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sábado, 3 de diciembre de 2016

Viajes exprés: Florencia

Los que me seguís en twitter ya sabréis que desde que empecé el doctorado he viajado bastante por trabajo para ir a congresos, cursos y así. En todos los viajes intento hacer un poquito de turismo, por poco que sea, para no quedarme con esa sensación de haber ido tan lejos para no ver nada y de todas esas mini escapadas quería empezar a hablaros en la entrada de hoy. No sé si sería mejor haber hecho una gran entrada donde hablase brevemente de todos pero al final he decidido continuar con mi naturaleza clasificadora creando una "nueva categoría de entrada". Que tenía en mente que tendría muy poco que decir de cada viaje por separado pero al empezar con el primero me he dado cuenta de que le he sacado más jugo del que esperaba (quién lo hubiese adivinado eh).

De verdad os digo que no tenía ángulo para hacer una foto mejor
El primero de estos viajes del que os quería hablar fue a Florencia, en abril de este año (que a mí me parece que haga una eternidad pero sólo han pasado 7 meses...), una ciudad en la que no había estado nunca antes así que iba con muchas ganas. Si os soy sincera, el congreso al que asistí me limitó muchísimo y apenas pude disfrutar de la ciudad. Por un mero tema de horarios, ya tuve que renunciar a muchos museos a los que me hubiese gustado ir porque se solapaban con los horarios del congreso. Además, como al fin y al cabo no era un viaje de vacaciones, tampoco estaba yo como para dejarme un dineral en ver monumentos con lo que me tuve que conformar con las opciones gratuitas que ofrece la ciudad.

Il duomo visto desde la Biblioteca delle Oblate
Firenze es una ciudad bastante pequeñita y muy turística, el casco antiguo es impresionante y acabamos pasando por la Piazza del Duomo todos los días a admirar (por fuera) la Cattedrale di Santa Maria del Fiore y el Battisterio di San Giovanni. La anécdota aquí es que aunque tenía en la cabeza la imagen de la famosa cúpula del Duomo, ¡no tenía ni idea de que la decoración de la catedral en sí es verde!

ñam (motivo #1 para querer volver a Firenze)
La suerte que tuvimos es que un chico fiorentino (benditos erasmus ajenos) nos hizo de guía por las tardes-noches al terminar el congreso y descubrimos algunos rincones muy bonitos. Nos llevó a ver la ciudad de noche desde el mirador que hay en la Piazzale Michelangelo (que menos mal que fuimos en coche porque la subida a pie tiene pinta de ser hermosa), a comer en un pequeño bar embutido/queso típico de la ciudad/región (y allí me enamoré del lardo que tiene que ser una de las cosas más poco sanas que te puedas meter en el cuerpo pero estaba de rico...), nos habló sobre el salvaje calcio fiorentino mientras paseábamos por la Piazza Santa Croce y admirábamos la fachada de la catedral, y nos descubrió la Biblioteca delle Oblate que, a parte de ser muy bonita en sí misma, ofrece unas vistas inigualables (y gratuitas por supuesto) del Duomo desde bien cerquita.

Vistas de Florencia desde Piazzale Michelangelo
La única escapada, breve, que me permití del congreso en horario de apertura de museos fue el Palazzo Davanzati porque era una visita rápida y barata pero que se convirtió en una triste decepción. Se trata de un antiguo palacio en el que han preservado bastante el interior de las estancias, el problema es que con la entrada normal sólo se puede acceder al patio inferior y al primer piso. Yo iba porque me habían dicho que había un mural muy bonito en una de las habitaciones pero para acceder había que ir con una visita guiada que se tenía que reservar online con no sé cuántos días de antelación así que me quedé con las ganas.

Esta es la mejor foto que tengo del sitio, imaginad
Lo gracioso es que el propio congreso al que fui tenía lugar en un recinto... histórico, por llamarlo de alguna forma. En realidad, las conferencias y simposios eran en el típico edificio de congresos estándar pero los pósters y la comida estaban en la Fortezza da Basso así que teníamos que entrar en dicha fortaleza cada día en uno u otro momento. Inesperado y original... como la numeración de las casas en Florencia (en realidad nos explicaron por qué no era correlativa, se ve que hay dos numeraciones independientes que cumplen funciones distintas pero ahora no me acuerdo...).


