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sábado, 29 de septiembre de 2018

Oscuridades Programadas

He vuelto a recurrir a la biblioteca para poder leer otro título de «esos que salen en las listas» y, como siempre, lo cogí sin tener ni idea de qué iba pero con la tranquilidad relativa de que Oscuridades Programadas se ha publicado en España bajo el sello de Salamandra Graphic. En la portada aparecen cuatro personas en una azotea, una figura central rodeada por tres personas: un cámara, una entrevistadora y, al fondo, una mujer que parece tomar notas de todo con discreción. Crónicas de Turquía, Siria e Iraq es el subtítulo que quizá pueda pasar desapercibido pero que nos da la última pista que nos hacía falta; en efecto, Sarah Glidden nos ofrece una novela gráfica sobre un viaje a Oriente Próximo que realizó acompañando a sus amigos periodistas Sarah Stuteville y Alex Stonehill junto con el ex-marine Dan O'Brien.


En apenas trescientas páginas la autora nos narra dos meses de viaje incluyendo tanto las entrevistas con decenas de refugiados de varios países y culturas como las conversaciones privadas (todo lo privada que puede ser una conversación que está siendo registrada para aparecer posteriormente en varios reportajes y en una novela gráfica bien lozana) con sus compañeros sobre el viaje en sí y el periodismo como profesión. Por lo tanto, Oscuridades Programadas no es un reportaje propiamente dicho sino la crónica de un viaje a partir del cual se desarrollaron (o no) varios reportajes. Al seguir un orden cronológico y meramente descriptivo, las historias que se presentan lo hacen sin ton ni son, entremezclándose unas con otras en contraposición a la sucesión coherente de sucesos inevitablemente impregnada de la opinión del periodista que encontraríamos en la prensa. 

El peso de la no ficción se hace patente desde el principio convirtiendo la obra en una lectura densa y difícil de digerir que, de hecho, me ha durado meses (tuve que renovar el préstamo de la biblioteca). Evidentemente, siendo uno de los temas principales la situación de los refugiados y la guerra, se trata de un compendio de historias tristes llenas de sufrimiento. Pero, además, retrata la compleja realidad que viven kurdos y árabes en Iraq y Siria, resultado de conflictos que se remontan a hace décadas.


Prácticamente todos los entrevistados tienen una cosa en común: su estatus de refugiados. A este respecto, la obra incluye entrevistas con dirigentes de UNHCR (que quizá os resulte más familiar por sus siglas en castellano, ACNUR) muy interesantes en las que se explica un poco en qué consiste entrar en el sistema de los refugiados y los pasos que se tienen que seguir desde que se solicita hasta que te lo conceden y todo lo que viene después incluyendo campamentos temporales y reasentamientos en otros países (un proceso largo y complicado siendo muy pocos los que consiguen emigrar).

Desde un punto de vista periodístico, el reportaje se centra más en las dificultades del día a día a las que deben hacer frente los refugiados ya que, si bien en Siria por ejemplo la escolarización de los niños es obligatoria y gratuita, una vez terminados los estudios primarios, los refugiados jóvenes se encuentran atrapados sin posibilidad ni de continuar con sus estudios superiores ni de trabajar con lo que aumenta su frustración y, finalmente, la violencia y delincuencia.


Pero, como ya avanzaba, el viaje de dos meses permite a los integrantes de la cuadrilla abordar el asunto desde un sinfín de puntos de vista distintos siendo uno de los elementos centrales del relato el testimonio de Sam Malkandi, un refugiado iraquí que logró la ciudadanía estadounidense para ser deportado más adelante por irregularidades durante el proceso de reasentamiento. Puede que esta historia sea central en Oscuridades Programadas simplemente porque el equipo de periodistas tenía como objetivo a priori entrevistar a Sam y realizar un documental.

Su interés y su protagonismo están intrínsicamente ligados al atractivo que ofrece su historia para un público potencial. Y creo que ahí radica parte de la importancia que ha tenido para mí la lectura de esta obra y es que como periodista tu labor no es sencillamente la de informar sino la de escoger qué parte de la verdad debes presentar y cómo hacerlo para conseguir despertar el interés del lector. Puede sonar rastrero o ilegítimo pero esta visión práctica permite hacer un buen trabajo y lograr el objetivo primordial que es hacerse eco de las injusticias que se han cometido y se cometen con una población masiva y heterogénea que no deja de crecer.


Otro de los objetivos de Sarah Stuteville al invitar a su amigo de la infancia Dan O'Brien era poder hacer un reportaje sobre cómo volver al mismo territorio en el que fue destinado pero, esta vez, como un simple civil más podía cambiar su visión de la actuación militar de Estados Unidos durante la guerra de Iraq. Con este abordaje pretende conectar con el pueblo americano con un protagonista y un relato que resulte más atractivo a la audiencia que en última instancia va a consumir su historia.

Como avanzaba, uno de los temas de fondo de Oscuridades Programadas es precisamente el significado y objetivo del periodismo. Así, Sarah Glidden nos explica la trayectoria de su amiga periodista, su búsqueda vocacional, sus primeros pinitos en el medio, múltiples conversaciones sobre el tema revelando datos curiosos como que se trata de la segunda profesión más odiada según los ciudadanos estadounidenses. Estos testimonios, de boca de jóvenes nacidos en Estados Unidos, con el mundo y la vida de cara, son la última pata de una obra que se revela como una lectura robusta que desde luego se merece estar en múltiples listas de indispensables.


Para terminar, la autora comenta al final de la obra que en su página web personal ha hecho una recopilación de enlaces de todas las noticias mencionadas a lo largo de Oscuridades Programadas así como de todos los reportajes realizados por el equipo del Seattle Globalist derivados de este viaje.

domingo, 12 de agosto de 2018

Materia

Cuando se anunció que Antonio Hitos había sido escogido para realizar la residencia en la Maison des Auteurs de Angoulême en 2018, decidí que había llegado el momento de leer Materia. Para entonces la biblioteca ya lo incluía en su catálogo así que no he tenido que esperar mucho para poder disfrutarlo. Me esperaba algo en la línea de Inercia y me he encontrado con una obra que consigue superar a su predecesora.


Personas no-humanas (o quizá sí) de apariencia antropomórfica se enfrentan al día a día siendo conscientes de que en cualquier momento podrían ser abducidos por alienígenas para ser devueltos más adelante con una u otra secuela física. Eso no impide que sus problemas cotidianos (y, por lo tanto, esenciales) se circunscriban a trivialidades como que se estropee la lavadora, suspender un examen en la universidad, no conseguir entradas para un concierto o una riña con un hijo desapegado. 

Con minuciosidad y esmero, Antonio Hitos solapa múltiples capas narrativas, conceptuales y gráficas para obtener su Materia. No hay un solo detalle en su obra que carezca de planificación, la presencia de cada elemento cumple una función determinada. Y se trata de una norma que aplica a cada color, cada silencio, cada repetición, cada subdivisión de viñetas, cada contenedor de basura... El autor no deja nada al azar y recubre este título con multitud de niveles de los que extraer información. Puede que los diálogos sean el elemento con menor contenido de toda la obra, por lo que una debe estar atenta a cada pequeño detalle mudo para comprender qué está ocurriendo en realidad; sin embargo, incluso en una lectura distraída en la que las simetrías y elipsis puedan pasar desapercibidas, transmite un cierto desasosiego.


Se alaba a Antonio Hitos por ser la voz de una generación o, al menos, por ser capaz de impregnar sus obras con ella. En contraposición a cómics convencionales o, simplemente, de otra época, puede parecer que hace una crítica activa de la sociedad actual pero a mí me da la sensación de que sus obras están imbuidas de ese resignación descorazonadora simplemente porque esa es la única realidad que se puede retratar con toda sinceridad a día de hoy. Por supuesto que se solapan el arte urbano, la publicidad vacua y la crisis espiritual en todos los capítulos de Materia, porque en eso consiste nuestra sociedad. 

