dibujo debe adaptarse a los distintos ritmos narrativos y la verdad es que el dibujante se defiende muy bien tanto con las escenas de acción, muy dinámicas, como con los fondos, de lo más detallados, situándonos con facilidad en la ciudad de Madrid. Mención especial se merece Manel Fontdevila, que ilustra algunas páginas a modo de interludio, emulando un estilo de cómic antiguo, para ubicarnos en esa década de los sesenta que sirve de punto de partida.


Debido a la vaga idea que me había formado de ¡García!, cogí este título de la biblioteca sin mucha convicción, pensando que aunque fuese un buen tebeo, no acabaría de encajar con mis gustos personales. Sin embargo, ha resultado toda una sorpresa, con esa mezcla tan nutrida de géneros y esa combinación de humores de la que es difícil escapar sin al menos una sonrisilla. Me quedo esperando el segundo y último volumen con muchas ganas.

lunes, 23 de noviembre de 2015

Rituales

Un día antes de su lanzamiento estaba yo comprando ávidamente este cómic sin tener ni idea (ni querer tenerla) de su argumento para conseguir mi ejemplar firmado cuánto antes. Ahora tengo un dibujín fantástico, una reseña por escribir y un tomo con algunas páginas defectuosas que no puedo devolver por motivos evidentes.


Un almacén misterioso cuya puerta no se abre nunca en un tercero sin ascensor, una serie de muertes y actos violentos sin explicación aparente, una versión alternativa y bizarra de la creación del mundo y el cristianismo, una biografía pésima de Caravaggio y mucho más es lo que encontraréis en las páginas de Rituales, todo pivotando en torno a una figurilla muy extraña, con un falo gigante que a todo el mundo le llama la atención...

En la presentación del tebeo, el propio Álvaro Ortiz confesó que se trata de un cómic con tintes autobiográficos. Así, los personajes de Lorenzo, Ernesto Álvarez e Ismael Albero hacen clara alusión al autor y nos muestran su paso por Barcelona, Estocolmo y Roma/Malta respectivamente, aderezando sus experiencias con un poquito (bastante) de ficción, eso sí.


Una anécdota curiosa sobre el proceso creativo de Rituales es que, al terminar con Murderabilia, Álvaro Ortiz se había decidido a dar vida al fin a una historia que quería contar desde hacía tiempo pero, como es un troll en las redes sociales, se dedicó a pregonar que estaba haciendo una novela gráfica sobre Caravaggio. Y, de tanto decirlo, al final le dieron ganas de tirar adelante lo que empezó como una broma... y así se trasladó a Roma siguiendo los pasos del pintor. Sin embargo, en cierto momento se dio cuenta de que no iba a ser capaz de hacerle justicia a la vida del artista por lo que volvió a su proyecto inicial que, sin embargo, acabó bebiendo de este viaje. Como decía Daniel Ausente en la presentación, Rituales es un cómic cojonudo pero como biografía de Caravaggio... ¡deja mucho que desear!

Si bien todos estaremos de acuerdo en que el eje principal de Rituales son las figurillas de falos enormes que aparecen de uno u otro modo en todas las historias, incógnita que empuja al lector a pasar páginas tras página, no se nos desvela apenas nada de ellas en todo el cómic. Aunque el cómic esté compuesto por su buena decena de historias independientes y que, por lo tanto, cada uno de sus protagonistas tenga un número más bien reducido de páginas para desarrollarse, esto no limita en nada al autor que, como comentaba también en la presentación, donde otros autores abarcan tres páginas, él solo necesita una para contar lo mismo (los cielos en las viñetas están sobrevalorados).


A pesar de las múltiples escenas sádicas que incluyen decapitaciones, licuefacciones y tiroteos, entre otros, tengo que decir que iba leyéndolo en el bus de vuelta a casa y se me iban escapando sonrisas y alguna que otro carcajada disimulada con el humor sutil de Álvaro que se limita a retratar a sus personajes con frases que se dicen sin la intención de hacer reír pero que son hilarantes como poco para el lector. También la desdicha y mala suerte de los personajes resulta cómica, al igual que la parodia que hace el autor de sí mismo mediante uno de sus alter ego (y todos ellos en realidad): «Fue un autor sobrevaloradísimo».