Y, por supuesto por supuestísimo, no podía volverme a España sin haber ido, al menos, a una tienda de cómics italiana... y fui a dos. A una fui específicamente porque en su catálogo online tenían un montón de packs de series manga completas a precio rebajado y había varias cosas que quería (y me ahorraba los gastos de envío) pero, una vez allí, al final no me animé con ninguna... pero como estuve tantísimo rato en la tienda me sentía culpable por no comprar nada (sin comentarios) y acabé decantándome por Moyashimon #1 porque es una serie que siempre me ha llamado mucho la atención (¡microorganismos que hablan! qué más puede pedirle una bióloga al manga) compra de la que por supuesto me arrepiento porque no sé italiano y no, no me parece un idioma fácil ni deducible (ahí están mis cinco tomos de Sukitte ii na yo pudriéndose desde hace años porque nadie me los quiere comprar y yo no me los voy a leer...) pero ahí queda el souvenir.


Y hasta aquí mi "mini" entrada sintetizando todo lo que hice en Florencia los cinco días que estuve allí. Me quedo con muchísimas ganas de volver y poder ver tanto Santa Maria del Fiore por dentro, subir al Duomo, ver la Galleria degli Uffizi, la Galleria dell'Accademia, entrar a los jardines de Boboli... vamos, un montón de cosas de las que espero poder hablar por aquí dentro de unos años.

sábado, 12 de marzo de 2016

Fin de semana en Porto, la ciudad de las cuestas

¿Otra vez te has ido de viaje? Sí, ¡pero a Madrid (mi AVE arranca ahora mismo)! Lo que ocurre es que, como de costumbre, recupero un viaje de hace meses. Apenas una semana después de volver de Viena/Innsbruck ya me tenía que ir a Santiago de Compostela por un congreso. En Santiago apenas pude hacer turismo pero se dio la casualidad de que Borja estaba en Braga (Portugal) esa misma semana así que decidimos aprovechar para reunirnos en Porto. Llegué el viernes por la noche en bus desde Santiago dispuesta a exprimir al máximo el fin de semana.


Como podéis ver en la foto, empezamos el sábado adentrándonos en el Más Allá. Creo que nunca antes había visto una niebla tan increíblemente espesa, bajamos hasta el Ponte do Infante esperando hacer fotos de Vila Nova de Gaia con el río pero fue misión imposible como os podréis imaginar. De todas formas, cruzamos al otro lado porque queríamos pasar por el Ponte Luís I, diseñado por el ingeniero Théophile Seyrig, colaborador de Gustave Eiffel. Y aunque la niebla sigue siendo muy patente, alguna foto decente hay de Porto desde el otro lado del río (y se ve el famoso puente). Aprovechamos para desayunar en un café bastante alejado de todo que regentaba una señora mayor que nos preguntó varias veces si el croissant aceitoso y el café que nos sirvió eran de nuestro agrado (una de las primeras cosas que aprendí en Porto es que los portugueses son increíblemente majos).


Cuando volvimos a cruzar, esta vez por Luís I, hacia Porto, nos encontramos fortuitamente con un evento que, si mis nulas nociones de portugués no me fallaron mucho, organizaba el cuerpo de bomberos de Porto a modo de exhibición abierta al público. Nos quedamos un rato a chafardear con otro puñado de curiosos pero tras escuchar varios discursos de inauguración y ver que no hacían nada, desistimos y seguimos con el planning del día.


Una de las particularidades de Porto es que hay azulejos por todas partes. Y todas partes quiere decir todas partes, difícilmente hicimos alguna foto panorámica en que no apareciera alguna fachada forrada con ellos. Una visita habitual (que nosotros también hicimos) es la estación de São Bento, cuyo vestíbulo está revestido de murales constituidos, como no, por azulejos.


Después fuimos al que puede que sea uno de los edificios más emblemáticos de la ciudad, la Torre dos Clérigos a la que, por supuesto, subimos. Ahora mismo no recuerdo el precio de entrada pero fue bastante barato, de hecho, todo en Porto me pareció barato, creo que me voy a mudar allí. Además de aprovechar la subida para hacer fotos panorámicas de los neblinosos tejados de Porto, vimos el museo adjunto en que se explicaba la historia de la orden de clérigos que había fundado la iglesia y que contaba con una colección increíble de Cristos crucificados que fue mucho más enriquecedora de lo que podáis pensar.

Todas las fotos que parecen postales las hizo Borja
Desde que entré noté algo extraño y es que había muchas diferencias entre unos y otros! El ángulo de los brazos, el número de clavos, lo sangrientos que eran algunos y las distintas expresiones de sufrimiento, pues resulta que hubo varias ramas artísticas en esto de la representación de Jesús en la cruz. También visitamos la iglesia y tuvimos la suerte de pillar un concierto de órgano, muy agradable como banda sonora al paseo.