La coexistencia apática con extraterrestres me ha hecho pensar mucho en Dead Dead Demons Dededede Destruction, de Inio Asano. De hecho, creo que la desidia que destilan las obras de Antonio Hitos tiene algunos ecos a las de este mangaka. En cierta manera, la ciencia ficción con ¿deliberada? crítica social me recuerda un poco al Shangri-La de Mathieu Bablet y precisamente considero que Hitos triunfa allí donde no se supo desarrollar éste ya que se entrega sin reparos a la experimentación gráfico-narrativa y, en lugar de dar explícitas lecciones moralistas, otorga la responsabilidad de interpretar el mensaje que quiere transmitir al lector.


Me entusiasma que Hitos mezcle elementos teóricos de biología evolutiva (en Inercia) o física cuántica (en Materia) con diálogos en apariencia superficiales. Por supuesto, todos conocemos la paradoja del gato de Schrödinger pero su aparición estelar en el primer capítulo, Ciencia, es una muestra más de la capacidad del autor para transmitir ideas complejas con muy pocos elementos y con una concisión envidiable. Con Materia, Antonio Hitos consigue una mezcla exquisita de costumbrismo alienígena y complejos conceptos filosóficos que trasciende el medio. 

Es inevitable que toda reseña de la obra de Antonio Hitos destaque su grafismo excepcional ya que es una marca del autor que le da un carácter único, personal e intransferible a todo lo que hace. Y yo no iba a ser menos claro. Al hojear tanto Materia como Inercia salta a la vista que no es un cómic convencional, apoyándose la narración en el uso excéntrico del color que se limita a los tres colores primarios: cian, magenta y amarillo. Pero por mucho que sea lo más llamativo, Materia se desmarca de otros cómics por su simetría, tanto estética como narrativa, dándole una vuelta de tuerca al medio. 


En cierta manera, y aunque las obras sean independientes entre ellas siento que el autor está realizando una saga que comenzó con Inercia, prosiguió con Materia y seguirá alargándose con Ruido. Aunque al mismo tiempo me planteo si no aparecerá esta última obra con una llamativa portada inundada de magenta anunciando así el final de una trilogía. ¡Ya se me está haciendo larga la espera para esta nueva entrega!

domingo, 5 de agosto de 2018

María lloró sobre los pies de Jesús

Igual que el año pasado, he atracado la biblioteca municipal de cara al mes de agosto augurando que tendré tiempo para leer un poco de todo a pierna suelta (e ignorando también como siempre la torre de lecturas pendientes que ya tenía en casa) así que espero darle un poco de vidilla al blog estas semanas con el pequeño botín que adquirí, antes de que tenga que devolver los documentos prestados. Empiezo pues con María lloró sobre los pies de Jesús, el primer cómic que leo de Chester Brown, autor que, de hecho, ni siquiera conocía.


Tal y como apuntan los subtítulos de la obra, Prostitución y desobediencia religiosa en la Biblia, y Una Novela Gráfica que adapta algunos pasajes bíblicos, María lloró sobre los pies de Jesús ilustra en formato cómic las historias de diversas mujeres que aparecen en la Biblia que, o bien se prostituyeron o bien utilizaron el sexo como medio para conseguir un objetivo. Sin embargo, el autor va mucho más allá explorando fragmentos populares de la Biblia de interpretación compleja como la historia de Caín y Abel, la parábola de los talentos, la del hijo pródigo o, finalmente, la historia de Job.

Durante una primera parte que ocupa más de la mitad de este volumen, se repite un mismo esquema de cuatro viñetas por página, con diálogos concisos, dibujo sencillo y sin florituras, y una gran profusión de viñetas en las que tan solo aparecen citas literales (o no) de versículos concretos de la Biblia. Esta estructura obliga a acelerar el ritmo de lectura con lo que la primera parte del libro se lee a la velocidad de la luz.

Encadenadas sin ton ni son, y a falta de preámbulo para introducir la lógica del autor, las distintas historias parecen escogidas con cierta aleatoriedad aunque se disfrutan igualmente como unidades independientes. La certeza de que nos encontramos ante una adaptación (libre) del libro más leído de todos los tiempos combina a la perfección con una narración directa, sin complejos, de una sencillez y honestidad abrumadoras. A pesar de esa simplicidad inherente al estilo y estructura cuadriculados de la obra, la dilatada trayectoria del autor se hace evidente en su inusitada capacidad para transmitir con muy pocos elementos.

Pero, por supuesto, hay una segunda parte, mucho más breve en extensión pero de lectura mucho más densa, en que el autor se explaya sobre su tema de estudio sin restricción alguna. Es en estas notas donde recae gran parte del atractivo de esta lectura ya que Chester Brown pormenoriza uno a uno cada ínfimo detalle de su narración inicial, explicando todos los puntos en los que se ha desviado de las escrituras oficiales para reflejar su opinión personal. En este prolongado epílogo no sólo divaga sobre sus creencias sino que referencia con profusión a diversos especialistas en el tema, mostrando hasta qué punto es complejo interpretar la Biblia y dando una idea de lo adulterado que podría estar el contenido de la versión actual.


El autor construye y expone sus argumentos con coherencia y meticulosidad, apoyándose en el trabajo previo y poniendo especial énfasis en todos aquellos aspectos que nacen de la más pura elucubración personal permitiendo así a los lectores que se formen su propia opinión sobre el tema. Personalmente, me parecen interpretaciones más que interesantes sobre la Biblia, dándole una vuelta de tuerca a pasajes muy conocidos que le permiten discutir diversos aspectos del cristianismo e incluso poner en duda alguno de sus dogmas centrales.

Si la adaptación bíblica per se es entretenida e incluso instructiva, son las notas (¡y las notas de las notas!) las que para mí hacen de este cómic una lectura indispensable entre lo publicado en los últimos años. Ya ando buscando Pagando por ello: memorias en cómic de un putero en la red de bibliotecas para complementar esta crónica en viñetas sobre las trabajadoras sexuales. 

domingo, 22 de julio de 2018

Voyeurs

Si fuese por la portada de este cómic, nunca le habría echado un ojo a Voyeurs. Refleja el interior de la obra ya que no deja de ser una de sus viñetas ampliada a tamaño cubierta pero, precisamente por eso, pierde su esencia contextual. Se echan en falta las otras cinco viñetas que deberían rodearla y, encima, el zoom despiadado hace que la imagen quede pixelada. Es por eso que comienzo la reseña con dos versiones de la portada, la original y la de la edición de La Cúpula


En esta ocasión no redacto sinopsis para la obra puesto que es autobiográfica e incluye pasajes ilustrados del diario personal de la autora entre 2007 y 2010 en que combina la más absoluta cotidianidad con reflexiones existencialistas. Aunque, para mí, Voyeurs haya sido la obra con la que he descubierto a Gabrielle Bell, se trata de una de sus recopilaciones más recientes y que publicó una vez su carrera ya estaba consolidada habiendo ganado ya varios premios. Por lo tanto, sospecho que no es la mejor de las maneras de aproximarse a esta autora aunque, en mi caso, haya saboreado la lectura de cada una de sus páginas.