Algo que ya percibí tanto en Cenizas como en Murderabilia pero que se ve especialmente reforzado en Rituales por su naturaleza episódica es la necesidad de su autor de meter referencias constantes tanto literarias como históricas como sencillamente anecdóticas que salpican toda su obra. Lo considero ya marca Álvaro Ortiz y es, de hecho, una de las particularidades de sus cómics que más disfruto. Alguno de vosotros podría venir ahora y decirme lo poco original que es llenar tus obras de referencias ajenas y hacer girar el interés de tu cómic alrededor de ideas que no son tuyas pero nada más lejos de la realidad, aunque el autor se sirva de esta suerte de referencias en todos o casi todos los capítulos, su capacidad inventiva, sádica, humorística y surrealista es la que, al final, se lleva la voz cantante (y que os dejará con ganas de más).

De todas formas, es gracias a estas referencias que leer un cómic de Álvaro ofrece mucho más que el placer inmediato y a menudo efímero de la lectura sino que te proporciona montones de datos que desconocías animándote a buscar más información sobre el tema (búsqueda inicialmente motivada por la duda de si lo que se refleja en las viñetas es cierto o no ya que al autor le gusta mezclar realidad con ficción continuamente con lo que uno nunca puede estar seguro de qué es cierto y qué es pura invención). El autor comenta que, en algún momento, hasta se planteó escribir una enciclopedia pero que desistió por la carga de trabajo de investigación que conllevaría, yo no pierdo la esperanza de que nos brinde con una Breve historia de la cremación algún día.


Y, hablando de referencias, el autor ha hecho un tremendo trabajo de documentación para representar de forma fidedigna todos los escenarios que aparecen en Rituales ya que, a diferencia de en sus cómics anteriores, se trata de localizaciones reales. La cantidad de detalles de los que dota a cada una de sus miles de viñetas se aproxima, como él mismo reconoce, al horror vacui.

Tantas historias cortas presentadas de forma sucesiva, ¿están entrelazadas? ¿hay un gran final catártico en el que todos los cabos sueltos cobran sentido? Podéis jugar a buscar las conexiones entre historias a medida que vais leyendo el tomo, están ahí, solo hay que estar un poquito atento. Llegado cierto punto uno se pregunta si prefiere un final cerrado donde el misterio de las estatuillas pierda inevitablemente su magia o si es mejor disfrutar de la lectura surrealista e impredecible de los distintos capítulos que en lugar de quedar conectados entre ellos al finalizar el tomo, lo estaban desde el principio.


Para terminar con la reseña, os dejo una foto de la firma con dibujo que me hizo Álvaro Ortiz durante la presentación del cómic en Barcelona. Como siempre me da la sensación de no haber sabido captar la esencia de este cómic, de su juventud desilusionada que empieza con aspiraciones de escribir una novela, trabajar en una galería de arte o dedicarse a la pintura pero que acaba indudablemente trabajando de camarero ya sea en una cafetería, una hamburguesería o un kebab; del tedio de matrimonios que se sustentan por inercia y de la frustración sexual de institutrices que no han logrado casarse. Solo me falta leer La señora de Mellyn, de Victoria Holt.

domingo, 21 de junio de 2015

El Héroe

Hércules. Heracles. Héroe. Y me compré este cómic sin tener ni idea de qué iba, convencida de que me enfrentaría a uno de los héroes venidos a menos que tanto le gusta retratar a David Rubín y, aunque no me equivocaba (del todo), ¡nunca se me habría pasado por la cabeza que fuese una adaptación de la mitología grecorromana! Lo que, por cierto, ha sido una de las sorpresas más gratas que me he llevado con una lectura a ciegas.