Recurro a Google imágenes porque con el trajín de gente no
había manera de hacer una foto sin que saliese algo movido u.u
Al salir fuimos directos a la Librería Lello, famosa por haber sido escenario de las películas de Harry Potter. Tan famosa es que había una cola muy considerable para entrar y ¡había que comprar entrada! Eso sí, si luego comprabas algún libro, te descontaban el precio de la entrada del precio del libro y al tratarse de un lugar tan turístico no sólo había libros en portugués, también en inglés, francés, español... Yo no tuve suerte pero Borja se pudo pillar uno y le descontaron el precio de ambas entradas así que ya sabéis, ¡visita obligada si pasáis por Porto!


Aquí hicimos parón para comer en un sitio que tenía pinta de ser exclusivamente para guiris y aún así era barato! De verdad, aún alucino con los precios de allí, acostumbrada a Barcelona... Después de comer nos encaminamos hacía la Sé do Porto, la Catedral, que a juzgar por el mapa parecía fácil de llegar pero resultó estar en un enclave un poco impracticable.


Después de subir muchas escaleras y subir calles de lo más empinadas nos encontramos con el majestuoso edificio. A título personal no me entusiasmó en especial, supongo que he estado en demasiadas iglesias a lo largo de mi vida.


Volvimos a bajar hacia la orilla del río pensando en coger el famoso tranvía que bordea el Douro (sí, el Duero) hasta Foz do Douro. Fue una mala idea. La idea era aprovechar que el pequeño tranvía iba en la dirección que nos interesaba y luego subir hasta el Castelo do Queijo a patita. El problema es que yo me empecé a encontrar muy mal, el tranvía era enano y carísimo, hubiésemos llegado más rápido caminando de lo LENTO que iba y encima no nos pudimos ni sentar porque estaba a reventar. Una turistada con todas las letras.


Hacía muchísimo frío, la niebla seguía presente, había olvidado los ibuprofenos en el hostal y no me veía con fuerzas de llegar caminando hasta el castillo así que después de (no) tomarnos un café asqueroso que nos sirvió un señor con muy malas pulgas como para llevar un bar cogimos un bus de vuelta al centro. Después de descansar muy merecidamente en el hostal, nos acercamos a la Capela das Almas a la que no entramos pero vamos, no nos hizo falta que ya veis lo bonita que es la fachada (con... ¡evidentemente! azulejos).


Cenamos en un restaurante a orillas del río que, precisamente, por no tener vistas del mismo, era como la mitad de barato que los demás así que no dudamos mucho.

¡Sin niebla!
El domingo fue un día mucho más tranquilo, habiendo visto casi todo lo que teníamos en mente el sábado y sin ganas de volver a acercarnos a Foz, nos dedicamos a indagar un poco por las callejuelas y escaleras intrincadas de Porto. También fue el día de la compra de souvenirs y nos comimos por fin sendas francesinhas como dios manda.

Si esta foto no os da hambre solo con verla, mentís como bellacos
Debido a mis limitados gustos culinarios, suelo ser incapaz de degustar ningún plato típico vaya a donde vaya pero resulta que el de Porto es una especie de sándwich con 4 o 5 tipos de carne distintos, recubierto de queso y, opcionalmente, con un huevo frito plantado encima, ¡todo comida apta para Kuroi! Disfruté como una enana comiendo, cosa rara en mí.


Por la tarde, se nos cruzaron los cables y fuimos a ver una obra de teatro (en portugués subtitulada en inglés) que adaptaba la ópera de Turandot. Toda una experiencia. Queríamos haber ido también a una, atención, nutelleria pero la cola era tan y tan larga que no solo se salía de la tienda sino casi casi de la propia calle. Se ve que la habían inaugurado hacía poco así que nos lo dejamos para la próxima.


A última hora nos reunimos con una amiga, portuguesa, que nos había recomendado el hostal (bueno, bonito y barato) donde nos alojamos y que nos descubrió una hamburguesería fantástica en la que tomamos nuestro último manjar en Porto.


La niebla me acompañó hasta el mismísimo despegue, en una madrugada brumosa y tuve un vuelo muy poco apacible en el que debería haber dormido algo porque de El Prat me fui directa a trabajar... y no me cundió mucho la jornada, no.


Bonus track: no podía dejar de confesar que, para una hispanohablante como yo, el portugués a veces resulta un idioma entretenido.

sábado, 20 de febrero de 2016

Lunes 14: Hundertwasser (y un breve desahogo de mi paso por Innsbruck)

No voy a negar que soy un desastre. Enseguida me dejo llevar por nuevas ideas y, aunque me encanta empezar nuevas secciones y proyectos, tengo graves dificultades para llegar a término. Ya dejé totalmente aparcadas mis entradas sobre Ámsterdam pero es que me dejé mi viaje a Viena a medias a falta de un solo día por reseñar y, como últimamente tengo la mente viajera, he decidido que ya iba siendo hora de escribir esta última crónica vienesa.