Me pueden las obras autobiográficas en que sus autoras revelan hasta el detalle más íntimo de su vida (aunque me sienta un poco fisgona) como Alison Bechdel hablando sin complejos de sus relaciones familiares y románticas o Jennifer Hayden en su epopeya contra el cáncer y la vida en general. Sin embargo, Voyeurs se desmarca del género ya que el objetivo de Gabrielle Bell no es contarnos su vida sino vaciar sus miedos e inseguridades en la hoja de papel a base de narrar pequeños detalles de su día a día.


Voyeurs es una lectura opresiva y angustiosa. En mi caso personal, adentrarme en la psique de la autora ha sido una experiencia casi dolorosa que me ha obligado a dosificar su lectura durante varias semanas. Bell se lo cuestiona absolutamente todo: nuestra forma de vida, de consumo, las interacciones sociales, el éxito, el amor y la felicidad. Puede que sea una de las mentes más honestas con las que he topado con numerosas viñetas en las que no duda a la hora de confesar sus dilemas internos sobre cuestiones intrascendentes mientras sus conocidos o amigos discuten pensando que está atenta.

Voyeurs comienza con una breve introducción, que parece diseñada con ocasión de la publicación en papel de la antología,  en que la autora, junto con sus amigos, espía desde una terraza a una pareja en plena acción en el piso de enfrente. Hay alguna otra ocasión en que se hace referencia a ese voyerismo obvio, cuando Gabrielle espía a través de la mirilla conversaciones ajenas. Sin embargo, dejando de lado estas alusiones directas, las pequeñas historias de esta recopilación se caracterizan por el nivel de detalle con el que la autora describe todo tipo de interacciones sociales, desde sus peleas con sus ex-parejas hasta la conversación más banal. Ya que aplica el mismo énfasis para todo tipo de situaciones, transmitiendo la sensación de que es una mera observadora incluso de su propia vida.


Me parecen fascinantes todas las nociones a lo largo de la obra de que no importa todo lo que se consiga a nivel personal o profesional, la felicidad no es algo duradero que sea posible alcanzar. Gabrielle tiene éxito pero se siente un fraude; Gabrielle puede viajar a sitios maravillosos pero termina encerrándose en la habitación; Gabrielle es invitada a fiestas y demás pero no consigue integrarse en la multitud; Gabrielle es una infeliz sempiterna escoja lo que escoja. La precisión con la que describe ciertos intercambios es abrumadora.

Es muy posible que el estilo de dibujo ahuyente a más de uno, con un coloreado plano que no ayuda en absoluto pero os animo de todas formas a darle una oportunidad a una obra excelente. Eso sí, para nada recomendable si estáis de bajón porque a lo mejor termináis por tiraros por la ventana. Por supuesto, al estar formada Voyeurs por varios capítulos más o menos autoconclusivos y algunas páginas que pueden actuar como tiras cómicas algunas veces y como unidades poéticas otras tantas, el nivel es algo desigual pero la mayoría de historias independientes mantiene el nivel.


Esta reseña ha sido posible gracias a la intensa promoción del título llevada a cabo por La Cúpula (hay editoriales que lo hacen tan mal que ahora ya me resulta encomiable cuando veo una que lo hace bien), a su inclusión entre los esenciales de 2017 de la ACDComic y al periodista/blogger desalmado que recibió un (ahora en mi poder) ejemplar de prensa y luego lo abandonó (a cambio de un precio imagino que irrisorio) en el mercat de Sant Antoni para que pudiese encontrarlo yo en el momento idóneo. Voyeurs ha venido para quedarse orgulloso en mi estantería y, más pronto que tarde, le acompañarán sin duda otras obras de la misma autora.

domingo, 1 de julio de 2018

Shangri-La

De entre las decenas de novedades que salen a la venta cada mes, decidí hojear Shangri-La porque lo había visto en varios de esos listados de «lecturas imprescindibles» del 2017. Tras encontrarme con personajes antropomórficos en el espacio exterior me obcequé con leer este BD y lo reservé enseguida en la biblioteca.


Scott lleva a cabo una investigación secreta para Tianzhu Enterprises, la compañía que monopoliza el consumo y dicta el destino de la última colonia humana en un futuro en que la Tierra ha dejado de ser habitable. Asume su rol en la estación espacial y obedece sin rechistar aunque muchas de las órdenes recibidas hagan recelar a sus compañeros, miembros de una célula rebelde que se opone a los designios de los altos mandos de Tianzhu.

Las más de 200 páginas de Shangri-La aúnan desde elementos recurrentes de la hard sci-fi hasta ese augurio fatalista del devenir de la humanidad que encontramos tan a menudo en las ficciones contemporáneas, sin olvidar la crítica social inherente a toda obra de ciencia ficción que se precie. El autor consigue esta combinación a base de reciclar las ideas principales de Wall·E, Los Juegos del Hambre y algún que otro capítulo de Black Mirror.


Mathieu Bablet se aprovecha del carácter post-apocalíptico de su obra para presentar una sociedad demente donde el consumismo líquido se ha apoderado de los habitantes de la última colonia humana en el espacio. El autor ataca sin piedad nuestra actual sociedad de consumo con escenas poco sutiles en que presenta evidentes contradicciones. En las primeras páginas encontramos a Scott ofuscado por las quejas de los rebeldes, alegando que la raza humana jamás ha sido tan libre; sus palabras se enfrentan directamente al fondo de la viñeta en la que aparecen dos soldados uniformados con sendas armas de fuego preparadas para disparar al menor aviso.

La obra entera parece una gigantesca oda a los males del primer mundo: machismo, racismo, capitalismo. Y, sin embargo, a pesar de que es una lectura entretenida, tuve la sensación constante de estar leyendo algo incongruente. Los anuncios gigantescos de los productos de Tianzhu no venden otra cosa que sexualización descarada y objetificación del cuerpo de la mujer pero la sociedad de la estación espacial no parece en absoluto machista. Tan solo aparece una violación de forma secundaria, en segundo plano, innecesaria, como metida con calzador en una pequeña viñeta para dar algo de dramatismo añadido en el punto álgido de la obra. Pero aún me sorprendió más la ausencia de niños y ancianos en la estación, a los que tampoco se menciona en ningún momento; hace siglos que la humanidad se vio obligada a mudarse al espacio exterior pero las únicas personas que aparecen en Shangri-La son adultos jóvenes y animoides.


Es precisamente el concepto de animoide el que da riqueza a la obra en su conjunto, la hace más original y tiene un desarrollo bastante imprevisible que le permite al autor ampliar su crítica social, aunque en última instancia también lo considero desaprovechado. Pero es cuando el autor intenta saltar a una trama de ciencia ficción dura que el argumento entero de Shangri-La flaquea y se tambalea. Una mezcla imposible de biología y física liderada por energúmenos con delirios de grandeza autodenominados científicos me enerva hasta límites insospechados. Nunca comprenderé por qué siempre se degrada a los investigadores en la ficción, como si tuviésemos ni una pizca de humanidad.

Visualmente, desde luego, Shangri-La es una delicia. No se trata de un autor que destaque ni por el diseño de personajes ni por la composición de viñetas y, sin embargo, domina el uso del color y nos brinda panorámicas que quitan el hipo. Shangri-La destaca sin duda por sus escenarios, tanto dentro como fuera de la estación y es una de esas obras en las que vale la pena detenerse algunos minutos de más en varias escenas, ignorando la trama y disfrutando de todos los pequeños detalles que le dan una profundidad inusitada al cómic.


No quiero terminar la reseña sin recalcar que se trata de un volumen editado en tapa dura, con 224 páginas a color y de dimensiones titánicas (24x32 cm) ya que estas características encarecen la edición (28€) pero, sobre todo, aumentan el peso del volumen, para mí el mayor handicap a la hora de leer esta historia. ¡Tenedlo en cuenta a la hora de hacerle un hueco en vuestras estanterías!

