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sábado, 20 de febrero de 2016

Lunes 14: Hundertwasser (y un breve desahogo de mi paso por Innsbruck)

No voy a negar que soy un desastre. Enseguida me dejo llevar por nuevas ideas y, aunque me encanta empezar nuevas secciones y proyectos, tengo graves dificultades para llegar a término. Ya dejé totalmente aparcadas mis entradas sobre Ámsterdam pero es que me dejé mi viaje a Viena a medias a falta de un solo día por reseñar y, como últimamente tengo la mente viajera, he decidido que ya iba siendo hora de escribir esta última crónica vienesa.

Después de haber visto la Viena más palaciega pero también la más museística, me dejé para mi última mañana en la ciudad un arquitecto de lo más peculiar que, salvando mucho las distancias, me hizo pensar (para bien) en mi adorado Gaudí. Friedrich Stowasser, también conocido como Friedensreich Hundertwasser fue un renombrado artista y arquitecto, que concentra la mayoría de su obra arquitectónica entre Austria y Alemania. Especialmente famosa es quizá la Hundertwasserhaus, en Viena, que era mi principal objetivo turístico de mi último lunes en la capital.


Han pasado tantos meses desde este viaje que pensaba que iba a ser incapaz de relataros mis aventuras y desventuras en mi última jornada en Viena pero fue un día tan y tan accidentado que lo recuerdo mucho mejor de lo que pensaba. Sé que me levanté muy preocupada por si no me daba tiempo de ir y volver hasta la Hundertwasserhaus antes de que saliese el tren hacia Innsbruck (que era el destino real de mi viaje por tierras austriacas) porque, de todas las cosas que vi en la ciudad (además de mi día en Schönbrunn que no cuenta porque no estaba en el centro pero sí relativamente cerca de mi apartamento), era la única atracción turística que no estaba en el centro y que, por eso, cesé en mi empeño de ir a todas partes caminando y cogí el metro para acercarme. Como me había impreso un mapa de la zona, no tuve problemas para llegar y me pasé un buen rato admirando la fachada del edificio, que es en realidad un conjunto de viviendas sociales que teóricamente debería haber funcionado como una comunidad autosuficiente pero que por un problema de diseño, no pudo ser. Aunque está algo deteriorado y no "brilla" tanto como debió hacerlo en su inauguración, alzar la mirada y encontrarse con árboles de lo más frondosos en la azotea de un bloque de pisos fue uno de mis momentos favoritos del viaje. La pena es que no podía entrarse dentro (porque vive gente claro) así que me tuve que conformar con unas postales que vendían allí mismo de las habitaciones interiores, no hay dos iguales en todo el edificio.


Cuando me cansé de hacerle fotos a la misma pared (34 imágenes del edificio desde todos sus ángulos) me dirigí al Kunst Haus Wien que es a la vez un edificio diseñado por Hundertwasser y un museo que incluye una colección permanente de su obra pictórica con varias citas del arquitecto y una exposición temporal que, en mi caso, fue una exposición fotográfica de Joel Meyerowitz. Otra cosa que recuerdo es que la chica que vendía las entradas al museo era española, creo que fue la única vez que hablé en castellano en todo el viaje; estaba tan nerviosa ante la posibilidad de perder el tren que hasta le pregunté cuánto rato se tardaba de media en ver las exposiciones porque no quería arriesgar pero, ya que estaba allí, pues prefería verlo todo y acabé por comprar la entrada combinada que permitía el acceso a ambas exposiciones.


Empecé con una planta dedicada a la obra de Hundertwasser, de los cuadros más raros que he visto en mi vida. No se podía hacer fotos pero como soy una rebelde sin causa, hice alguna de estrangis aprovechando que los vigilantes no estaban muy por la labor. En las plantas superiores, estaba la exposición de fotografía y la verdad es que no le dediqué demasiada atención porque no es un medio que me atraiga especialmente y no le vi nada especial a la exhibición. Al final fui a toda pastilla y me lo vi todo en menos de una hora, ¡tiempo récord!

