domingo, 17 de junio de 2018

Desaparecido

Creo que Desaparecido es un manga que necesita poca presentación. Se trata de un seinen nominado a premios nipones de gran reconocimiento como el Premio Cultural Osamu Tezuka o los Taisho, en tres ediciones consecutivas nada menos. Además, desde que comenzase su publicación en España por Norma Editorial tuvo una gran acogida del público y las redes. Por si todo esto fuese poco, algún que otro rezagado acabó por descubrir, y alabar, la historia tras la inclusión de su versión animada en Netflix. Evidentemente, con estos precedentes, no dudé ni un instante en lanzarme sobre este manga en cuanto tuve la oportunidad (es decir, cuando encontré una oferta decente). Y cuál ha sido mi sorpresa cuando, después de la lectura íntegra de sus ocho tomos en menos de una semana, me he topado con una obra que no me ha gustado ni convencido en ningún momento y me ha parecido mediocre de principio a fin.


Cuando estaba en primaria, Satoru se vio implicado en una serie de secuestros y asesinatos que se atribuyeron a un amigo suyo. Dieciocho años más tarde, sufre unos extraños bucles en los que todo lo que le rodea se repite una y otra vez hasta que detecta la anomalía que los ha originado y la elimina. Sin embargo, cuando el origen del suceso a evitar se remonte a su infancia, el bucle originado le transportará a su pasado, del que tan poco recuerda, en que deberá encontrar al verdadero asesino.

No voy a negar que Desaparecido es una obra con potencial y que algunas de las ideas que introduce Kei Sanbe son lo suficientemente interesantes. Sin embargo, el desarrollo simplista y la superficialidad de todos y cada uno de los personajes me han impedido disfrutar de este manga. Ya desde el principio, Satoru se me antojó como un personaje muy poco creíble. Los revivals del primer tomo son anticlimáticos y están metidos con calzador uno detrás de otro a modo de introducción para que el autor pueda presentar unos conceptos que luego no aprovecha. De hecho, ni siguieran siguen las mismas normas que los que constituyen el grueso de la obra en sí.


Si bien cuando reseñé Sunny alabé la labor de Matsumoto en su retrato de la infancia, Kei Sanbe antepone el guión a cualquier atisbo de realismo en sus personajes infantiles. Teniendo en cuenta que todos salvo el propio Satoru son niños de diez años, sus acciones y, sobre todo, diálogos y elucubraciones no podrían distar más de la mente de un niño de primaria. Todos los personajes tienen que actuar de una determinada forma para encajar como las piezas de un puzzle en la trama tejida por Satoru y lo hacen de una forma tan ridículamente perfecta que el argumento entero se revela inverosímil.

En general, todos los capítulos repiten este patrón de acciones inverosímiles que se suceden para que el protagonista pueda ir avanzando en su plan aunque las casualidades reiteradas y las incongruencias se acumulen sin tregua. Es demasiado fácil adivinar lo que pretende el autor en todo momento por lo que nunca consigue sorprendernos con escenas que pretendían ser impactantes. Aunque el arco final peque, de nuevo, de simplista, me gusta que enlace con todos los arcos previos ya que al menos parece que el autor no dejó nada al azar y tenía el guión entero claro desde el principio a pesar de que haya varios pasajes que parecen totalmente improvisados.


Los tomos están plagados de anodinas conversaciones sobre la amistad, el valor o la determinación. Me imagino al autor obcecado con rellenar páginas de capítulos aleatorios con sermones moralistas que enternezcan el corazón del protagonista y algún lector. Una de las cosas que más me desespera es, precisamente, que aunque el protagonista tenga casi 30 años, se sonroje cuando interacciona con Kayo (niña de 10 años) en el pasado revivido, el autor pone el foco en la búsqueda del asesino y se olvida de cuidar los detalles que harían falta en una obra de estas características.

Aunque ninguno de los múltiples fallos de Desaparecido le llega a la suela del zapato a Airi. Personaje innecesario, olvidable, sin ningún tipo de sentido común. Resulta más madura Kayo a sus 10 años que Airi a sus... ¿16? Creo que el manga ganaría enteros si ella no existiese y aún así al autor le debió de parecer magnífica porque la sostiene con pinzas a cada nuevo arco argumental y la convierte en la clave para resolver el enigma cuando no hacía ninguna falta.


Podría seguir escribiendo otro rato hablando del horror de dibujo, o de la traducción pésima pero creo que con lo dicho ya me he explayado más de lo necesario sobre lo poco que me ha gustado, de principio a fin, este seinen. No entiendo por qué una historia tan mediocre ha logrado tal popularidad y buena acogida entre todo tipo de público...

domingo, 10 de junio de 2018

Escarceos animados con Netflix

Hacía mucho que no sacaba tiempo para escribir sobre lo que veo en lugar de sobre lo que leo pero en el último mes he exprimido el contenido animado de Netflix así que quería hacer una entrada recopilatoria con comentarios (¡breves!) de varios títulos que se han añadido recientemente al catálogo en constante actualización de la plataforma.


