Mostrando entradas con la etiqueta Ponent Mon. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ponent Mon. Mostrar todas las entradas

sábado, 17 de diciembre de 2016

Un Zoo en Invierno


Hamaguchi entró a trabajar a una empresa textil nada más acabar el instituto pero no acaba de sentirse cómodo. La escogió pensando que podría contribuir en el diseño de los motivos de las prendas pero su trabajo real dista mucho de lo que tenía en mente y después de que lo utilicen como perro guardián de la hija del jefe se acaba hartando y decide irse a Tokio a trabajar como ayudante de un reconocido dibujante de manga. Desde el momento en que entra por primera vez en la oficina se verá irremediablemente atraído por un nuevo mundo en la gran ciudad, rodeado de gente de todo tipo y de muchas maneras de entender la vida.

Con la mente en El almanaque de mi padre, iba con grandes expectativas para leer este tomo único pero la verdad es que Un zoo en invierno ni se ha acercado a cumplirlas. De hecho, no fui capaz de leerlo del tirón de lo aburrida que me resultó su lectura. Sin ir más lejos, el protagonista, Hamaguchi, es desesperadamente insulso, tiene siempre la misma cara de amargado, y parece que su única función en la trama sea limitarse a observar como desfila su vida ante sus ojos. En ese sentido, el guión es mucho más manido de lo que esperaba: un chico joven con grandes aspiraciones pero sin experiencia ninguna que descubre la vida adulta casi a golpes, una historia familiar suficientemente turbia y un primer amor idealizado. Es como un Bakuman versión reducida, versión seinen, versión costumbrista (ironías de la vida, ambos manga empezaron a publicarse en Japón el mismo año, 2008).

No me juzguéis por mi nula habilidad haciendo fotos
En su defensa reconozco sin embargo la verosimilitud con la que Taniguchi imprimió la naturaleza humana en sus emociones más reveladoras, en especial la envidia. Creo que es un pecado capital que se suele representar de forma caricaturesca, como si los autores pretendieran convencernos de que se trata de un sentimiento reservado a los villanos, en los que aparece de forma exacerbada. La envidia de Hamaguchi es tan real que casi duele sentirse tan identificado cuando se es incapaz de alegrarse por la felicidad ajena, todo lo contrario, no hace más que poner de manifiesto la propia mala fortuna (o ineptitud en este caso). Otro de esos pequeños detalles que siempre se agradecen es el momento en que Hamaguchi dibuja por primera vez un desnudo y no sólo siente vergüenza y le cuesta mirar fijamente a la modelo para tomar referencias sino que tiene una erección. De nuevo una verdad quizás incómoda que raramente queda reflejada en la ficción. 

Este manga me ha resultado dolorosamente encorsetado, repleto de clichés que me exasperan, como el de la japonesita delicada de salud (cuya supuesta enfermedad nunca se especifica) desde siempre. Muchas de las situaciones que se narran hacen gala de una mentalidad que me cuesta mucho comprender, ya no sé si porque es japonesa, porque es de los años sesenta o del tiempo de post-guerra o por qué. El caso es que no acierto a comprender la motivación de los personajes, todos se me antojan entre vacíos y balas perdidas. Tanto es así que por mucho dramatismo que Taniguchi pretendiese imprimir a sus personajes, no podría haberme dejado más fría.


No dejo de estar sorprendida ante mi decepción ya que he disfrutado mucho de obras con un corte similar. En El Gran Gatsby también es protagonista un joven pasivo que deja que la vida tome su rumbo, y no al revés, pero la narración no tiene nada que ver. En Solanin también se encuentra el dilema del joven adulto que debe incorporarse al mercado laboral rechazando aquello que realmente le llena, pero los personajes tienen muchísima más personalidad, el dibujo es una delicia y la narración evoca una barbaridad de emociones. Las encuentro alternativas mucho más disfrutables a este zoo invernal.

lunes, 24 de agosto de 2015

Los Guardianes del Louvre

Tras descubrir tardíamente a Jiro Taniguchi con su obra El almanaque de mi padre, no podía esperar a seguir ampliando mi mangateca con otros de sus múltiples títulos. Y acabé rindiéndome ante su novedad más reciente, difícilmente obviable en las estanterías de cualquier librería especializada entre su tamaño, las páginas a color y... ¡el Louvre!