En definitiva, Shangri-La es una excelente elección si buscáis un cómic de ciencia ficción con una trama que deja poso y que entretiene a partes iguales. No me extraña que se colara en tantas listas de lecturas recomendables publicadas durante el año pasado. 

domingo, 20 de mayo de 2018

Sobre las alas del mundo, Audubon

Por mucho que me guste leer (¡y reseñar lo leído!) como hobby, soy bióloga de formación y vocación ante todo así que no desaprovecho las escasas ocasiones en que se me brinda la oportunidad de fusionar ambos placeres. Hace prácticamente tres años que compartí las maravillas de Primates y unos cuantos meses desde que vi Audubon en el catálogo de novedades de Norma y supe que tenía que leerlo. Como siempre, la biblioteca me permite disfrutar de este tipo de obras caras no solo por su precio sino también por el espacio que ocupan. Y, curiosamente (estas coincidencias nunca dejarán de fascinarme), teniendo el volumen en la torre de lecturas pendientes, ha sido anunciado como uno de los nominados para los prestigiosos premios Eisner así que ya no me quedaba ni una sola excusa para no hincarle el diente de forma inmediata.


Al tratarse de una biografía (con licencias y algo de realismo mágico pero biografía al fin y al cabo) creo que carece de sentido escribir una sinopsis para esta obra. Jean-Jacques (o John James) Audubon fue un naturalista, pintor y aventurero (como él mismo se describía) que dedicó varias décadas de su vida a documentar mediante sus acuarelas la diversidad ornitológica de Estados Unidos en el siglo XIX. Es una tarea que le llevó toda una vida completar y su obra es testimonio de su perseverancia.

Los autores de este cómic, Fabien Grolleau y Jérémie Royer, toman como referencia los diarios de Audubon y su obra pictórica para reconstruir la biografía de este personaje célebre avisando desde un principio de que la realidad se mezcla con la fantasía en varias ocasiones con el fin de que la novela gráfica sea una unidad. Entiendo los fines poéticos de esta decisión pero es algo que me ha complicado la lectura ya que en una biografía no busco que todo encaje a la perfección sino poder formarme mi propia idea del tipo de persona que debió de ser Audubon.


Desde el primer capítulo se hacen evidentes su tenacidad y obsesión enfermizas por las aves y su documentación. No solo quiere conocerlas todas de una forma superficial sino que se interesa en sus hábitos, comportamientos, rutas migratorias e incluso por su alimentación. No se conforma con retratarlas sino que las caza y diseca él mismo para así poder lograr pinturas lo más realistas posibles. No obstante, en una época en que todos los desplazamientos se realizaban a caballo o, con suerte, en barco de vapor, la mera intención de querer documentar la totalidad de especies aviares de todos los Estados Unidos, sin contar siquiera con un mecenas, sería juzgada por muchos por poco más que una insensatez.

No sé si la forma en que los autores retratan su relación con su mujer e hijos dista mucho de la realidad pero, en cualquier caso, Audubon emerge como un personaje odioso, egoista, egocéntrico y desagradecido. Desde la primera viñeta se hace patente que este pintor vivía por y para publicar su obra y que cualquier otro aspecto de la vida familiar quedaba relegado a un segundo plano. Sin preocuparse por administrar sus finanzas, criar a sus hijos o velar por su propia seguridad, se entregó a la tarea sin descanso convencido de tener siempre la razón. Su esposa, estoica, aceptó las circunstancias y animó a su marido a emprender su viaje soñado encargándose ella de todo durante años sin tener apenas noticias de él.


Aunque el protagonista no me haya inspirado ninguna simpatía, me parece loable la labor del artista, que seguro que ha tenido que consultar más de un libro de referencia para poder dibujar las decenas de especies distintas que aparecen en esta obra. No sólo eso sino que también se dedicó a hacer sendas versiones de pinturas originales de Audubon (podría haber recurrido a reproducirlas tal cual como hacían, por ejemplo, en Yo, Asesino pero prefirió el camino difícil). Norma cuenta con muchas biografías en su catálogo pero creo que pocas se prestan tanto al formato cómic. Los paisajes, la vegetación, los animales, están todos tan bien dibujados que casi se nos olvida lo mal que nos cae el protagonista.

Además, hay toda una reflexión de fondo sobre el mantenimiento del equilibro en los ecosistemas y sobre el impacto que tiene la actividad humana sobre la biodiversidad. De nuevo, no sé si Audubon reflexionó sobre este tema en sus memorias pero me parece muy acertado que los autores hayan decidido incluirlo en la discusión de la novela gráfica porque, de esta forma, Sobre las alas del mundo va mucho más allá de su propósito biográfico.


Sin duda, lo que más me ha tocado la moral es una licencia "artística" de los autores en que presentan un encuentro ficticio entre Audubon y Darwin en el que, encima, discuten sobre un hallazgo que no se había producido todavía y que ninguno de los dos pudo discutir en vida. Me desagrada en exceso porque creo que no aporta nada, y me parece una forma infantil de compartir un dato curioso que tiene una relación muy tangencial con la biografía de Audubon.

A pesar de que no comulgo con algunas de las decisiones creativas expuestas a lo largo de la obra, creo que Audubon es una lectura más que interesante que permite acercar a los profanos al método científico de hace un par de siglos.

domingo, 6 de mayo de 2018

Poncho Fue

En mi idilio continuado con la biblioteca, Poncho Fue le ha tomado el relevo a I.D. pasando por delante de varios títulos a los que les tengo ganas desde hace meses como Sadbøi o Audubon. En este caso es La Cúpula la que recupera para el mercado español una obra publicada originalmente en Argentina. Cuando salió a la venta hace cosa de un año, recuerdo ver muchas webs hablando de Poncho Fue, con una labor publicitaria muy activa por parte de la licenciataria. Hay una página en concreto, ocupada en su totalidad por una sola viñeta, que vi numerosas ocasiones; en ella se ve a Lu, la protagonista, empujando a Santi, su pareja, mientras grita un monstruoso «¡¡¡BASTA!!!». Fue esa viñeta la que puso a Poncho Fue en mi lista mental de cómics por leer ya que ponía dos cosas de manifiesto: la primera, que esta obra versaba sobre una relación tóxica; la segunda, que no se trataba de un abuso físico franco sino de algo mucho más complejo.


Lu y Santi se conocen, se enamoran, empiezan a salir juntos. Lu y Santi son inseparables, se complementan, son la pareja ideal. Lu y Santi tienen alguna que otra disputa, pero tras cada desencuentro siempre llega una reconciliación. Lu se siente más y más incómoda a cada día que pasa, y el único factor que es capaz de relacionar con su creciente malestar, es su relación con Santi.

Puede que lo que resulte más abrumador de Poncho Fue es su realismo implacable. La propia autora ha hecho público que este cómic bebe en gran parte de sus experiencias personales aunque salta a la vista sin necesidad de aclaraciones. Cada pequeña discusión entre los protagonistas encoge el corazón por su autenticidad. Creo que es difícil haber tenido una relación romántica lo suficientemente larga y no sentirse identificado con al menos un pasaje de la obra. Quizá lo que da más miedo es reconocer actitudes propias tanto en las acciones de Lu como en las de Santi


Poncho Fue es un catálogo de prácticamente todas las actitudes tóxicas que pueden tenerse en una relación romántica incluyendo la pasivo-agresividad, el gaslighting, la dependencia y, en general, un abuso psicológico flagrante. Es muy fácil leer al personaje de Santi y calarlo enseguida como un imbécil prepotente con complejo de inferioridad pero más sutil puede resultar en la vida real descomponer la inseguridad y la baja autoestima de Lu que la colocan en una posición tan vulnerable dentro de la relación. 