Después de haber visto la Viena más palaciega pero también la más museística, me dejé para mi última mañana en la ciudad un arquitecto de lo más peculiar que, salvando mucho las distancias, me hizo pensar (para bien) en mi adorado Gaudí. Friedrich Stowasser, también conocido como Friedensreich Hundertwasser fue un renombrado artista y arquitecto, que concentra la mayoría de su obra arquitectónica entre Austria y Alemania. Especialmente famosa es quizá la Hundertwasserhaus, en Viena, que era mi principal objetivo turístico de mi último lunes en la capital.


Han pasado tantos meses desde este viaje que pensaba que iba a ser incapaz de relataros mis aventuras y desventuras en mi última jornada en Viena pero fue un día tan y tan accidentado que lo recuerdo mucho mejor de lo que pensaba. Sé que me levanté muy preocupada por si no me daba tiempo de ir y volver hasta la Hundertwasserhaus antes de que saliese el tren hacia Innsbruck (que era el destino real de mi viaje por tierras austriacas) porque, de todas las cosas que vi en la ciudad (además de mi día en Schönbrunn que no cuenta porque no estaba en el centro pero sí relativamente cerca de mi apartamento), era la única atracción turística que no estaba en el centro y que, por eso, cesé en mi empeño de ir a todas partes caminando y cogí el metro para acercarme. Como me había impreso un mapa de la zona, no tuve problemas para llegar y me pasé un buen rato admirando la fachada del edificio, que es en realidad un conjunto de viviendas sociales que teóricamente debería haber funcionado como una comunidad autosuficiente pero que por un problema de diseño, no pudo ser. Aunque está algo deteriorado y no "brilla" tanto como debió hacerlo en su inauguración, alzar la mirada y encontrarse con árboles de lo más frondosos en la azotea de un bloque de pisos fue uno de mis momentos favoritos del viaje. La pena es que no podía entrarse dentro (porque vive gente claro) así que me tuve que conformar con unas postales que vendían allí mismo de las habitaciones interiores, no hay dos iguales en todo el edificio.


Cuando me cansé de hacerle fotos a la misma pared (34 imágenes del edificio desde todos sus ángulos) me dirigí al Kunst Haus Wien que es a la vez un edificio diseñado por Hundertwasser y un museo que incluye una colección permanente de su obra pictórica con varias citas del arquitecto y una exposición temporal que, en mi caso, fue una exposición fotográfica de Joel Meyerowitz. Otra cosa que recuerdo es que la chica que vendía las entradas al museo era española, creo que fue la única vez que hablé en castellano en todo el viaje; estaba tan nerviosa ante la posibilidad de perder el tren que hasta le pregunté cuánto rato se tardaba de media en ver las exposiciones porque no quería arriesgar pero, ya que estaba allí, pues prefería verlo todo y acabé por comprar la entrada combinada que permitía el acceso a ambas exposiciones.


Empecé con una planta dedicada a la obra de Hundertwasser, de los cuadros más raros que he visto en mi vida. No se podía hacer fotos pero como soy una rebelde sin causa, hice alguna de estrangis aprovechando que los vigilantes no estaban muy por la labor. En las plantas superiores, estaba la exposición de fotografía y la verdad es que no le dediqué demasiada atención porque no es un medio que me atraiga especialmente y no le vi nada especial a la exhibición. Al final fui a toda pastilla y me lo vi todo en menos de una hora, ¡tiempo récord!

A la salida del Kunst es cuando empezó mi odisea viajera, empezó a llover y, por supuesto, no llevaba paraguas ni impermeable, no tenía mapa de esa zona concreta y empecé a caminar muy convencida de saber llegar al centro a pie pero, en algún momento, giré en la dirección contraria y acabé dando la vuelta más estúpida de mi vida, acabé otra vez frente al Kunst con cara de incredulidad y los pantalones empapados en lluvia. Congelada y al borde del ataque de ansiedad, volví a intentarlo y, esta vez, después de pasar por unas manzanas muy chungas donde solo había edificios de oficinas, llegué a la avenida que rodea el centro de Viena, que me decía que abandonaba la periferia para entrar en la zona que ya estaba incluida en el mapa de mi guía de viaje. Pero el susto que me llevé no me lo quita nadie.

La guía incluía un mapa de la parte dentro del círculo, como la
Hundertwasserhaus y el Kunst estaban tan cerca, pensé que sería
fácil volver al centro sin indicaciones. Me equivoqué.
Así pues, empecé una terrible caminata a través del centro y hasta el apartamento en que me estuve hospedando. No cogí el transporte público para volver porque quería pasar expresamente por el centro para comprar los souvenirs de última hora. Muy tristemente, entré en una pastelería a comprar los bombones típicos pensando que serían más baratos que en las tiendas para guiris (mundialmente conocidas por hinchar los precios) y me salió el tiro por la culata, ¡me salieron más caros!