A la salida del Kunst es cuando empezó mi odisea viajera, empezó a llover y, por supuesto, no llevaba paraguas ni impermeable, no tenía mapa de esa zona concreta y empecé a caminar muy convencida de saber llegar al centro a pie pero, en algún momento, giré en la dirección contraria y acabé dando la vuelta más estúpida de mi vida, acabé otra vez frente al Kunst con cara de incredulidad y los pantalones empapados en lluvia. Congelada y al borde del ataque de ansiedad, volví a intentarlo y, esta vez, después de pasar por unas manzanas muy chungas donde solo había edificios de oficinas, llegué a la avenida que rodea el centro de Viena, que me decía que abandonaba la periferia para entrar en la zona que ya estaba incluida en el mapa de mi guía de viaje. Pero el susto que me llevé no me lo quita nadie.

La guía incluía un mapa de la parte dentro del círculo, como la
Hundertwasserhaus y el Kunst estaban tan cerca, pensé que sería
fácil volver al centro sin indicaciones. Me equivoqué.
Así pues, empecé una terrible caminata a través del centro y hasta el apartamento en que me estuve hospedando. No cogí el transporte público para volver porque quería pasar expresamente por el centro para comprar los souvenirs de última hora. Muy tristemente, entré en una pastelería a comprar los bombones típicos pensando que serían más baratos que en las tiendas para guiris (mundialmente conocidas por hinchar los precios) y me salió el tiro por la culata, ¡me salieron más caros!

Llegué al apartamento agotada, helada y hambrienta y arrastré penosamente mi maletón hasta la estación de trenes donde estuve dando mil vueltas en busca de algo de comer barato y comestible (que teniendo en cuenta mis delicados gustos era bastante difícil) a sabiendas de que me esperaban muchas horas de tren. Me cogí una especie de frankfurt extraño precocinado pensado para comer frío con mucho más queso de lo que me hubiese gustado y el ineludible croissant de chocolate con un café con leche que me costó medio riñón. Me tendríais que haber visto con la mochila enorme que pesaba un quintal, la maleta, el café en una mano, los tickets del tren en un equilibrio muy precario entre mi anular y el meñique... faltaba poco para que saliese el tren, me arrepentía mucho de haber comprado un café que ya no me apetecía tanto (pero que no iba a tirar porque me había costado un ojo de la cara), no encontraba mi vagón y no me aclaraba con la numeración. No sé cómo no reventé de cortisol ese día.


El caso es que encontré mi asiento sin problemas y tuve un viaje de lo más L-A-R-G-O. Coincidió con una de las oleadas de refugiados en Austria y hubo muchos parones y retrasos con los trenes, llegué horas tarde a la estación de Innsbruck, cuando ya era negra noche, sin wi-fi... Llegué de milagro al alojamiento que nos habían reservado y marqué diligentemente la clave que me habían enviado por email y que apunté en una libreta, la caja de la entrada se abrió y... cuál debió de ser mi cara al ver que no había llave ni tarjeta ni nada de nada. Me quedé así como en blanco en lo que no sé si fueron segundos o minutos y llamé al timbre sin mucha convicción. Escuché la voz de una chica que me abrió la puerta y que yo imaginaba que sería la recepcionista pero no, ¡era una huésped como yo! Después de imaginarme durmiendo en el suelo (pero dentro de un edificio al menos) resultó que mi compañera de habitación había malinterpretado un email que nos mandaron, entendió que estaría sola en la habitación y al ver que había dos llaves las cogió las dos porque mira, se quedaba más tranquila (sí, todavía la odio un poco por ello).

Foto necesaria
Comento de paso que la organización fue un caos, ella había mandado un mail quejándose de que en la habitación solo había una cama (gigante) y un sofá y que cómo era posible que tuviese que compartir la habitación, le contestó una de las organizadoras diciéndole que la chica con la que iba a compartir habitación (y aquí había un nombre que no era el mío) había solicitado estar sola así que ella también lo estaría. Mi querida compi no se dio cuenta de que el nombre que le dieron no era el mismo que en el mail inicial (el mío) y se quedó tan ancha. Al final acabé durmiendo yo en el sofá durante una semana (un horror). Teóricamente íbamos a hacer mitad y mitad pero oh, cosas de la vida, las dos últimas noches se fue de bares (yo no) y llegó muy tarde así que yo no estaba por la labor de recoger todas sus cosas de la cama para poder meterme en ella... (sí, también la sigo odiando un poco por ello).


