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sábado, 29 de septiembre de 2018

Oscuridades Programadas

He vuelto a recurrir a la biblioteca para poder leer otro título de «esos que salen en las listas» y, como siempre, lo cogí sin tener ni idea de qué iba pero con la tranquilidad relativa de que Oscuridades Programadas se ha publicado en España bajo el sello de Salamandra Graphic. En la portada aparecen cuatro personas en una azotea, una figura central rodeada por tres personas: un cámara, una entrevistadora y, al fondo, una mujer que parece tomar notas de todo con discreción. Crónicas de Turquía, Siria e Iraq es el subtítulo que quizá pueda pasar desapercibido pero que nos da la última pista que nos hacía falta; en efecto, Sarah Glidden nos ofrece una novela gráfica sobre un viaje a Oriente Próximo que realizó acompañando a sus amigos periodistas Sarah Stuteville y Alex Stonehill junto con el ex-marine Dan O'Brien.


En apenas trescientas páginas la autora nos narra dos meses de viaje incluyendo tanto las entrevistas con decenas de refugiados de varios países y culturas como las conversaciones privadas (todo lo privada que puede ser una conversación que está siendo registrada para aparecer posteriormente en varios reportajes y en una novela gráfica bien lozana) con sus compañeros sobre el viaje en sí y el periodismo como profesión. Por lo tanto, Oscuridades Programadas no es un reportaje propiamente dicho sino la crónica de un viaje a partir del cual se desarrollaron (o no) varios reportajes. Al seguir un orden cronológico y meramente descriptivo, las historias que se presentan lo hacen sin ton ni son, entremezclándose unas con otras en contraposición a la sucesión coherente de sucesos inevitablemente impregnada de la opinión del periodista que encontraríamos en la prensa. 

El peso de la no ficción se hace patente desde el principio convirtiendo la obra en una lectura densa y difícil de digerir que, de hecho, me ha durado meses (tuve que renovar el préstamo de la biblioteca). Evidentemente, siendo uno de los temas principales la situación de los refugiados y la guerra, se trata de un compendio de historias tristes llenas de sufrimiento. Pero, además, retrata la compleja realidad que viven kurdos y árabes en Iraq y Siria, resultado de conflictos que se remontan a hace décadas.


Prácticamente todos los entrevistados tienen una cosa en común: su estatus de refugiados. A este respecto, la obra incluye entrevistas con dirigentes de UNHCR (que quizá os resulte más familiar por sus siglas en castellano, ACNUR) muy interesantes en las que se explica un poco en qué consiste entrar en el sistema de los refugiados y los pasos que se tienen que seguir desde que se solicita hasta que te lo conceden y todo lo que viene después incluyendo campamentos temporales y reasentamientos en otros países (un proceso largo y complicado siendo muy pocos los que consiguen emigrar).

Desde un punto de vista periodístico, el reportaje se centra más en las dificultades del día a día a las que deben hacer frente los refugiados ya que, si bien en Siria por ejemplo la escolarización de los niños es obligatoria y gratuita, una vez terminados los estudios primarios, los refugiados jóvenes se encuentran atrapados sin posibilidad ni de continuar con sus estudios superiores ni de trabajar con lo que aumenta su frustración y, finalmente, la violencia y delincuencia.


Pero, como ya avanzaba, el viaje de dos meses permite a los integrantes de la cuadrilla abordar el asunto desde un sinfín de puntos de vista distintos siendo uno de los elementos centrales del relato el testimonio de Sam Malkandi, un refugiado iraquí que logró la ciudadanía estadounidense para ser deportado más adelante por irregularidades durante el proceso de reasentamiento. Puede que esta historia sea central en Oscuridades Programadas simplemente porque el equipo de periodistas tenía como objetivo a priori entrevistar a Sam y realizar un documental.

Su interés y su protagonismo están intrínsicamente ligados al atractivo que ofrece su historia para un público potencial. Y creo que ahí radica parte de la importancia que ha tenido para mí la lectura de esta obra y es que como periodista tu labor no es sencillamente la de informar sino la de escoger qué parte de la verdad debes presentar y cómo hacerlo para conseguir despertar el interés del lector. Puede sonar rastrero o ilegítimo pero esta visión práctica permite hacer un buen trabajo y lograr el objetivo primordial que es hacerse eco de las injusticias que se han cometido y se cometen con una población masiva y heterogénea que no deja de crecer.