Me resisto un poco a escribir una sinopsis para este manga porque se trata de un encargo que realizó directamente el Museo del Louvre al mangaka Jiro Taniguchi. Evidentemente, que una obra nazca como fruto de un encargo no excluye la posibilidad de que esta tenga una trama susceptible de ser resumida pero en este caso... no creo que haya un argumento claro por lo que no puede haber tampoco sinopsis. Este tomo único funciona a modo de catálogo, divagación e historia sobre el museo. El protagonista no es más que un observador que comparte con nosotros sus descubrimientos y conocimientos pero su historia personal, además de tratarse de forma desmesuradamente superficial no es más que una excusa de Taniguchi para dar algo de linealidad al tomo que, en mi opinión, resulta innecesaria.

Los verdaderos protagonistas son, precisamente, los guardianes del Louvre, liderados por Niké de Samotracia que aunque se quiere quitar honores hablando de La Gioconda y la Venus de Milo es una de las obras insignia de este museo, siempre rodeada de una legión de turistas. La estructura de este volumen es bastante heterogénea con capítulos muy bien diferenciados pero no demasiado bien hilados. Jiro Taniguchi nos ofrece una breve introducción al viaje y al museo, con una representación muy fiel a la marabunta de gente de todas las nacionalidades que se agolpa a las puertas del museo y que abruma sin lugar a dudas a un visitante primerizo. Aunque más abrumadora aún resulta la cantidad de obras expuestas (¡y no expuestas!) en este museo que obligan al viajero o bien a dedicarle varios días a su visita o bien a renunciar a una parte importante de su catálogo.

Overbooking
Una vez pasada esta breve pero necesaria introducción, nos adentramos en la historia particular de un pintor francés del siglo XIX, Jean-Baptiste Camille Corot, admirado por el escritor japonés Roka Tokutomi, el cual leyó el protagonista años atrás. Pero esta retahíla de nombres nuevos no acaba aquí, Taniguchi sigue haciéndonos saltar de época y lugar, de pintor en escritor y de nuevo a otro pintor para seguir la huella que unos artistas imprimen en otros a través de los siglos y los distintos países encadenando finalmente el trabajo de un pintor francés del siglo XIX que, a su vez, estaría influenciado por otros, al de un escritor japonés del siglo XX.

Llegados a este punto, a parte del grandísimo sesgo que conlleva hablar solo de autores favoritos supongo que a título personal, me indignó encontrarme con un capítulo entero dedicado a Vincent van Gogh que jamás ha visto su obra expuesta en el Louvre ya que pertenece a los movimientos de vanguardia, por lo que su obra en París está expuesta en el Museo de Orsay (y eso sin contar claro con que la mayoría de sus cuadros, bocetos y grabados se encuentran en el visitadísimo Museo Van Gogh, en Ámsterdam, ya que el famoso pintor era neerlandés).


Para mí, el mejor capítulo sin duda alguna es el que trata sobre el monumental desalojo que tuvo lugar en el museo durante la ocupación nazi, en un recrudecimiento de la segunda guerra mundial cuando los alemanes invadieron Francia. Creo que nunca le había dedicado un segundo pensamiento a la expoliación artística que tuvo lugar durante la guerra y a lo que eso pudo suponer para los verdaderos amantes del arte, como desde luego fue Jacques Jaujard, el entonces subdirector del Museo Nacional de Francia.

Como veis, Los Guardianes del Louvre actúa a modo de catálogo muy sesgado de algunas obras célebres (y otras no tanto) expuestas en el museo, también sobre su historia (enfatizando lo sucedido durante la segunda guerra mundial) y se convierte en una pasarela por la que desfilan personajes célebres amantes del arte en cualquiera de sus formas que estuvieron relacionados de una u otra forma con el Louvre o con la pintura francesa en algún momento de su vida. Personalmente, esta aleatoriedad me molesta y mi decepción se acentúa debido a la superficialidad imperante a lo largo del tomo: Taniguchi quiere abarcar mucho en muy poco espacio y al final ni consigue hablar de muchas cosas (como reflejo de lo inmenso que es el catálogo del Louvre) ni tampoco mucho de ninguna de ellas. Y, por si eso fuera poco, gran parte del tomo se centra en localizaciones y artistas que poco tienen que ver con el museo que da nombre al cómic.


No niego que ha sido una lectura instructiva que incluso me ha emocionado en algunos momentos pero tampoco puedo evitar pensar que el autor no supo encarrilar esta petición tan inusual con lo que quiso mezclar toda una serie de preferencias personales con una historia ficticia superflua y algo de rigurosidad histórica en un argumento muy mal hilado.