En Innsbruck estuve por un curso así que no tuve mucho tiempo de hacer turismo pero sí que nos llevaron a lo alto de una de las montañas que rodean el pueblo (es bastante impresionante como enclave natural), el Seegrube. Otro día aproveché el descanso del mediodía para ir al centro, donde había varios edificios históricos y museos. A estos últimos no pude entrar por falta de tiempo pero al menos me di una vuelta por las calles de Innsbruck, que me parecieron encantadoras. ¡Espero volver en el futuro con un propósito meramente turístico!


Y bueno, hasta aquí mi viaje en solitario por tierras austriacas, os dejo con una foto que hice desde el avión, al volver, en que las cimas de las montañas se confunden con las nubes.

lunes, 12 de octubre de 2015

Domingo 13: Schönbrunn

El domingo, a pesar del cansancio acumulado, decidí ir andando hasta Schönbrunn, previa parada en Westbahnhof, lo que se traduce en una caminata de una hora para cubrir aproximadamente 5km a las ocho de la mañana. Aunque mi apartamento estaba muy cerca de la estación, me las arreglé para equivocarme de camino así que hice un rodeo bastante tonto tanto fuera como dentro de la estación (ahora mismo y mirándolo con perspectiva, me doy cuenta de que no fue nada pero el domingo lo vi como un drama y como una forma pésima de comenzar el día...). Eso sí, me quedé mucho más tranquila habiendo comprado "con tiempo" el billete para Innsbruck que, encima, me salió más barato que si lo hubiese comprado por internet.


Al salir de la estación ya fue caminata sin descansos hasta llegar al Palacio de Schönbrunn, residencia de verano de la dinastía Habsburgo durante siglos. No tengo ninguna foto del interior porque estaba prohibido hacerlas y yo, muy ingenuamente, dejé la cámara de fotos en la taquilla sintiéndome muy inteligente por ahorrarme el peso durante la visita. Ese orgullo pronto se convirtió en ganas de darme cabezazos contra la pared cuando me di cuenta de que todo el mundo estaba haciendo fotos de extranjis pero en fin, esos nervios que me ahorré y un motivo más para volver a Viena.

La fachada de los castillos modernos no es muy glamurosa
Ya que no tengo fotos, voy a probar a contaros con mil palabras lo que no puedo contaros con una imagen. El palacio es... grande. Y una clarísima atracción turística. Está muy masificado, cuando compras la entrada viene con la hora a la que puedes/debes entrar y una audioguía en tropocientos idiomas (castellano incluido) con un breve mensaje para cada sala que permite a los organizadores calcular que la visita conlleva unos 40 minutos (50 si coges el tour "largo" con el que ves algunas salas extra). Aun así, todas las salas están siempre llenas de gente pero eh, siempre puede ser peor, siempre podéis coincidir con la clásica visita en grupo de asiáticos (como me pasó a mí). Algo que me alucinó bastante es que la gente en general va escuchando la audioguía y cuando se acaba la pista, pues nada, a la siguiente sala. No sé, ya que estás allí y que has pagado la entrada (12,90€ el tour normal y 15,90€ el que es un poco más largo) lo mínimo es que disfrutes de la vista, de la decoración, que te pares a pensar en dónde estás y quiénes han pasado por allí antes que tú...

Google delivers
Básicamente, la historia que cuenta la audioguía es sobre los emperadores y emperatrices que habitaron el palacio centrándose en chismes y detalles más bien frívolos sobre amoríos y favoritismos. Me quedé con la impresión de que María Teresa fue una mujer muy carismática con las cosas muy claras mientras que Elisabeth (que quizá os suene más por su apodo Sisi) era más bien caprichosa y algo peculiar. De tanto en tanto van metiendo cuñas publicitarias para que visites también el Hofburg, la residencia imperial, y otros espacios vieneses dedicados a la monarquía de los Habsburgo y, sobre todo, a la figura de Sisi. Una particularidad del palacio en la que el comentador hace mucho énfasis es en la decoración al gusto de muchas de las salas, ya que varios de sus nobles huéspedes contribuyeron en el diseño de sus propios aposentos, una decisión poco común en la época/contexto. Desgraciadamente, como he dejado pasar tanto tiempo desde mi visita hasta la redacción de la crónica (prácticamente un mes) no recuerdo mucho más del interior del palacio...