Otro de los objetivos de Sarah Stuteville al invitar a su amigo de la infancia Dan O'Brien era poder hacer un reportaje sobre cómo volver al mismo territorio en el que fue destinado pero, esta vez, como un simple civil más podía cambiar su visión de la actuación militar de Estados Unidos durante la guerra de Iraq. Con este abordaje pretende conectar con el pueblo americano con un protagonista y un relato que resulte más atractivo a la audiencia que en última instancia va a consumir su historia.

Como avanzaba, uno de los temas de fondo de Oscuridades Programadas es precisamente el significado y objetivo del periodismo. Así, Sarah Glidden nos explica la trayectoria de su amiga periodista, su búsqueda vocacional, sus primeros pinitos en el medio, múltiples conversaciones sobre el tema revelando datos curiosos como que se trata de la segunda profesión más odiada según los ciudadanos estadounidenses. Estos testimonios, de boca de jóvenes nacidos en Estados Unidos, con el mundo y la vida de cara, son la última pata de una obra que se revela como una lectura robusta que desde luego se merece estar en múltiples listas de indispensables.


Para terminar, la autora comenta al final de la obra que en su página web personal ha hecho una recopilación de enlaces de todas las noticias mencionadas a lo largo de Oscuridades Programadas así como de todos los reportajes realizados por el equipo del Seattle Globalist derivados de este viaje.

viernes, 15 de septiembre de 2017

Inercia

Voy tres años tarde pero creo que me acabo de enamorar de (la obra de) Antonio Hitos. En realidad estoy siendo un poco tramposa aquí porque sí leí hace cosa de un año el primer número de Voltio en el que él participó pero ya que se trata de una antología lo paso un poco por alto.


Quizá es porque pertenezco a la misma generación que el autor pero no he podido evitar sentirme identificada con el protagonista de Inercia, incluso cuando nuestras «trayectorias vitales» no tienen nada que ver. De hecho, mucho me temo que yo todavía me dejo llevar más por la inercia que el propio Jaime. Si reflexiono un poco sobre el tema creo que, hasta cierto punto, prácticamente todo el mundo se ha dejado llevar siempre por la inercia pero digamos que la nuestra se ha tornado más bien en apatía.

Los personajes de Inercia son jóvenes pero viven asqueados, o están en paro o tienen trabajos que odian, se hartan a comer fast food mientras comentan lo poco sana que es, deben enfrentarse constantemente a la frustración de haber alcanzado la edad adulta siendo en realidad adolescentes que a duras penas sobreviven por su cuenta. Por si esto fuera poco, hay un enfrentamiento claro e irreconciliable con los demás, con la gente, con el mundo en general. El protagonista trabaja en una tienda de música por lo que día a día debe interaccionar con todo tipo de personas y atender a sus estrafalarias peticiones o soportar con calma zen los modales de algunos clientes. Así que sube la apuesta y retrata nuestra sociedad actual con un amplio de miras sorprendente sin salirse nunca del rígido punto de vista establecido.


Por si las anécdotas costumbristas no fueran ya una de mis debilidades, aún me maravilla Hitos con una divagación del protagonista en que reflexiona sobre el origen único y común de todos los seres vivos del planeta y la serie de viñetas que acompaña dicho discurso; o el autor es un forofo de la biología o se documentó con inestimable precisión mientras dibujaba las páginas de Inercia. Es un regalo para la vista. Y encima critica también la homeopatía, es que no le puedo pedir nada más a un cómic.

Inercia es la primera obra larga del autor pero nadie lo diría. Sé que suelo ser muy repetitiva con los comentarios del tipo "no está mal pero se nota que el autor es novel" pero en este caso no puedo decir otra cosa que chapeau, aunque vaya con tres años de retraso porque pocas obras he leído que hayan resonado tanto en mí y que encima sean tan redondas porque es que incluso en el desenlace triunfa el autor abarcando ya cualquier tema que pueda ser relevante para el lector. Creo que el único detalle que me chirría en esta obra es su localización en un país anglosajón, quizá Estados Unidos, innecesaria ya que es una historia que podría tener lugar aquí mismo.


A nivel gráfico he visto pocas genialidades que estén al nivel de Antonio Hitos. Todo en su estilo es llamativo y característico, el uso del color, el diseño de personajes, sus muecas, la arquitectura de las viñetas y los juegos que consigue con su distribución. He disfrutado como pocas veces lo hago con el aspecto más puramente estético del volumen, tanto que incluso si la historia no me hubiese gustado lo podría recomendar a modo de libro de ilustraciones.