A Euristeo y Heracles les une el destino. La suerte decidió que el primero en nacer gobernaría sobre el otro y así fue como Euristeo se convirtió en un rey déspota mientras que Heracles surgió como EL héroe. Aunque no hacía falta ninguna intervención divina para colmar de desgracia y miseria al desafortunado bastardo, Hera no podía asumir la desdicha y la vergüenza en las que la sumió Zeus... y así es como darán comienzo las doce pruebas.

Creo que El Héroe es un cómic que pueden disfrutar mucho y de formas muy distintas todo tipo de públicos: desde verdaderos amantes del cómic americano que asisten a una reinvención de su género predilecto, hasta amantes de la mitología grecorromana que no han abierto un tebeo en su vida, pasando por lectores menos especializados, como yo, que nos contentamos con aprender y esperar expectantes a ver cómo se desarrolla la historia. Irónicamente, a quien no se lo puedo recomendar es precisamente a los niños para los que se destinaron originalmente los cómics clásicos de superhéroes, porque la crueldad, violencia y sexo explícitos convierten El Héroe en una lectura adulta.


Hay centenares de cómics que adaptan otras historias, tanto basadas en hechos reales como en otras ficciones. Estoy casi segura de que debe de haber al menos otro cómic sobre la vida y milagros de Heracles pero dudo que haya ninguno tan brillante como este. David Rubín supo hacer suya la historia y no resulta ni arrogante ni descarado al tomarse ciertas licencias con una historia tan antigua y tantas veces versionada como esta.

Para los que no estéis familiarizados con el tema, la mitología grecorromana suele ser desproporcionadamente cruel. Y David Rubín no ha querido suavizar ni un poquito ese sadismo; al contrario, se ensaña con viñetas violentas y brutales que me revolvieron el estómago durante la lectura íntegra de los dos volúmenes, sobre todo del segundo. Me atrevo a aventurar que el bagaje del autor en el mundo del cómic ha potenciado un encarnizamiento que va más allá incluso de los mitos originales, puesto que el placer morboso de torturar a los propios personajes resulta frecuente en escritores de todos los géneros.


El principal hilo conductor de la historia son las doce pruebas que Euristeo debe imponer a Heracles a fin de que encuentre su muerte y Hera se dé por satisfecha. Pero, por supuesto, no es tan fácil acabar con el hijo de Zeus y, como todos sabemos, Heracles saldrá exitoso de todas ellas. En ese sentido, me sorprende no haber comparado nunca antes a los héroes clásicos con los "súper" héroes modernos, cuando lo comparten todo excepto el medio. Es por eso que el cómic me parece una herramienta inmejorable para volver a contar esta historia y acercarla al público general.

El autor traslada todos los elementos propios de la mitología a un entorno futuro, creando un ambiente de lo más anacrónico. Los monstruos a los que debe enfrentarse Heracles se convierten en cíborgs, las divinidades utilizan la tecnología para llevar a cabo sus milagrosos actos, tanto Heracles como Euristeo juegan desde pequeños con muñecos de Superman y otros superhéroes propios del cómic americano. No hay más que ver el atuendo de Heracles, que emula al traje del tan renombrado héroe en el mundo de los tebeos.


Rubín nos muestra primero un Heracles joven y bondadoso, que no le da muchas vueltas a las consecuencias de su obediencia ciega, ya que así lo decretó la suerte. Pero pronto empieza a ser más inconformista, rebelándose contra el yugo de su monarca e ingeniándoselas para desafiarle sin contradecirle directamente. Sin embargo, con el paso del tiempo no solo se acumulan los años sino también el rencor y la amargura que, una vez más, nos llevarán a uno de los temas principales desarrollados por el autor: la caída de los héroes; cuya reiteración, por cierto, no me cansa, más bien al contrario, me parece un tema de lo más interesante. Máxime cuando esta desazón no puede impedir las grandes hazañas de Heracles, al que siempre le mueve el amor por los demás revelando su naturaleza ineludible como héroe.