Algo que os recomiendo incluso si no os interesa entrar al palacio es acercaros de todas formas a Schönbrunn y visitar sus jardines, enormes, cuya entrada es gratuita. Es una suerte de parque gigantesco, muy bien cuidado, muy señorial, donde los vieneses aprovechan para pasear y entrenar. Además del palacio, encontraréis un laberinto, otra Palmenhaus (muy similar a la del centro pero sin mariposas), la Wüstenhaus o casa del desierto con toda una colección de cactus y el zoo, entre otros; todos ellos de pago eso sí.


Y, por supuesto, no me pude resistir a ir al zoo como buena adoradora hipócrita de los animales que soy. En mi defensa diré que el zoo de Viena es el más antiguo del mundo, que sus instalaciones son realmente amplias y bien acondicionadas y que sus animales exhibían comportamientos mucho más sanos que los de otros zoos que he visitado, como el de Barcelona. Tengo unas 250 fotos hechas en algo menos de cuatro horas de murciélagos, flamencos, guepardos, lemures, diversas especies de simios, koalas, pingüinos y, sobre todo, a un panda rojo que no dejaba de trepar arriba y abajo por los árboles con lo que básicamente le fotografié la cola unas veinte veces y, de milagro, en una sale más o menos de cara.


Algo que me gustó especialmente es una sección dedicada al Tirol austriaco que, aunque dentro del recinto del zoo, está alejada de todo lo demás y a la que se accede por una pasarela elevada (que con tanto crío correteando arriba y abajo se movía más de lo deseado). En esa zona hay un par de casas muy pintorescas y básicamente animales de granja como vacas, cabras, ovejas y... ¡abejas! Aunque lo que yo más disfruté fue una ardilla que estaba en medio del camino hacia allí a la que pude fotografiar justo antes de que unos niños la espantaran.


Después de asegurarme de haber visto el zoo entero (solo me salté el "insectario" o cómo se diga en castellano y parte de las aves), incluyendo la decepcionante tienda, salí de nuevo a los jardines sin fuerzas como para subir hasta la glorieta (decisión de la que me arrepiento MUCHO) pero sí como para ver por fuera la Palmenhaus (ya había gastado demasiado entre el palacio y el zoo, no estaba como para pagar para ver plantas también).


Cuando di el día por terminado eran solo las tres y media de la tarde pero como realmente no tenía energía para hacer nada más, me arrastré resignada hasta el apartamento (una hora que se me hizo muy lenta) y me pasé toda la tarde vegetando, pensando en qué hacer el lunes y haciendo la maleta. No me enorgullezco de haber malgastado así mi tiempo de vacaciones pero la verdad es que me sentaron muy bien esas horas extra tirada en la cama. Para acabar por hoy, os dejo con una foto de la peculiar fachada de un edificio que vi de casualidad al volver de Schönbrunn. Quizá no es gran cosa pero para mí ya hizo que valiese la pena haber decidido ir caminando todo el día.


domingo, 4 de octubre de 2015

Sábado 12: De catedrales y museos

El sábado me desperté bien pronto, con la idea de plantarme en la Stephansdom cuánto antes para aprovechar el día así que no eran ni las ocho de la mañana que yo ya estaba camino al centro (¡andando de nuevo!). Llegué tan pronto a la Catedral de San Esteban que ni siquiera habían abierto toda la parafernalia turística (tienda de souvenirs, indicaciones para las visitas guiadas, subida a una de las torres...), de hecho, lo primero con lo que me topé fue un cartel que rezaba «Today no cathedral tour, thank you for your understanding» que me generó una mezcla entre frustración y resignación instantáneas pero que, milagrosamente (todo muy religioso), no acabó con mi ánimo matutino.