Llegué al apartamento agotada, helada y hambrienta y arrastré penosamente mi maletón hasta la estación de trenes donde estuve dando mil vueltas en busca de algo de comer barato y comestible (que teniendo en cuenta mis delicados gustos era bastante difícil) a sabiendas de que me esperaban muchas horas de tren. Me cogí una especie de frankfurt extraño precocinado pensado para comer frío con mucho más queso de lo que me hubiese gustado y el ineludible croissant de chocolate con un café con leche que me costó medio riñón. Me tendríais que haber visto con la mochila enorme que pesaba un quintal, la maleta, el café en una mano, los tickets del tren en un equilibrio muy precario entre mi anular y el meñique... faltaba poco para que saliese el tren, me arrepentía mucho de haber comprado un café que ya no me apetecía tanto (pero que no iba a tirar porque me había costado un ojo de la cara), no encontraba mi vagón y no me aclaraba con la numeración. No sé cómo no reventé de cortisol ese día.


El caso es que encontré mi asiento sin problemas y tuve un viaje de lo más L-A-R-G-O. Coincidió con una de las oleadas de refugiados en Austria y hubo muchos parones y retrasos con los trenes, llegué horas tarde a la estación de Innsbruck, cuando ya era negra noche, sin wi-fi... Llegué de milagro al alojamiento que nos habían reservado y marqué diligentemente la clave que me habían enviado por email y que apunté en una libreta, la caja de la entrada se abrió y... cuál debió de ser mi cara al ver que no había llave ni tarjeta ni nada de nada. Me quedé así como en blanco en lo que no sé si fueron segundos o minutos y llamé al timbre sin mucha convicción. Escuché la voz de una chica que me abrió la puerta y que yo imaginaba que sería la recepcionista pero no, ¡era una huésped como yo! Después de imaginarme durmiendo en el suelo (pero dentro de un edificio al menos) resultó que mi compañera de habitación había malinterpretado un email que nos mandaron, entendió que estaría sola en la habitación y al ver que había dos llaves las cogió las dos porque mira, se quedaba más tranquila (sí, todavía la odio un poco por ello).

Foto necesaria
Comento de paso que la organización fue un caos, ella había mandado un mail quejándose de que en la habitación solo había una cama (gigante) y un sofá y que cómo era posible que tuviese que compartir la habitación, le contestó una de las organizadoras diciéndole que la chica con la que iba a compartir habitación (y aquí había un nombre que no era el mío) había solicitado estar sola así que ella también lo estaría. Mi querida compi no se dio cuenta de que el nombre que le dieron no era el mismo que en el mail inicial (el mío) y se quedó tan ancha. Al final acabé durmiendo yo en el sofá durante una semana (un horror). Teóricamente íbamos a hacer mitad y mitad pero oh, cosas de la vida, las dos últimas noches se fue de bares (yo no) y llegó muy tarde así que yo no estaba por la labor de recoger todas sus cosas de la cama para poder meterme en ella... (sí, también la sigo odiando un poco por ello).


En Innsbruck estuve por un curso así que no tuve mucho tiempo de hacer turismo pero sí que nos llevaron a lo alto de una de las montañas que rodean el pueblo (es bastante impresionante como enclave natural), el Seegrube. Otro día aproveché el descanso del mediodía para ir al centro, donde había varios edificios históricos y museos. A estos últimos no pude entrar por falta de tiempo pero al menos me di una vuelta por las calles de Innsbruck, que me parecieron encantadoras. ¡Espero volver en el futuro con un propósito meramente turístico!


Y bueno, hasta aquí mi viaje en solitario por tierras austriacas, os dejo con una foto que hice desde el avión, al volver, en que las cimas de las montañas se confunden con las nubes.

lunes, 12 de octubre de 2015

Domingo 13: Schönbrunn

El domingo, a pesar del cansancio acumulado, decidí ir andando hasta Schönbrunn, previa parada en Westbahnhof, lo que se traduce en una caminata de una hora para cubrir aproximadamente 5km a las ocho de la mañana. Aunque mi apartamento estaba muy cerca de la estación, me las arreglé para equivocarme de camino así que hice un rodeo bastante tonto tanto fuera como dentro de la estación (ahora mismo y mirándolo con perspectiva, me doy cuenta de que no fue nada pero el domingo lo vi como un drama y como una forma pésima de comenzar el día...). Eso sí, me quedé mucho más tranquila habiendo comprado "con tiempo" el billete para Innsbruck que, encima, me salió más barato que si lo hubiese comprado por internet.