Además, ambos volúmenes rebosan de guiños y referencias a nuestra sociedad actual, con una representación hilarante de la acogida que tendría un héroe como Heracles hoy en día. Famoso, imagen favorita para promocionar todo tipo de productos de moda y belleza, con numerosas groupies, portada en todos los periódicos y centro de todos los programas del corazón. No conozco el mercado del cómic americano por lo que estoy segura de haberme perdido muchas referencias pero no se me escapan las más evidentes, como a Snoopy o una viñeta perfecta donde se nos revela la apariencia del temible cancerbero. Desde el mismísimo principio, El Héroe no deja de evocar la pasión que siente su autor por los tebeos, tanto americanos como europeos como japoneses. También a los videojuegos.


El arte es tan brutal como el guión, con ese trazo grueso y negro tan característico de Rubín. Las salpicaduras de sangre que te ponen la piel de gallina, las salvajes escenas de lucha, una representación gráfica y sin tabúes del sexo, ningún complejo ni censura respecto a la desnudez, una composición de viñetas funcional y dinámica que se adapta a las necesidades del guión y que hace que la lectura fluya, y un rescate de las onomatopeyas como elemento esencial integrado en el cómic.

Si el trazo de Rubín ya me encandiló con las aventuras de Aurora West, ahora me doy cuenta de que no era nada en comparación con lo que ya había logrado este autor con anterioridad y, por mucho que siempre se espera y se da por hecho que escritores y artistas evolucionen y mejoren con el paso de los años, me cuesta imaginar una obra más redonda que este Héroe de Rubín. Ojalá me equivoque.

domingo, 31 de mayo de 2015

Murderabilia

Después de leer Cenizas (ese fantástico cómic que aún no he reseñado porque leí prestado de la biblioteca y tuve que devolver antes de que me diese tiempo a escribir su pertinente entrada) quedé prendada del estilo de Álvaro Ortiz (cuyo arte ya me había convencido con su aportación al proyecto Viñetas de Vida) y los gatitos de la portada de Murderabilia llevaban incitándome a comprar este nuevo título desde hace meses.


Malmö Rodríguez ha entrado en la terrible tierra de nadie que te absorbe una vez acabas tus estudios y te das cuenta de que no sabes qué hacer con tu vida. Es por eso que, motivado por el aburrimiento, la desgana y la pobreza, se anima a vender los gatos de su fallecido tío por una cifra desorbitada de dinero. ¿Quién tendría tanto interés en gastarse un dineral en un par de gatos? ¿Qué tienen de particular?

Una se pregunta si Álvaro Ortiz no será un psicópata o un asesino en serie, aunque de lo que creo que no hay duda es que se trata de una persona muy curiosa. Incluso una persona a la que la curiosidad le genera curiosidad pero claro, supongo que eso no deja de ser indispensable para alguien que crea. Lo primero que voy a decir de este cómic es qué es la murderabilia, por si no estáis familiarizados con este término, ya que creo que es una forma fantástica de empezar con esta reseña. La murderabilia hace referencia a todos aquellos objetos de colección relacionados con asesinatos e incluye desde la misma arma con la que se perpetró el crimen como pertenencias tanto de asesino como víctima. Tal y como comentan los protagonistas de este cómic, esta tendencia podría haberla comenzado un abogado de Wisconsin hace unos veinte años y, a este respecto, ¡he encontrado una breve noticia de 1996! Como Álvaro Ortiz siempre lo cuenta todo como si tuviese la intención de quedarse con el lector, una nunca está segura del todo de si lo que está leyendo forma parte de la ficción del cómic o si no es más que una vacilada del autor (y para eso tenemos google).


Tanto el estilo de dibujo como la ambientación como el carácter de sus personajes como el ritmo narrativo le dan una agilidad e ingenuidad a este cómic que chocan con contundencia contra la morbosidad del argumento, tan macabro. Y esta mezcla tan heterogénea da como resultado un producto espeluznante cuánto menos. En realidad, me recuerda un poco al arte de mi idolatrada Junko Mizuno solo que sin escalar tanto en los niveles de purpurina y surrealismo.