En vista de que no tenía nada que hacer dentro de la catedral (ni siquiera fotos porque estaba el día gris gris y no se veía una mierda dentro), decidí rodearla por fuera y así ver todas las caras de su fachada. Fue así como encontré la entrada a la torre meridional de la catedral, cuyos 343 escalones podían subirse por el módico precio de 4,50€ a partir de las nueve de la mañana (que todavía no eran). Seguí dando la vuelta y volví a entrar de nuevo en la catedral para re-mirar el cartel informativo sobre la visita a las catacumbas que aparentemente indicaba que habría una a las diez en punto (que no estaba muy segura de si se haría o no por ese otro cartel que vi al principio pero la esperanza es lo último que se pierde) y me planté en la entrada a la torre sur justo cuando sonaban las campanadas que indicaban que ya eran las nueve en punto con lo que creo que fui la primera turista del día.

Vistas desde lo "alto" de la Stephansdom
En apenas diez minutos ya estaba en la cima (343 escalones son menos de los que parece) que debo reconocer que fue bastante decepcionante ya que las escaleras desembocaban en el interior de la torre, en una estancia totalmente cerrada con una tienda sosa de souvenirs y dos o tres ventanas bastante pequeñas que impedían tener una buena panorámica de la ciudad (estoy malacostumbrada a las torres abiertas de otras ciudades europeas como París, Venecia, Gante, Londres o Praga). Como no eran ni las nueve y media que ya volvía a estar al pie de la catedral, decidí ir a un McCafé que había visto de camino al centro a desayunar (la caminata de 3km y la subida a la torre en ayunas) y, aunque parezca mentira, ese fue el único McDonald's que pisé en todo el viaje (lo cual constituye un récord en sí mismo).


Después de desayunar me fui directa a la catedral por tercera vez para apuntarme al tour que se adentraba en las catacumbas de la catedral y la plaza a las diez en punto. Es una verdadera lástima que esté prohibido hacer fotos porque contemplar un montón de huesos humanos tirados de cualquier manera es una visión impactante cuánto menos (o quizá yo sea muy morbosa). El guía lo explicó todo en alemán (los turistas alemanes se reían mucho) y en inglés (sospechosamente, nada de risas en esta parte de la explicación) y, además, había papeles informativos en varios idiomas con un resumen de lo que decía el guía, castellano incluido.


Una vez salí de las catacumbas y considerando que ya le había exprimido todo el jugo a la Stephansdom, me puse rumbo a la Albertina, un museo cuya prolífica publicidad me tentó anunciando originales de Renoir y Monet. Aunque, una vez allí, me encontré con mucho mucho más. Podría hacer una sola entrada sobre la colección de este museo (no sería la primera vez) pero voy a intentar ser sintética por mi propio bien (y el vuestro, procrastinadores natos). Me fui directamente a la planta superior donde estaba expuesta la colección de arte moderno con, como decía, obras de Renoir y Monet pero también de Klimt, Signac, Toulouse-Lautrec, Degas, Delaunay, Magritte e incluso Miró y Picasso. También conocí gracias a esta exposición a Emil Nolde y Natalia Gontscharowa, dos artistas con estilos de lo más atrayentes.


Aunque me gustaron los cuadros aquí expuestos, mi gran descubrimiento del día fue en una exhibición temporal a la que fui por inercia (la entrada del museo valía para todas sus plantas) de dos autores cuyo nombre no había oído nunca antes: Lyonel Feininger y Alfred Kubin. Esta exhibición estaba construida en torno a la amistad entre ambos artistas, que mantuvieron una rica correspondencia durante años hablando tanto de arte como de la guerra; de hecho, fragmentos de algunas de sus cartas estaban transcritos en la exposición. Feininger no me dijo gran cosa pero quedé prendada del mundo interno de Kubin, oscuro y perturbador.


Y hasta aquí solo una de las cuatro plantas del museo. Para mi desgracia, visité la Albertina justo después de que terminara una exposición y antes de que comenzase la siguiente, dedicada a Edvard Munch, así que pasé directamente a una especie de galería que me hizo pensar en un palacio antiguo que tenía aquí y allá algunos grabados y cuadros pero que no me entusiasmó demasiado. Finalmente, fui a la planta menos uno, dedicada al arte contemporáneo (el raro, sí) con obras de lo más bizarras donde, como siempre, también me quedé prendada de alguna que otra autora. En este caso de Amy Cutler, Monika Grzymala y Julie Mehretu.