Puede que lo que más miedo da de las más de doscientas páginas de Poncho Fue sean las efusivas reconciliaciones, las idas y venidas, como si de un acordeón se tratase, de una relación que hace aguas por todas partes pero que no se llega a romper. Lu es muy consciente de que muchos de sus problemas personales tienen su origen en las discusiones con Santi, en sus menosprecios, sus gritos y sus reproches y, sin embargo, se dedica con toda su alma a poner tiritas en una relación que hace aguas por todas partes convencida de que debe seguir con él aunque no tenga muy claro el porqué.


Mucho más allá del guión, Sole Otero despliega sus aptitudes artísticas, experimentando con todas las herramientas que están en su mano: colores, trazo, globos de texto... en ningún momento pretende tener un estilo realista sino todo lo contrario, juega con el tamaño de los elementos para plasmar visualmente todos esos matices que no se pueden escenificar de otra forma. Cuando la pareja discute, Lu se va haciendo cada vez más pequeña conforme se queda sin argumentos, cuando los antidepresivos le quitan la energía y la inunda la desidia, tanto su piel como su ropa se vuelven blancas como el papel, cuando se siente mal, la palabra culpa se enmaraña a su alrededor.


Poncho Fue es una lectura intensa, difícilmente dosificable, angustiosa y que seguro que os hace reflexionar. Al basarse en su experiencia personal y la de sus conocidos, la autora ha sabido fotografiar la naturaleza de las relaciones humanas a la perfección.

domingo, 22 de abril de 2018

I.D. de Emma Ríos

Llevo queriendo leer I.D. desde que vi alguna de sus páginas fotografiada en su primera edición como parte de la revista de cómics Island. Incluso llegué a tener algún número de dicha revista en mis manos en una visita a Gigamesh. Pensé en comprar el volumen en inglés cuando supe que Image iba a recopilar todo el material en tomo. No mucho después Astiberri anunció que editaría este título en castellano. Y mis dudas existenciales sobre qué edición comprar desembocaron en que terminara por no comprar ninguna. Si no fuera porque lo encontré hace unas semanas en la biblioteca, supongo que habría seguido perdiéndome su tan estimulante lectura.


En un futuro ficticio, el avance de la ciencia ha hecho posible el trasplante de cuerpo, o de cerebro (según se mire), si se tienen los medios y la determinación necesarios. Con el propósito de someterse a dicha cirugía, Noa, Charlotte y Miguel discuten en una cafetería sobre los motivos que los han llevado a tomar una decisión tan radical. Mientras tanto, una guerra sin cuartel tiene lugar en el exterior y los intereses del centro que lleva a cabo el dudoso procedimiento no están del todo claros...

Voy a empezar la casa por el tejado hablándoos de un artículo que funciona a modo de epílogo firmado por el doctor Miguel Alberte Woodward, que asesoró científicamente a Emma Ríos a la hora de crear un marco teórico coherente en el que fuese factible hablar de trasplante de cuerpo. Se trata de un pequeño alegato en el que expone todos los motivos por los que nunca tendría sentido aplicar una operación como la que se plantea en I.D. Echa por tierra la hipótesis que sustenta al cómic desde todos los ángulos posibles, y lo hace concienzudamente. Con esto en mente, autora y lectora tenemos muy claro que el objetivo de I.D. no es ni predecir el futuro ni tampoco el mero entretenimiento, sino una reflexión extraordinaria sobre la identidad desde un punto de vista que sólo la ciencia ficción podía facilitar.


Cuando empecé a leer una disertación sobre optogenética, virus neurotropos usados como vectores y estereotaxia como marco de referencia no daba crédito. Es una combinación fascinante de elementos que sí se emplean actualmente en investigación y para tratar ciertos trastornos. Sólo por dedicar tanto esfuerzo a que el mecanismo del procedimiento quirúrgico se explicitara y, encima, fuera coherente, ya considero que I.D. sobresale entre otras obras de ciencia ficción que prefieren no detenerse en la lógica interna de lo que plantean.

Pero, como en toda obra del género que se precie, y como ya nos revela el doctor Alberte, el trasplante de cuerpo no es más que la excusa que sirve de telón de fondo a una serie de cuestiones más bien metafísicas sobre la identidad y cómo nuestro cuerpo es la interfaz que nos permite comunicarnos con el mundo exterior y otras personas. La viabilidad de tal procedimiento tendría (especial) sentido en el contexto de enfermedades orgánicas o lesiones graves derivadas de traumatismos pero no es este el escenario de I.D. Los candidatos a la operación que presenta Emma Ríos son privilegiados habitantes con medios suficientes que aspiran a alcanzar la cúspide de la pirámide de Maslow con la enésima invención biotecnológica. No tengo ninguna duda de que si algo así existiese hoy en día, no faltarían voluntarios para someterse a la operación, ya que hay una creciente obsesión con comprar la felicidad.


Noa es un chico trans que no se conforma con una operación de cambio de sexo sino que prefiere reemplazar su cuerpo para así poder sentirse cómodo consigo mismo. Miguel es un expresidiario que prefiere no revelar demasiado de sí mismo. Mientras que Charlotte es una mujer de avanzada edad con ganas de experimentar. Estos tres personajes sólo comparten su deseo de cambiar de cuerpo pero no podrían ser más distintos en todo lo demás. I.D. consiste, precisamente, en todos los intercambios que comparten estas tres personas que, al ser tan opuestas, tanto tienen por discutir. Especialmente brillante me parece el retrato que hace Emma de la masculinidad y la feminidad presentando primero a Noa como un chico que no se siente identificado con su cuerpo femenino y menudo, para introducir más adelante a Miguel como un hombre de lo más corpulento incapaz de usar la violencia mientras que la aparentemente frágil Charlotte es la más autosuficiente del grupo con claras aptitudes para dejar K.O. a cualquier amenaza potencial.

Pero son los destellos fugaces de información entrecortada que se intuye aquí y allá los que acaban de complementar la lectura de esta obra. I.D. tiene lugar en un futuro incierto, me atrevo a aventurar que bastante próximo, en el que los humanos hemos conseguido colonizar con éxito la Luna y Marte. Por supuesto, los avances tecnológicos no han podido con la corrupta naturaleza humana por lo que hay disturbios por doquier, abusos policiales y las triquiñuelas ilegales de grandes corporaciones están a la orden del día.


Es en el apartado gráfico en el que Emma Ríos demuestra su larga trayectoria como artista de varias editoriales de cómic estadounidenses. Tiene muy claro que cada una de sus páginas ha de ser una obra en sí misma y tiene de sobras el talento para lograrlo. Además, para darle un toque aún más personal, opta por el bitono; la elección por el magenta acentúa el carácter íntimo y visceral de la historia. Me encanta la composición de viñetas de casi todas las páginas, aunque el objetivo principal sea transmitir una idea/argumento, I.D. no deja de ser un experimento gráfico con un resultado final excelente.

Puede que el principal defecto del cómic sea su brevedad ya que introduce un mundo tan interesante que el escaso desarrollo que se puede mostrar en 80 páginas podría resultar incluso superficial para el lector. Aunque la historia de Noa es bastante lineal y la de Miguel obtiene un cierto grado de resolución, Charlotte permanece como un absoluto enigma de principio a fin. Quizá el tono sea demasiado desenfadado para la crudeza de lo que cuenta, me hubiese encantado ver al menos un capítulo dedicado tan solo a las secuelas de la operación aunque entiendo que no era ese el objetivo de la obra. Es una idea que no dista tanto de la que se presenta en Altered Carbon pero creo que la de I.D. es más tangible y permitiría explorar aspectos muy interesantes.