Al salir de la estación ya fue caminata sin descansos hasta llegar al Palacio de Schönbrunn, residencia de verano de la dinastía Habsburgo durante siglos. No tengo ninguna foto del interior porque estaba prohibido hacerlas y yo, muy ingenuamente, dejé la cámara de fotos en la taquilla sintiéndome muy inteligente por ahorrarme el peso durante la visita. Ese orgullo pronto se convirtió en ganas de darme cabezazos contra la pared cuando me di cuenta de que todo el mundo estaba haciendo fotos de extranjis pero en fin, esos nervios que me ahorré y un motivo más para volver a Viena.

La fachada de los castillos modernos no es muy glamurosa
Ya que no tengo fotos, voy a probar a contaros con mil palabras lo que no puedo contaros con una imagen. El palacio es... grande. Y una clarísima atracción turística. Está muy masificado, cuando compras la entrada viene con la hora a la que puedes/debes entrar y una audioguía en tropocientos idiomas (castellano incluido) con un breve mensaje para cada sala que permite a los organizadores calcular que la visita conlleva unos 40 minutos (50 si coges el tour "largo" con el que ves algunas salas extra). Aun así, todas las salas están siempre llenas de gente pero eh, siempre puede ser peor, siempre podéis coincidir con la clásica visita en grupo de asiáticos (como me pasó a mí). Algo que me alucinó bastante es que la gente en general va escuchando la audioguía y cuando se acaba la pista, pues nada, a la siguiente sala. No sé, ya que estás allí y que has pagado la entrada (12,90€ el tour normal y 15,90€ el que es un poco más largo) lo mínimo es que disfrutes de la vista, de la decoración, que te pares a pensar en dónde estás y quiénes han pasado por allí antes que tú...

Google delivers
Básicamente, la historia que cuenta la audioguía es sobre los emperadores y emperatrices que habitaron el palacio centrándose en chismes y detalles más bien frívolos sobre amoríos y favoritismos. Me quedé con la impresión de que María Teresa fue una mujer muy carismática con las cosas muy claras mientras que Elisabeth (que quizá os suene más por su apodo Sisi) era más bien caprichosa y algo peculiar. De tanto en tanto van metiendo cuñas publicitarias para que visites también el Hofburg, la residencia imperial, y otros espacios vieneses dedicados a la monarquía de los Habsburgo y, sobre todo, a la figura de Sisi. Una particularidad del palacio en la que el comentador hace mucho énfasis es en la decoración al gusto de muchas de las salas, ya que varios de sus nobles huéspedes contribuyeron en el diseño de sus propios aposentos, una decisión poco común en la época/contexto. Desgraciadamente, como he dejado pasar tanto tiempo desde mi visita hasta la redacción de la crónica (prácticamente un mes) no recuerdo mucho más del interior del palacio...


Algo que os recomiendo incluso si no os interesa entrar al palacio es acercaros de todas formas a Schönbrunn y visitar sus jardines, enormes, cuya entrada es gratuita. Es una suerte de parque gigantesco, muy bien cuidado, muy señorial, donde los vieneses aprovechan para pasear y entrenar. Además del palacio, encontraréis un laberinto, otra Palmenhaus (muy similar a la del centro pero sin mariposas), la Wüstenhaus o casa del desierto con toda una colección de cactus y el zoo, entre otros; todos ellos de pago eso sí.


Y, por supuesto, no me pude resistir a ir al zoo como buena adoradora hipócrita de los animales que soy. En mi defensa diré que el zoo de Viena es el más antiguo del mundo, que sus instalaciones son realmente amplias y bien acondicionadas y que sus animales exhibían comportamientos mucho más sanos que los de otros zoos que he visitado, como el de Barcelona. Tengo unas 250 fotos hechas en algo menos de cuatro horas de murciélagos, flamencos, guepardos, lemures, diversas especies de simios, koalas, pingüinos y, sobre todo, a un panda rojo que no dejaba de trepar arriba y abajo por los árboles con lo que básicamente le fotografié la cola unas veinte veces y, de milagro, en una sale más o menos de cara.


Algo que me gustó especialmente es una sección dedicada al Tirol austriaco que, aunque dentro del recinto del zoo, está alejada de todo lo demás y a la que se accede por una pasarela elevada (que con tanto crío correteando arriba y abajo se movía más de lo deseado). En esa zona hay un par de casas muy pintorescas y básicamente animales de granja como vacas, cabras, ovejas y... ¡abejas! Aunque lo que yo más disfruté fue una ardilla que estaba en medio del camino hacia allí a la que pude fotografiar justo antes de que unos niños la espantaran.