Al salir de la Albertina, después de haber comprado las postales y el imán de rigor más un calendario extra, tomé el camino de vuelta dirección a la Karlplatz desde donde quería ver la Karlskirche, la Secesión y el pabellón de Otto Wagner, antes de dirigirme a la última parada turística del día: el Museumsquartier. Me costó dios y ayuda orientarme allí porque aunque se le llame plaza, es más bien un parque ligeramente hundido y relativamente grande en el que, además, justo se estaba celebrando un festival gratuito al aire libre. Gracias a eso me pude comprar una bratwurst en un puesto ambulante y comérmela mientras escuchaba el redoble de los tambores.

Grúas siempre dispuestas a embellecer fotografías
Cuando terminé de comer y de hacer las fotos de turno, me fui al fin hacia el "barrio de los museos" con el objetivo de visitar el Leopold Museum, famoso por albergar una colección notable de pinturas de Egon Schiele (y alguna que otra de Klimt). El problema es que a estas alturas del día, y aunque no eran ni las dos y media de la tarde, yo ya estaba agotada y mi cerebro bastante saturado por lo que es posible que no aprovechara al máximo esta visita. Aun así, mi completismo me obligó a verme el museo íntegramente, aunque no prestara demasiada atención a gran parte de las obras expuestas. De Klimt me gustó todo, como era de esperar, Schiele fue otro gran descubrimiento del viaje (aunque no está al nivel de Kubin) y conocí a Richard Gerstl, un artista que se suicidó a los 25 años (acabaré haciendo un listado de escritores, poetas, pintores y músicos famosos que se suicidaron).


Cuando salí del museo eran las cuatro pasadas y mis piernas apenas podían sostenerme ya pero, fiel a mi planning inicial, bajé a Linke Wienzeile porque quería ver (y fotografiar) las fachadas modernistas de dos edificios adyacentes y, ya de paso, me metí de lleno en el Naschmarkt que recorrí con cierta indiferencia aunque estoy segura de que a aquellos de vosotros a los que les guste comer, disfrutarán de una visita a este mercado tan variopinto.


Llegué a mi apartamento a media tarde con un solo pensamiento: Viena me había vencido. Antes de ir no dejaba de lamentarme de que todo cerrara a las seis de la tarde, y allí estaba yo, tirada en la cama, totalmente destrozada y sin ninguna intención de salir de casa hasta el día siguiente. Al final tuve que hacer una mini escapada hasta un local de comida rápida que había cerca porque como mínimo me digné a cenar pero esa fue mi máxima actividad el sábado por la tarde, esperando a retomar fuerzas suficientes como para afrontar un tercer día de turismo desenfrenado en Viena.


Y mi gran cena fue uno de los platos más célebres de la cocina austriaca... el Schnitzel que, como veis en la foto, no es más que nuestro escalope de toda la vida. Después de un día corto pero intenso hice planes para el siguiente y me fui a dormir prontito, siguiendo mis recientemente incorporados horarios europeos.

lunes, 21 de septiembre de 2015

Viernes 11: Mariposas y Venus

Quizás alguno/a de vosotros ha percibido una pausa más prolongada de lo habitual en el ritmo de publicaciones de Morphallaxis. Aunque empezó por una simple falta de tiempo derivada de una semana de trabajo intenso, se acabó solapando con un viaje relámpago que he hecho a la capital austriaca con la excusa de que a la semana siguiente atendía a una summerschool en Innsbruck. En esta ocasión retomo el formato original de crónica diaria con el que os contaba mis viajes al inaugurar el blog en lugar de seguir con mi intento de hacerlo más temático. Sin más preámbulos...