Malmö es un personaje fácil. El autor da en el clavo con una construcción que funciona a la perfección: chico joven, ni guapo ni feo, que no destaca especialmente en nada, que ha terminado de estudiar pero qué no sabe qué hacer a continuación, que quiere escribir un libro pero que no sabe de qué, que se deja llevar por las circunstancias para no tener que pelearse con la incertidumbre. Nos cae bien enseguida. El coleccionista es el típico hombre mayor que parece tan simpático que casi prefieres no quedarte a solas con él, solo por si acaso. Marcy es una chica de pueblo, con mucha historia de fondo, de esas que no le permiten avanzar a uno y que encuentra en Malmö al hombre ideal, no solo resulta exótico por venir de la ciudad y dárselas de escritor sino que, además, es un perfecto desconocido que no sabe nada de ella, a diferencia de todos sus amigos de siempre. Completan el elenco lo que podríamos llamar los tontos/matones/machitos de pueblo que no saben hacer otra cosa que emborracharse y hablar de caza y de sexo.


La relación entre Malmö y Marcy es uno de los detalles que más me han gustado de esta lectura. Lo que comienza de forma sórdida, con el alcohol, la frustración y la necesidad como principal motivación, acaba madurando (no me atrevería a utilizar la expresión florecer) en una cierta estabilidad, una cierta confianza y una cierta comodidad con escenas de sexo sencillo y desenfadado, que no pretenden ser ni sugerentes, ni cursis, ni siquiera significativas para la trama, sino que, simplemente, retratan el sexo como una más de las muchas facetas de una relación adulta. Y esa sencillez sin aditivos es perfecta.

¿Os imagináis el horror que tiene que ser tener un nombre sueco en... en fin, un país que no sea Suecia? Con diéresis y todo. Si yo siempre tengo que andar preocupándome de que me escriban el mío con hache, la diéresis tiene que ser un infierno burocráticosocial. Pues esta cuestión es irrelevante durante toda la lectura, no conlleva ninguna historia rocambolesca que se entrecruce con la principal, el protagonista sencillamente tiene un nombre poco usual y no hay que darle más importancia. Me gustan muchísimo todas las anormalidades que los autores dejan pasar desapercibidas en sus obras. Creo que enriquece mucho a la obra en su conjunto.


El trabajo de documentación del autor es más que notable, con un sinfín de referencias a múltiples asesinatos y actos de lo más atroces. El capítulo VIII me transportó a la lectura de El retrato de Dorian Gray, solo que con Murderabilia este catálogo resultó mucho más ameno e interesante debido al formato y temática del mismo.

«Escribe de lo que conoces», se burla Álvaro Ortiz de nosotros. Si bien él sufrió cierto bloqueo creativo entre Cenizas y Murderabilia y en eso podría asemejarse a Malmö, la verdad es que como autor se desmarca del costumbrismo en todas sus obras y se lanza a por una ficción que se sitúa justo en el límite entre la realidad y la irrealidad de forma que puedas pensar que todo lo que se cuenta en este cómic podría ocurrir (o haber ocurrido) de verdad.


Siendo honesta, Cenizas me parece una obra mucho más impredecible y a la vez redonda que esta. No estoy decepcionada porque un Álvaro Ortiz descafeinado sigue siendo mejor que muchos otros cómics que pululan o han pululado por mis estanterías y, de todas formas, Murderabilia tiene algunas virtudes de las que carece su antecesora. Además, que una historia sea predecible no es necesariamente malo ya que eso significa que es coherente. En resumidas cuentas, os recomiendo encarecidamente la lectura de este cómic y, sobre todo, no os dejéis engañar por la portada que, por mucho que aparezcan unos gatos tan monos, no dejan de estar rodeados por algo que parece bastante asqueroso.