Para concluir, os recomiendo encarecidamente la lectura de I.D., tengo claro que lo añadiré a mi biblioteca (cuando decida en qué idioma lo quiero) aunque, por lo pronto, mi prioridad es hacerme con Mirror ahora que sé que conecto al 100% con los mundos que plantea Emma Ríos.

viernes, 15 de septiembre de 2017

Inercia

Voy tres años tarde pero creo que me acabo de enamorar de (la obra de) Antonio Hitos. En realidad estoy siendo un poco tramposa aquí porque sí leí hace cosa de un año el primer número de Voltio en el que él participó pero ya que se trata de una antología lo paso un poco por alto.


Quizá es porque pertenezco a la misma generación que el autor pero no he podido evitar sentirme identificada con el protagonista de Inercia, incluso cuando nuestras «trayectorias vitales» no tienen nada que ver. De hecho, mucho me temo que yo todavía me dejo llevar más por la inercia que el propio Jaime. Si reflexiono un poco sobre el tema creo que, hasta cierto punto, prácticamente todo el mundo se ha dejado llevar siempre por la inercia pero digamos que la nuestra se ha tornado más bien en apatía.

Los personajes de Inercia son jóvenes pero viven asqueados, o están en paro o tienen trabajos que odian, se hartan a comer fast food mientras comentan lo poco sana que es, deben enfrentarse constantemente a la frustración de haber alcanzado la edad adulta siendo en realidad adolescentes que a duras penas sobreviven por su cuenta. Por si esto fuera poco, hay un enfrentamiento claro e irreconciliable con los demás, con la gente, con el mundo en general. El protagonista trabaja en una tienda de música por lo que día a día debe interaccionar con todo tipo de personas y atender a sus estrafalarias peticiones o soportar con calma zen los modales de algunos clientes. Así que sube la apuesta y retrata nuestra sociedad actual con un amplio de miras sorprendente sin salirse nunca del rígido punto de vista establecido.


Por si las anécdotas costumbristas no fueran ya una de mis debilidades, aún me maravilla Hitos con una divagación del protagonista en que reflexiona sobre el origen único y común de todos los seres vivos del planeta y la serie de viñetas que acompaña dicho discurso; o el autor es un forofo de la biología o se documentó con inestimable precisión mientras dibujaba las páginas de Inercia. Es un regalo para la vista. Y encima critica también la homeopatía, es que no le puedo pedir nada más a un cómic.

Inercia es la primera obra larga del autor pero nadie lo diría. Sé que suelo ser muy repetitiva con los comentarios del tipo "no está mal pero se nota que el autor es novel" pero en este caso no puedo decir otra cosa que chapeau, aunque vaya con tres años de retraso porque pocas obras he leído que hayan resonado tanto en mí y que encima sean tan redondas porque es que incluso en el desenlace triunfa el autor abarcando ya cualquier tema que pueda ser relevante para el lector. Creo que el único detalle que me chirría en esta obra es su localización en un país anglosajón, quizá Estados Unidos, innecesaria ya que es una historia que podría tener lugar aquí mismo.


A nivel gráfico he visto pocas genialidades que estén al nivel de Antonio Hitos. Todo en su estilo es llamativo y característico, el uso del color, el diseño de personajes, sus muecas, la arquitectura de las viñetas y los juegos que consigue con su distribución. He disfrutado como pocas veces lo hago con el aspecto más puramente estético del volumen, tanto que incluso si la historia no me hubiese gustado lo podría recomendar a modo de libro de ilustraciones.

Con el overbooking aparentemente aleatorio de lecturas de la biblioteca me parece muy significativo que el sello Salamandra Graphic se haya llevado un porcentaje tan elevado de mis últimas reseñas, sobre todo teniendo en cuenta que no es que saquen muchos álbumes al año. Visto el éxito tengo muchas ganas de echarle el guante a otros títulos de la editorial que, además, me han recomendado con énfasis.

jueves, 14 de septiembre de 2017

Un policía en la luna

Me encuentro en una de esas situaciones en las que lo último que quiero es escribir una reseña que tarde más en leerse que el propio cómic que comento. Un policía en la luna no es un cómic mudo pero bien podría serlo. Lo cogí con ilusión en mi bienamada biblioteca después de haber catado ya a Tom Gauld con su recopilatorio de tiras cómicas Todo el mundo tiene envidia de mi mochila voladora, del que no llegué a hablar en el blog porque no tiene argumento como tal aunque me proporcionó alguna que otra risotada. Tenía mucha curiosidad por saber qué trama era capaz de hilar alguien con tanto ingenio como para concebir una tira cómica semanal.


El título se explica por sí solo ya que esta obra se centra, precisamente, en un policía destinado en la Luna. Aunque en algún momento de su vida fue él mismo quien quiso trabajar allí, ahora solicita un traslado de vuelta a la Tierra en vista de que todos están abandonando el solitario satélite y ya no consigue recordar por qué quiso ir en primer lugar.

Hace un tiempo leí un hilo de Faye en que comentaba lo ilógico que le parecía que el cómic (casi) nunca se clasifique por géneros en las librerías; es decir, siempre hay una zona (más o menos grande) destinada a todo tipo de cómics pero estos están, como mucho, separados por país de procedencia (con la separación más clara siendo la de manga, cómic americano, BDs y una sección adicional para los tebeos patrios), nunca por género. Pero el formato en viñetas permite que Un Policía en la Luna pudiese colocarse tanto en la sección de ciencia ficción como en la de poesía.


Lo de la ciencia ficción es obvio, al fin y al cabo ya en la portada se puede ver a un señor con traje de astronauta que se pasea por los cráteres lunares y, en cuanto nos situamos en un escenario extraterrestre todo el mundo es rápido en asignarle el género a una obra, al menos a las novelas. Sin embargo, Tom Gauld opta por aprovechar la extravagancia de dicho escenario para poner de relieve una serie de reflexiones existencialistas, un recurso que, por otra parte, caracteriza numerosas novelas del género y, por supuesto, también otros cómics (se me ocurre el caso de Yuna).

Lo de la poesía se me ocurre por la rígida disposición de viñetas, que me recuerda a la necesidad de contar las sílabas de cada verso; por las metáforas, un recurso que caracteriza sin duda tanto a esta obra como a este segundo género; y, por supuesto, por el lirismo, por ese «show, don't tell» llevado al máximo exponente en una obra donde una de las acciones más transcendentales del protagonista consiste en comerse una rosquilla.


Es pues ésta una obra minimalista. En todos los sentidos. Lo es en dibujo, lo es en diseño de personajes, lo es en cantidad de los mismos, lo es en palabras, en escenario, en cualquier cosa excepto quizá en su mensaje. Es difícil saber si Tom Gauld pretendía hacer una crítica social en la línea de sus tiras cómicas para The Guardian o si simplemente le apetecía contar qué podría hacer o pensar un policía en la luna. Los diálogos que aparecen son escasos (debido a la muy reducida población lunar) y breves pero ninguna palabra se ha escogido al azar.

Un policía en la luna es un gigantesco «cuidado con lo deseas porque podría hacerse realidad» que le sirve al autor para ahondar, una vez más, en nuestra humanidad, en lo que somos, en por qué hacemos lo que hacemos y, sobre todo, en nuestra naturaleza como seres sociales.

lunes, 11 de septiembre de 2017

¿Eres mi madre?

Cuando me enteré de la mera existencia de esta obra pensé que sería relativamente similar a Fun Home. Es decir, un esquema parecido pero sustituyendo al padre de Alison por su madre. Sin embargo, supongo que era obvio que no iba a ser lo mismo hablar de un padre que falleció y con el que nunca tuvo una gran relación que hablar de su madre, dispuesta a revisar con lupa cada una de las palabras que escribiese su hija sobre ella, a modo de filtro de calidad previo a la entrega del manuscrito a la editorial.