Después de asegurarme de haber visto el zoo entero (solo me salté el "insectario" o cómo se diga en castellano y parte de las aves), incluyendo la decepcionante tienda, salí de nuevo a los jardines sin fuerzas como para subir hasta la glorieta (decisión de la que me arrepiento MUCHO) pero sí como para ver por fuera la Palmenhaus (ya había gastado demasiado entre el palacio y el zoo, no estaba como para pagar para ver plantas también).


Cuando di el día por terminado eran solo las tres y media de la tarde pero como realmente no tenía energía para hacer nada más, me arrastré resignada hasta el apartamento (una hora que se me hizo muy lenta) y me pasé toda la tarde vegetando, pensando en qué hacer el lunes y haciendo la maleta. No me enorgullezco de haber malgastado así mi tiempo de vacaciones pero la verdad es que me sentaron muy bien esas horas extra tirada en la cama. Para acabar por hoy, os dejo con una foto de la peculiar fachada de un edificio que vi de casualidad al volver de Schönbrunn. Quizá no es gran cosa pero para mí ya hizo que valiese la pena haber decidido ir caminando todo el día.


domingo, 4 de octubre de 2015

Sábado 12: De catedrales y museos

El sábado me desperté bien pronto, con la idea de plantarme en la Stephansdom cuánto antes para aprovechar el día así que no eran ni las ocho de la mañana que yo ya estaba camino al centro (¡andando de nuevo!). Llegué tan pronto a la Catedral de San Esteban que ni siquiera habían abierto toda la parafernalia turística (tienda de souvenirs, indicaciones para las visitas guiadas, subida a una de las torres...), de hecho, lo primero con lo que me topé fue un cartel que rezaba «Today no cathedral tour, thank you for your understanding» que me generó una mezcla entre frustración y resignación instantáneas pero que, milagrosamente (todo muy religioso), no acabó con mi ánimo matutino.


En vista de que no tenía nada que hacer dentro de la catedral (ni siquiera fotos porque estaba el día gris gris y no se veía una mierda dentro), decidí rodearla por fuera y así ver todas las caras de su fachada. Fue así como encontré la entrada a la torre meridional de la catedral, cuyos 343 escalones podían subirse por el módico precio de 4,50€ a partir de las nueve de la mañana (que todavía no eran). Seguí dando la vuelta y volví a entrar de nuevo en la catedral para re-mirar el cartel informativo sobre la visita a las catacumbas que aparentemente indicaba que habría una a las diez en punto (que no estaba muy segura de si se haría o no por ese otro cartel que vi al principio pero la esperanza es lo último que se pierde) y me planté en la entrada a la torre sur justo cuando sonaban las campanadas que indicaban que ya eran las nueve en punto con lo que creo que fui la primera turista del día.

Vistas desde lo "alto" de la Stephansdom
En apenas diez minutos ya estaba en la cima (343 escalones son menos de los que parece) que debo reconocer que fue bastante decepcionante ya que las escaleras desembocaban en el interior de la torre, en una estancia totalmente cerrada con una tienda sosa de souvenirs y dos o tres ventanas bastante pequeñas que impedían tener una buena panorámica de la ciudad (estoy malacostumbrada a las torres abiertas de otras ciudades europeas como París, Venecia, Gante, Londres o Praga). Como no eran ni las nueve y media que ya volvía a estar al pie de la catedral, decidí ir a un McCafé que había visto de camino al centro a desayunar (la caminata de 3km y la subida a la torre en ayunas) y, aunque parezca mentira, ese fue el único McDonald's que pisé en todo el viaje (lo cual constituye un récord en sí mismo).


Después de desayunar me fui directa a la catedral por tercera vez para apuntarme al tour que se adentraba en las catacumbas de la catedral y la plaza a las diez en punto. Es una verdadera lástima que esté prohibido hacer fotos porque contemplar un montón de huesos humanos tirados de cualquier manera es una visión impactante cuánto menos (o quizá yo sea muy morbosa). El guía lo explicó todo en alemán (los turistas alemanes se reían mucho) y en inglés (sospechosamente, nada de risas en esta parte de la explicación) y, además, había papeles informativos en varios idiomas con un resumen de lo que decía el guía, castellano incluido.