Con el overbooking aparentemente aleatorio de lecturas de la biblioteca me parece muy significativo que el sello Salamandra Graphic se haya llevado un porcentaje tan elevado de mis últimas reseñas, sobre todo teniendo en cuenta que no es que saquen muchos álbumes al año. Visto el éxito tengo muchas ganas de echarle el guante a otros títulos de la editorial que, además, me han recomendado con énfasis.

jueves, 14 de septiembre de 2017

Un policía en la luna

Me encuentro en una de esas situaciones en las que lo último que quiero es escribir una reseña que tarde más en leerse que el propio cómic que comento. Un policía en la luna no es un cómic mudo pero bien podría serlo. Lo cogí con ilusión en mi bienamada biblioteca después de haber catado ya a Tom Gauld con su recopilatorio de tiras cómicas Todo el mundo tiene envidia de mi mochila voladora, del que no llegué a hablar en el blog porque no tiene argumento como tal aunque me proporcionó alguna que otra risotada. Tenía mucha curiosidad por saber qué trama era capaz de hilar alguien con tanto ingenio como para concebir una tira cómica semanal.


El título se explica por sí solo ya que esta obra se centra, precisamente, en un policía destinado en la Luna. Aunque en algún momento de su vida fue él mismo quien quiso trabajar allí, ahora solicita un traslado de vuelta a la Tierra en vista de que todos están abandonando el solitario satélite y ya no consigue recordar por qué quiso ir en primer lugar.

Hace un tiempo leí un hilo de Faye en que comentaba lo ilógico que le parecía que el cómic (casi) nunca se clasifique por géneros en las librerías; es decir, siempre hay una zona (más o menos grande) destinada a todo tipo de cómics pero estos están, como mucho, separados por país de procedencia (con la separación más clara siendo la de manga, cómic americano, BDs y una sección adicional para los tebeos patrios), nunca por género. Pero el formato en viñetas permite que Un Policía en la Luna pudiese colocarse tanto en la sección de ciencia ficción como en la de poesía.


Lo de la ciencia ficción es obvio, al fin y al cabo ya en la portada se puede ver a un señor con traje de astronauta que se pasea por los cráteres lunares y, en cuanto nos situamos en un escenario extraterrestre todo el mundo es rápido en asignarle el género a una obra, al menos a las novelas. Sin embargo, Tom Gauld opta por aprovechar la extravagancia de dicho escenario para poner de relieve una serie de reflexiones existencialistas, un recurso que, por otra parte, caracteriza numerosas novelas del género y, por supuesto, también otros cómics (se me ocurre el caso de Yuna).

Lo de la poesía se me ocurre por la rígida disposición de viñetas, que me recuerda a la necesidad de contar las sílabas de cada verso; por las metáforas, un recurso que caracteriza sin duda tanto a esta obra como a este segundo género; y, por supuesto, por el lirismo, por ese «show, don't tell» llevado al máximo exponente en una obra donde una de las acciones más transcendentales del protagonista consiste en comerse una rosquilla.


Es pues ésta una obra minimalista. En todos los sentidos. Lo es en dibujo, lo es en diseño de personajes, lo es en cantidad de los mismos, lo es en palabras, en escenario, en cualquier cosa excepto quizá en su mensaje. Es difícil saber si Tom Gauld pretendía hacer una crítica social en la línea de sus tiras cómicas para The Guardian o si simplemente le apetecía contar qué podría hacer o pensar un policía en la luna. Los diálogos que aparecen son escasos (debido a la muy reducida población lunar) y breves pero ninguna palabra se ha escogido al azar.

Un policía en la luna es un gigantesco «cuidado con lo deseas porque podría hacerse realidad» que le sirve al autor para ahondar, una vez más, en nuestra humanidad, en lo que somos, en por qué hacemos lo que hacemos y, sobre todo, en nuestra naturaleza como seres sociales.

martes, 22 de agosto de 2017

Cuadernos Japoneses

Tras Los Pies Vendados, del autor chino Li Kunwu, Casualmente, del autor japonés residente en Reino Unido Fumio Obata y Ladronzuela, del autor surcoreano Micheal Cho, le tocó el turno a Cuadernos Japoneses, de Igort, en este caso un autor italiano que vivió y trabajó en Japón durante una larga temporada. Lo que comenzó con el deseo de querer alejarme un poco del manga tras leer la maravillosa y desenfadada primera entrega de Giant Days terminó en una selección accidental de títulos que en mayor o menor medida giraban en torno al continente asiático ya fuese por la nacionalidad de sus autores, por el emplazamiento de la historia o por su trama principal. Y así es como acabé con Cuadernos Japoneses entre mis manos donde un autor occidental explica, entre otras cosas, cómo vivió él la creación de manga.