Estaba yo en el aeropuerto de Barcelona, sola, unas dos horas antes de que saliera mi vuelo, haciendo cola por primera vez tras varios años en el mostrador de facturación. Si yo trabajase en un aeropuerto creo que ya habría escrito una novela (¡o una saga!) que tuviese lugar en uno. Es como un mundo a parte. Algo que me maravilla es que siempre hay gente que llega con el tiempo increíblemente justo ignorando todos los consejos habidos y por haber. En esta ocasión hubo un hombre que se acabó saltando la cola kilométrica porque es que perdía el avión. A otros los hicieron pasar a otro mostrador sin cola también porque faltaba poco para que despegara su vuelo. Si yo fuera tan al límite me daría un ataque de nervios... Y cuando ya has facturado, tienes que pasar el control de equipaje y, como no, me tuvieron que parar. No sé cómo me lo monto pero me paran casi siempre y eso que no llevo nunca ni reloj, ni pendientes, ni collares, ni cinturón, ni monedas, ni nada de lo que se supone que te hace pitar. Para mí, pasar el maldito control siempre será uno de los peores malos tragos a los que me enfrento al coger un avión... y todo es como mil veces peor si viajo sola. Esta vez fue el colmo de la mala suerte porque dejé mi mochila y mi portátil (a parte, fuera de la mochila, como indican las normas) en la cinta y me puse a hacer cola para pasar por el control y, cuando ya me faltaba poco, me dijo uno de los trabajadores que tenía que quitarme las botas (¿botas en septiembre con el calor infernal que hace? Sí, porque en Innsbruck no hace tanto y no me cabían en la maleta) y en lo que tardé en dejarlas en la cinta, ya me habían quitado el sitio y tuve que volver a hacer la cola y veía mi portátil cada vez más lejos y desprotegido. Y encima me paran al pasar y me hacen esperar a que haya alguien libre para pasarme una maquinita que mide... qué sé yo ¿metal?¿explosivos? Después de unos minutos que se me hicieron eternos conseguí recuperar todas mis pertenencias y pasar a la parte interior del aeropuerto con menos tiempo de anticipo del que esperaba. Me dio el tiempo justo de comprarme algo caro nivel aeropuerto de beber/comer.


El viaje muy tranquilo, sin turbulencias ni dolores de cabeza indeseados, no sé por qué en los aviones tienen DE TODO y no pueden llevar también leche para ponerle al café. Me parece tan absurdo que estoy casi convencida de que tiene que haber una explicación razonable que justifique que no se pueda subir leche a un avión. Como siempre también, aunque el vuelo fue bien, la gente a mi alrededor no dejaba de dar por culo, en especial el señor muy alto de delante echando el asiento para atrás y el señor muy alto de detrás echando las piernas hacia delante y dándome golpes en las mías y en mis pies. Constantemente. Como no (de nuevo), al aterrizar y recuperar mi maleta (a la primera, esto sí) justo perdí el tren que me llevaba al centro de la ciudad, uno que pasa cada media hora. Entre unas cosas y otras tardé la vida en llegar a Pilgramgasse, mi parada de metro y, al salir, estaba bastante desubicada. Es aquí cuando comprobé por primera vez la amabilidad austriaca: una señora mayor con el carro de la compra se me acercó, miró mi mapa y me empezó a hablar en alemán con efusividad y por más veces que le dije "Sorry, I don't speak German", ella siguió hablando y, con gestos, me dio a entender que la siguiera. Aunque la señora giró a la derecha en un punto en que había que girar a la izquierda, en general, gracias a ella encontré rápido el camino correcto y, al final, entre unas cosas y otras, tardé algo más de dos horas en llegar a mi apartamento desde el aeropuerto.


Pero bueno, ya instalada, a pesar de que eran las tres de la tarde pasadas y a sabiendas de que en Viena todo cierra a las seis (y media como mucho), me fui caminando hacia el Burggarten vía Mariahilfer Straße (2,5 km) para entrar en el Palmenhaus donde se encuentra el Schmetterlinghaus, es decir, una casa de mariposas ♥ Es el tipo de visita idónea para cuando una viaja sola y le gusta ver bichitos con calma. El sitio es bastante pequeño porque solo ocupa como una tercera parte de la totalidad del edificio del Palmenhaus pero está muy bien aprovechado, yo le di unas tres vueltas e hice setenta fotos en unos 35 minutos. Para ser Viena, no era caro, la entrada de estudiante me costó 4,50€ (la de adulto eran 6€). Además de las mariposas, el recinto está repleto de plantas tropicales con muchísimas flores de todos los colores y estoy segura de que más de uno ha disfrutado más de la vegetación que de las mariposas en sí. Pero la "decoración" no se limita ahí, también hay unas estatuas como de indígenas repartidas por el espacio, un pequeño lago, su correspondiente mini puente y un tronco hueco por dentro con una escalera para subir a un pequeño mirador desde el que hacer más fotos. Según la página web hay unas 400 mariposas en el recinto de unas 40 especies distintas. En algunos puntos la vegetación es bastante densa así que, por supuesto, yo no vi tantas mariposas y la lástima es que la mayoría que estaban quietas eran unas grandes y marrones no muy agraciadas. Quizá lo peor es que hay varios carteles explicativos sobre el ciclo vital de las mariposas y demás pero está todo escrito exclusivamente en alemán (como casi todo en Viena) así que ni idea de si los paneles eran interesantes o no. Con todo, me gustó mucho la visita y fue una inmejorable forma de empezar mi turisteo por la ciudad.