De la misma forma que Fun Home se centraba en la homosexualidad de Alison a través de la de su padre, ¿Eres mi madre? se centra en la fragilidad psicológica de la autora, partiendo de la premisa de que todos sus problemas emocionales se nutren de una relación disfuncional con su madre desde su misma concepción.

Me atrevo a afirmar que ¿Eres mi madre? gira en torno a las distintas sesiones de psicoterapia primero y psicoanálisis más adelante a las que se ha sometido Alison desde que falleció su padre, pero que abordan con reiteración la relación con su madre. De hecho, ya en el primer capítulo nos muestra un esquema cronológico para ayudarnos a ubicar un poco mejor los saltos temporales que caracterizan a toda la obra en el que destaca la presencia preeminente de las dos psicólogas que la han tratado por encima de las distintas parejas que ha tenido. Pero no solo a estas sesiones hace referencia sino también a todo el autoaprendizaje que realizó Alison a base de leer exhaustivamente literatura técnica de reputados psicoanalistas desde Freud hasta Winnicott.


Después de todo un año es posible que no recuerde lo suficientemente bien Fun Home como para hacer este tipo de comparaciones pero me da la sensación de que allí la autora integraba mejor guión y dibujo mientras que ¿Eres mi madre? es, a todas luces, un ensayo sobre psicoanálisis. El problema aquí es dual. Por un lado, soy tremendamente reticente a esta práctica: una rama de la psicología que nació a partir de los sinsentidos de Freud difícilmente será de mi  agrado. Ya me ocurrió con Un método peligroso (una película sobre Carl Jung, un discípulo de Freud) y con otra novela gráfica, Cautivo, que ni siquiera reseñé en el blog de lo poco que me transmitió.

Por el otro (lado), por mucho que entienda ese ansia por transmitir el conocimiento que ha resultado revelador para uno mismo, Alison intenta sintetizar en una sola novela gráfica toda una serie de teorías psicoanalíticas que ha ido incorporando a lo largo de las décadas. Los extractos literales de todos esos libros pueden encontrarse por decenas en las páginas de ¿Eres mi madre? Por mucho que la autora se haya esmerado en la selección de fragmentos, el exceso de jerga (que ella misma reconoce hacia el final) dificulta la lectura, excesivamente intrincada para los profanos en la materia.


Otro célebre personaje con el que Alison establece paralelismos sin parar es Virgina Woolf, lo cual no deja de parecerme escabroso teniendo en cuenta su final. Así, va hilando retazos de su propia vida con una combinación de obras y memorias de Woolf, estableciendo continuamente puentes entre todas ellas y volviendo siempre a la misma búsqueda de sentido de la maternidad, la feminidad y, en última instancia, de la posición que cada uno ocupa en el mundo.

En una obra con un título tan llamativo resulta irónico que una de las características que tienen en común tanto Virgina como Winnicot como Alison sea, precisamente, que todos decidieron renunciar a tener hijos. A juzgar por lo que cuenta la propia Alison, Virginia no pudo evitar plasmar en sus novelas su tormentosa relación con sus padres mientras que Winnicot dedicó toda su vida profesional a investigar la psique de madres y recién nacidos y como la primera afectaba a la segunda. Por su parte, Alison es reconocida internacionalmente por las biografías que ha realizado de su padre primero y de su madre después.


¿Eres mi madre? no ha sido para nada la lectura que esperaba y es posible que sólo por eso ya se me haya hecho cuesta arriba pero, a la vez, ha sembrado el interés por una serie de temas e ideas que estoy segura de que van a seguir rondándome la cabeza durante un tiempo. Alison Bechdel demuestra una capacidad de introspección titánica acompañada de una sinceridad abrumadora que nos permiten asomarnos con claridad a todas sus inseguridades y dudas sobre su vida que son, a su vez, sobre la misma creación de esta obra, hasta que ya no se puede discernir una de la otra.

martes, 22 de agosto de 2017

Cuadernos Japoneses

Tras Los Pies Vendados, del autor chino Li Kunwu, Casualmente, del autor japonés residente en Reino Unido Fumio Obata y Ladronzuela, del autor surcoreano Micheal Cho, le tocó el turno a Cuadernos Japoneses, de Igort, en este caso un autor italiano que vivió y trabajó en Japón durante una larga temporada. Lo que comenzó con el deseo de querer alejarme un poco del manga tras leer la maravillosa y desenfadada primera entrega de Giant Days terminó en una selección accidental de títulos que en mayor o menor medida giraban en torno al continente asiático ya fuese por la nacionalidad de sus autores, por el emplazamiento de la historia o por su trama principal. Y así es como acabé con Cuadernos Japoneses entre mis manos donde un autor occidental explica, entre otras cosas, cómo vivió él la creación de manga.


Igort sintió una profunda fascinación por la cultura, arte y tradición japonesas desde su juventud, lo que le llevó a hacer numerosos viajes a Japón, residiendo allí durante largas temporadas mientras trabajaba para una editorial tan prestigiosa como Kodansha. Estos cuadernos japoneses no dejan de ser una mezcla entre diario y ensayo en que el autor aborda de forma caótica diversos aspectos del país nipón, centrándose quizá en los más llamativos tanto a nivel histórico como personal.

Gran parte de este volumen aborda distintas personalidades japonesas incluyendo tanto novelistas como mangakas por lo que Igort repasa la vida y obra de autores tan variopintos como Mishima, Tanizaki, Jiro Taniguchi, Osamu Tezuka, Hayao Miyazaki, Yoshiharu Tsuge, Shigeru Mizuki, Hokusai Katsushika sin ningún orden particular. Aunque el manga tiene, por lo tanto, un importante peso a lo largo de los cuadernos (no en vano serializó uno el propio Igort durante años) hay espacio también para hablar de cine, samurais, monjes y geishas, en un intento por comprender el espíritu japonés a partir de sus manifestaciones artísticas y culturales.


Sin embargo, al querer hacer un repaso tan amplio de Japón en sus más diversas vertientes, el volumen final parece compuesto por parches que se han ido colocando uno tras otro tal y como se le iban ocurriendo al autor. No hay un hilo, ni temático ni cronológico, y el autor salta de sus experiencias personales a lo aprendido investigando continuamente. Aún así, cada pequeña pieza de información es tan interesante que la estructura es lo de menos. De hecho, esa combinación de hechos (más o menos objetivos) con experiencias (más o menos subjetivas) resulta muy equilibrada ya que ambas actúan de forma sinérgica para tener un punto de vista lo más amplio posible en ese afán imposible de comprender un país entero.

En lo que al manga respecta, se nota el interés genuino del autor, que no sólo habla de los que para él son grandes mangakas sino también de cuál fue la inspiración de éstos. Disfruté en especial un pasaje en que narra su encuentro con Taniguchi, en el que hablaron sobre las diferencias entre el manga y la bande dessinée, en que el reconocido mangaka se lamenta de su lentitud (tomando como estándar el ritmo semanal japonés de 20 páginas) mientras que Igort señala que en el mercado franco-belga (y europeo por extensión) se suelen hacer tan sólo 48 páginas al año (para sorpresa del japonés). Y, dejando de lado las menciones obvias a nombres de la talla de Tezuka o Miyazaki, me sorprendió mucho el interés por Tsuge, del que aquí hemos podido catar El Hombre sin Talento (mencionado directamente en Cuadernos Japoneses) y La Mujer de al lado.