Igort sintió una profunda fascinación por la cultura, arte y tradición japonesas desde su juventud, lo que le llevó a hacer numerosos viajes a Japón, residiendo allí durante largas temporadas mientras trabajaba para una editorial tan prestigiosa como Kodansha. Estos cuadernos japoneses no dejan de ser una mezcla entre diario y ensayo en que el autor aborda de forma caótica diversos aspectos del país nipón, centrándose quizá en los más llamativos tanto a nivel histórico como personal.

Gran parte de este volumen aborda distintas personalidades japonesas incluyendo tanto novelistas como mangakas por lo que Igort repasa la vida y obra de autores tan variopintos como Mishima, Tanizaki, Jiro Taniguchi, Osamu Tezuka, Hayao Miyazaki, Yoshiharu Tsuge, Shigeru Mizuki, Hokusai Katsushika sin ningún orden particular. Aunque el manga tiene, por lo tanto, un importante peso a lo largo de los cuadernos (no en vano serializó uno el propio Igort durante años) hay espacio también para hablar de cine, samurais, monjes y geishas, en un intento por comprender el espíritu japonés a partir de sus manifestaciones artísticas y culturales.


Sin embargo, al querer hacer un repaso tan amplio de Japón en sus más diversas vertientes, el volumen final parece compuesto por parches que se han ido colocando uno tras otro tal y como se le iban ocurriendo al autor. No hay un hilo, ni temático ni cronológico, y el autor salta de sus experiencias personales a lo aprendido investigando continuamente. Aún así, cada pequeña pieza de información es tan interesante que la estructura es lo de menos. De hecho, esa combinación de hechos (más o menos objetivos) con experiencias (más o menos subjetivas) resulta muy equilibrada ya que ambas actúan de forma sinérgica para tener un punto de vista lo más amplio posible en ese afán imposible de comprender un país entero.

En lo que al manga respecta, se nota el interés genuino del autor, que no sólo habla de los que para él son grandes mangakas sino también de cuál fue la inspiración de éstos. Disfruté en especial un pasaje en que narra su encuentro con Taniguchi, en el que hablaron sobre las diferencias entre el manga y la bande dessinée, en que el reconocido mangaka se lamenta de su lentitud (tomando como estándar el ritmo semanal japonés de 20 páginas) mientras que Igort señala que en el mercado franco-belga (y europeo por extensión) se suelen hacer tan sólo 48 páginas al año (para sorpresa del japonés). Y, dejando de lado las menciones obvias a nombres de la talla de Tezuka o Miyazaki, me sorprendió mucho el interés por Tsuge, del que aquí hemos podido catar El Hombre sin Talento (mencionado directamente en Cuadernos Japoneses) y La Mujer de al lado.


Entre tantísimos datos interesantes, confieso que me apena que la única mujer que se destaca entre los cuadernos es Abe Sada, una prostituta, embustera y homicida que alcanzó gran notoriedad en la sociedad japonesa. Me cuesta creer que entre tanto personaje ilustre masculino sea ésta la única mujer que mereciese ser mencionada en los cuadernos de Igort.

El formato es de lo más extravagante. Hasta tal punto que no creo haber encontrado antes unos cuadernos que combinen cómic mudo, ilustraciones, prosa y cómic, tanto a color como en blanco y negro, todo mezclado sin ton ni son, siguiendo el mismo caos ordenado de los temas que se tratan, el salto de formato delimita cada pequeño capítulo, si es que los puede llamar así.


Cuadernos Japoneses es una obra que transmite por todos sus poros la fascinación de su autor por Japón y que, a la vez, anima al lector a indagar sobre su cultura. Personalmente, me ha dejado con muchas ganas de seguir con esta inmersión cultural y aunque tenía la lectura de Red Red Rock estancada creo que es un buen momento para retomar a Hayashi Seiichi. En cualquier caso, le reconozco a Igort el mérito de haber logrado el éxito en un país racista y con tanta aversión por los gaijin.