Por la zona (cerca del Museumsquartier) y la hora (casi las cinco de la tarde), decidí ir al Naturhistorisches Museum Wien o, lo que es lo mismo, el Museo de Historia Natural de Viena (el alemán hace que todos los nombres parezcan jeroglíficos). Como en todos los museos de este tipo, hay una gran variedad de ítems expuestos organizados por disciplinas. Así, la visita comienza por una serie de salas dedicadas a la geología, con vitrinas y más vitrinas llenas de trocitos de cuarzo, amatista, mármol, ónice, y un infinito etcétera a los que, sinceramente, no hice mucho caso. Más adelante, y cambiada de sitio debido a una reorganización del contenido de las salas del museo cuya principal repercusión era el cierre de un par de ellas, se encontraba la famosísima Venus de Willendorf, de la que tengo constancia desde hace muchos años. Esta figurilla de apenas once centímetros de largo (increíblemente pequeña teniendo en cuenta toda la atención que ha recibido desde su descubrimiento en 1908) es famosa debido a su antigüedad, unos 25.000 años. Da una idea muy precisa de cuáles eran los atributos femeninos más deseables durante la Prehistoria. Acto seguido continuaba la parte más "geológica" con una exposición muy considerable de meteoritos que, si no recuerdo mal, puede que fuese la más grande de Europa (¿o del mundo?). Y, más adelante, acabando con este ala del museo, todo un pasillo repleto de fosiles finalizando en la sala de los dinosaurios con unos esqueletos gigantescos y una réplica semi-móvil y un poco amenazante de un Allosaurus fragilis (que me gustaría a mí saber de dónde viene ese "fragilis" porque no lo parecía...).


Antes de entrar en el ala opuesta se me acercó uno de los guardias del museo con ganas de charlar, me preguntó que de dónde era y me explicó que se había casado aquí en España hace 18 años, muy feliz el hombre. Al otro lado, y haciendo un recorrido inverso debido a la reestructuración de salas que comentaba antes, había un par de salas dedicadas a la taxidermia en las que casi vomito allí mismo tras ver en directo una vitrina con un cadáver que estaba siendo devorado por no recuerdo qué tipo de bicho asqueroso que se usa específicamente para "limpiar" el interior de los animales que se quiere exhibir más adelante (que es una costumbre que, per se, ya me disgusta...). Más adelante, se encuentra la sección antropológica, quizá la más acorde a mi formación, con sendas explicaciones sobre la similitud entre primates y demás. Cuando acabé con la planta baja volví a saludar al guardia de antes, que me dijo que la próxima vez que viniese al museo dijese que venía de su parte que la entrada me saldría gratis (es una pena que no fuese capaz de entender su nombre, el alemán es un idioma imposible). Finalmente, subí a la planta superior que estaba dedicada, en su mayoría, a los animales (así, en general), ordenados por taxones, empezando por medusas y demás seres marítimos, dando paso a aves, reptiles y diría que mamíferos... aunque también había un rincón dedicado a parásitos que infectan humanos como Plasmodium spp. (malaria) o las tenias. Pero la verdad es que cuando apenas había visto un par de salas sonó el primer anuncio de que el museo estaba a punto de cerrar así que, después de todo, solo vi medio museo.

A estas alturas eran ya las seis y media de la tarde y había tenido un día suficientemente intenso por lo que recorrí mis 3km de vuelta a casa y me desplomé en la cama hasta el día siguiente.