Una vez salí de las catacumbas y considerando que ya le había exprimido todo el jugo a la Stephansdom, me puse rumbo a la Albertina, un museo cuya prolífica publicidad me tentó anunciando originales de Renoir y Monet. Aunque, una vez allí, me encontré con mucho mucho más. Podría hacer una sola entrada sobre la colección de este museo (no sería la primera vez) pero voy a intentar ser sintética por mi propio bien (y el vuestro, procrastinadores natos). Me fui directamente a la planta superior donde estaba expuesta la colección de arte moderno con, como decía, obras de Renoir y Monet pero también de Klimt, Signac, Toulouse-Lautrec, Degas, Delaunay, Magritte e incluso Miró y Picasso. También conocí gracias a esta exposición a Emil Nolde y Natalia Gontscharowa, dos artistas con estilos de lo más atrayentes.


Aunque me gustaron los cuadros aquí expuestos, mi gran descubrimiento del día fue en una exhibición temporal a la que fui por inercia (la entrada del museo valía para todas sus plantas) de dos autores cuyo nombre no había oído nunca antes: Lyonel Feininger y Alfred Kubin. Esta exhibición estaba construida en torno a la amistad entre ambos artistas, que mantuvieron una rica correspondencia durante años hablando tanto de arte como de la guerra; de hecho, fragmentos de algunas de sus cartas estaban transcritos en la exposición. Feininger no me dijo gran cosa pero quedé prendada del mundo interno de Kubin, oscuro y perturbador.


Y hasta aquí solo una de las cuatro plantas del museo. Para mi desgracia, visité la Albertina justo después de que terminara una exposición y antes de que comenzase la siguiente, dedicada a Edvard Munch, así que pasé directamente a una especie de galería que me hizo pensar en un palacio antiguo que tenía aquí y allá algunos grabados y cuadros pero que no me entusiasmó demasiado. Finalmente, fui a la planta menos uno, dedicada al arte contemporáneo (el raro, sí) con obras de lo más bizarras donde, como siempre, también me quedé prendada de alguna que otra autora. En este caso de Amy Cutler, Monika Grzymala y Julie Mehretu.


Al salir de la Albertina, después de haber comprado las postales y el imán de rigor más un calendario extra, tomé el camino de vuelta dirección a la Karlplatz desde donde quería ver la Karlskirche, la Secesión y el pabellón de Otto Wagner, antes de dirigirme a la última parada turística del día: el Museumsquartier. Me costó dios y ayuda orientarme allí porque aunque se le llame plaza, es más bien un parque ligeramente hundido y relativamente grande en el que, además, justo se estaba celebrando un festival gratuito al aire libre. Gracias a eso me pude comprar una bratwurst en un puesto ambulante y comérmela mientras escuchaba el redoble de los tambores.

Grúas siempre dispuestas a embellecer fotografías
Cuando terminé de comer y de hacer las fotos de turno, me fui al fin hacia el "barrio de los museos" con el objetivo de visitar el Leopold Museum, famoso por albergar una colección notable de pinturas de Egon Schiele (y alguna que otra de Klimt). El problema es que a estas alturas del día, y aunque no eran ni las dos y media de la tarde, yo ya estaba agotada y mi cerebro bastante saturado por lo que es posible que no aprovechara al máximo esta visita. Aun así, mi completismo me obligó a verme el museo íntegramente, aunque no prestara demasiada atención a gran parte de las obras expuestas. De Klimt me gustó todo, como era de esperar, Schiele fue otro gran descubrimiento del viaje (aunque no está al nivel de Kubin) y conocí a Richard Gerstl, un artista que se suicidó a los 25 años (acabaré haciendo un listado de escritores, poetas, pintores y músicos famosos que se suicidaron).


Cuando salí del museo eran las cuatro pasadas y mis piernas apenas podían sostenerme ya pero, fiel a mi planning inicial, bajé a Linke Wienzeile porque quería ver (y fotografiar) las fachadas modernistas de dos edificios adyacentes y, ya de paso, me metí de lleno en el Naschmarkt que recorrí con cierta indiferencia aunque estoy segura de que a aquellos de vosotros a los que les guste comer, disfrutarán de una visita a este mercado tan variopinto.


Llegué a mi apartamento a media tarde con un solo pensamiento: Viena me había vencido. Antes de ir no dejaba de lamentarme de que todo cerrara a las seis de la tarde, y allí estaba yo, tirada en la cama, totalmente destrozada y sin ninguna intención de salir de casa hasta el día siguiente. Al final tuve que hacer una mini escapada hasta un local de comida rápida que había cerca porque como mínimo me digné a cenar pero esa fue mi máxima actividad el sábado por la tarde, esperando a retomar fuerzas suficientes como para afrontar un tercer día de turismo desenfrenado en Viena.


Y mi gran cena fue uno de los platos más célebres de la cocina austriaca... el Schnitzel que, como veis en la foto, no es más que nuestro escalope de toda la vida. Después de un día corto pero intenso hice planes para el siguiente y me fui a dormir prontito, siguiendo mis recientemente incorporados horarios europeos.