Entre tantísimos datos interesantes, confieso que me apena que la única mujer que se destaca entre los cuadernos es Abe Sada, una prostituta, embustera y homicida que alcanzó gran notoriedad en la sociedad japonesa. Me cuesta creer que entre tanto personaje ilustre masculino sea ésta la única mujer que mereciese ser mencionada en los cuadernos de Igort.

El formato es de lo más extravagante. Hasta tal punto que no creo haber encontrado antes unos cuadernos que combinen cómic mudo, ilustraciones, prosa y cómic, tanto a color como en blanco y negro, todo mezclado sin ton ni son, siguiendo el mismo caos ordenado de los temas que se tratan, el salto de formato delimita cada pequeño capítulo, si es que los puede llamar así.


Cuadernos Japoneses es una obra que transmite por todos sus poros la fascinación de su autor por Japón y que, a la vez, anima al lector a indagar sobre su cultura. Personalmente, me ha dejado con muchas ganas de seguir con esta inmersión cultural y aunque tenía la lectura de Red Red Rock estancada creo que es un buen momento para retomar a Hayashi Seiichi. En cualquier caso, le reconozco a Igort el mérito de haber logrado el éxito en un país racista y con tanta aversión por los gaijin.

lunes, 14 de agosto de 2017

La Historia de mis Tetas

Este verano he dejado un poco abandonado el manga pero no el cómic. Así he dejado atrás las batallas entre titanes, las intrigas políticas, los amoríos de instituto y tantos otros arcos argumentales que siguen y preceden a otros dentro de historias de las que yo no recuerdo el inicio y cuyo final podría no poder leer hasta dentro de varios años. Eso me llevó a otro tipo de títulos que siempre parecen tener en común la introspección de sus autores, la pretensión de llevar el formato del cómic a un propósito más elevado que el del simple entretenimiento, de transmitir un mensaje, de hacer reflexionar. Y pensaba que, a grandes rasgos, lo había conseguido. Hasta que vi La Historia de mis Tetas como novedad en la biblioteca al ir a devolver algunas de mis últimas lecturas y, una vez más, no me dejé amedrentar ni por el título, ni por la portada ni por lo que pesa, literalmente, esta novela gráfica de 350 páginas.


Creo que la última vez que un cómic me impactó de esta forma fue hace un año, cuando me adentré en Fun Home, de Alison Bechdel que también decidió contar con mucho garbo la historia de su vida, con especial énfasis en su orientación sexual y la relación con su padre. En el caso de Jennifer Hayden decidió que, más que contar su vida, podía contar la de sus tetas, protagonistas absolutas de sus acontecimientos vitales. Desde su infancia y adolescencia, cuando estaba totalmente acomplejada por la falta de ellas, hasta su vida adulta, cuando le diagnosticaron cáncer de mama y debió realizarse una mastectomía.

La Historia de Mis Tetas es una autobiografía muy completa en que su autora se desnuda ante miles de desconocidos para contarnos toda su vida, incluyendo su primer amor, la relación con sus hermanos y sus padres, los momentos que más feliz la han hecho y también los que más dolor le han provocado, y mucho, muchísimo más. Cuenta cosas tan íntimas con tanto detalle que es inevitable sentirse intrusa en una vida ajena, casi como si te estuviera contando más de la cuenta. Pero lo hace de forma tan distendida, con tanto humor, quitando hierro hasta a la propia muerte, que es fácil sacudirse esa sensación de encima.


Creo que este cómic se ha vendido como una obra sobre el cáncer y, por supuesto, en cierta forma lo es ya que son muchas las personas que forman parte de la vida de la autora, ella misma incluida, las que sufren esta dolencia a lo largo de sus vidas pero esa consideración me parece reduccionista. De hecho, teniendo en cuenta que se trata de una autobiografía (aunque sea a través de sus tetas como protagonistas), decir que es un cómic sobre cáncer sería como afirmar que toda la vida de Jennifer Hayden se resume a su cáncer. Y ella cuenta tantísimas cosas más...

A mí me parece más una historia sobre la vida, la muerte, el amor, la familia, la amistad, el entenderse a una misma, perseguir tus sueños, pero también a saber cuándo tienes que sacrificarte, sobre madurar, aceptarse y quererse. Es un cómic integral, con muchísima información, muchos matices, muchos detalles, de esas obras que te hacen meditar incluso cuando no las tienes entre las manos y que, al menos en mi caso, no se pueden digerir en un solo día, con lo que durará algunos días encima de la mesilla.


La autora reflexiona, por ejemplo, sobre la (ausencia de) importancia del aspecto físico, sobre qué te hace realmente mujer, sobre qué cosas son las que realmente importan en la vida. La pérdida está muy presente en toda la obra, y la muerte irrumpe en la narración cuando el lector menos se lo espera. Aunque aparecen decenas de personajes durante la obra, fiel retrato de la cantidad de personas con las que conectamos de forma significativa a lo largo de nuestra vida, y aunque su dibujo se caracteriza por su extrema sencillez, siempre es fácil recordar de quién se trata y seguir leyendo sin perder el hilo.

Utiliza mucho simbolismo para intentar explicar a través de imágenes recurrentes todo aquello que pertenece al mundo del intangible, como el halo que despide una persona que vive sin reparos ni remordimientos o el de aquella que sabe que se acerca su hora. Aparece a menudo un pájaro que actúa a modo de voz de la conciencia, siempre sarcástico, riéndose tanto de la ingenuidad como estupidez de la autora en cada error que ha cometido. ¿Os imagináis la enorme capacidad de introspección necesaria para evaluarse a una misma de esta forma? Siguiendo con el simbolismo, la huida de casa de sus padres la refleja como una barca que zarpa de un barco que se hunde a marchas forzadas mientras que su propia progresión en la vida la hace navegando río abajo, dejándose llevar por la corriente. Así es como aprovecha al máximo todas las posibilidades que le ofrece el cómic, y que no podría explorar en una novela convencional.


Me parece fascinante la forma tan natural de ilustrar sus relaciones interpersonales, ya fuese con su pareja, sus hermanos, sus padres, sus suegros o cualquier conocido. Tiene un desparpajo y una sinceridad abrumadoras, algunas de las viñetas bien podrían pertenecer a una de esas tiras cómicas de estilo costumbrista en que tantos autores se esfuerzan por reflejar la enésima escena de pareja que arranque una carcajada cómplice del lector. Porque, además del cáncer o la maternidad, es indudable que La Historia de Mis Tetas es la historia de Jennifer y Jim, y de su relación de largo recorrido, resistiendo todos los baches del camino y forjándose el uno a la otra y viceversa a través de los años.

Otro tema principal de la obra es la incertidumbre con la que viene acompañada la llegada a la vida adulta, cuando una tiene que decidir cómo ganarse la vida y todos los pequeños, y no tan pequeños, quehaceres que eso conlleva. Sacarse el carnet de conducir, comprarse un coche, una casa, casarse, formar una familia... La lista es infinita e inabarcable.


La narración es brillante y se apoya en cuatro pilares: los cuadros de texto en los que realmente nos cuenta su vida en primera persona, los diálogos entre los personajes, el dibujo y, por último, los comentarios descriptivos en las viñetas, que casi se fusionan con el arte, moldeándose al dibujo cuánto sea necesario. Es la combinación de estos cuatro elementos la que permite a Jennifer Hayden crear una historia tan fluida, tan divertida y tan entretenida, todo a la vez.

Llegada a este punto de la reseña, tengo la terrible sensación de haber escrito demasiado para no decir prácticamente nada pero eso es síntoma inequívoco de que he disfrutado tanto la lectura de esta obra que no sé ni cómo explicarlo así que en fin, echadle un ojo por favor, de verdad que es una joya.