Creo que el único motivo por el que Kubo y las dos cuerdas mágicas pasó sin pena ni gloria por la cartelera es el no haber estado producida por un gran estudio de animación como Disney/Pixar o Dreamworks. Porque la película es magnífica de principio a fin, con una dosis de drama lacrimógeno muy importante desde la primera escena, pero también de tensión y humor, con un protagonista entrañable cuya habilidad es... ¡¡el origami!! y su final agridulce, moraleja incluida. Una de las victorias de Kubo consiste en incluir un número muy limitado de elementos, con los que el narrador juega a su antojo pero que permiten una estructura clara, lógica y sin puntos ciegos. Si no habíais reparado hasta ahora en este título, abrid Netflix y coged la caja de pañuelos más cercana. Como hacía ya dos años de su estreno, no tenía para nada en mente que se tratase de una película grabada con stop-motion, sólo de pensar en el trabajo que debe de conllevar tamaña hazaña ya se me eriza el vello.


Cambiando totalmente de término, a Aggretsuko le di una oportunidad simplemente porque mi TL quedó inundada de fanarts de la serie en apenas unos días y, realmente, aunque no me hubiese gustado, con diez irrisorios capítulos de tan solo diez minutos de duración no suponía un riesgo demasiado grande. Aggretsuko narra el día a día de una contable japonesa (versión antropomórfica kawaii de una panda roja), Retsuko, que canta heavy metal a escondidas para lidiar con el estrés y la ira que le generan su trabajo y su jefe. Aunque yo fui capaz de controlarme y la serie me duró una semana más o menos no me extraña nada que muchos se entregaran al binge watching de ver la temporada entera del tirón. Si tenéis cierta edad y, por mucho que os pese, ya os podéis considerar adultos, es imposible que no os sintáis identificados con la protagonista y soltéis más de una carcajada con sus ocurrencias. Los capítulos duran un suspiro y saben a poco pero eso no hace que la serie sea menos adictiva, sino todo lo contrario.


Y, una vez metida en esto de las series que no duran ni un estornudo, me recomendaron Over the Garden Wall en el momento justo y me sirvió para paliar parcialmente mi soledad los días que estuve en Múnich. Me es imposible contaros nada de esta serie porque no tiene ningún tipo de sentido hasta el penúltimo episodio y pretender resumir aunque sea con un par de pinceladas generales lo que ofrecen sus capítulos sería incurrir en spoilers. Así que me tendréis que creer cuando os digo que es una maravilla y que también tendréis que añadir-la a la to-watch list. En este caso, el humor y el horror se mezclan sin ton ni son dando como resultado una sucesión anacrónica de malas decisiones, casualidades hilarantes y sinsentidos varios con un desenlace sublime.

Sé que me ha quedado una entrada muy cortita y no creáis que no he sudado para conseguir este nivel de síntesis pero por más que me gustaría dedicar sendas entradas a cada título, no tengo tiempo para explayarme todo lo que querría y ¡prefería hablar un poquito de todos a no recomendar nada en absoluto!

miércoles, 6 de junio de 2018

Kuutei Dragons

Llevaba queriendo echarle un ojo a Kuutei Dragons desde que lo descubriera en un listado de últimas licencias manga en Estados Unidos. Quizás este seinen fantástico os resulte más familiar por su título anglosajón Drifting Dragons o por su nominación a los Premios Taisho el año pasado. Personalmente, me llamó la atención de inmediato por sus portadas con inspiración Ghibli y la evidente temática (si la palabra dragón aparece en el título no hay que ser muy avispada para asumir que el manga verse sobre estos seres).


Sin embargo, no esperaba encontrarme con un manga (parcialmente) culinario al estilo de Tragones y Mazmorras. Aunque el aspecto gastronómico no es ni mucho menos el hilo conductor de la obra, en casi todos los capítulos aparece alguna receta que contiene ingredientes provenientes de dragones. Kuutei Dragons es por lo tanto una obra en que el protagonismo no se lo llevan los enfrentamientos con los dragones per se sino todo el worldbuilding que construye Taku Kuwabara tomando como punto de partida la presencia de peligrosos seres alados gigantes a los que se denomina «dragones» en un mundo con avances tecnológicos moderados (que nos brinda una deliciosa estética steampunk).


La acción tiene lugar en un dirigible apodado Queen Zaza habitado por un pequeño grupo de drakers (no sé cómo traducir este término), es decir, cazadores de dragones. Debido a la mala reputación de su trabajo, los tripulantes del Queen Zaza son nómadas y pasan la mayor parte del tiempo a bordo de la nave, surcando los cielos en busca de su próxima presa. El botín que extraen de cada dragón es tan basto que permite a la tripulación subsistir y cubrir los costes de mantenimiento del dirigible. Sin embargo, se trata de una ocupación compleja que requiere habilidades de lo más variopintas desde navegación hasta puntería y agilidad.


Aunque, como decía, la inevitable parte bélica del manga deja paso a arcos argumentales que van mucho más allá de los pormenores de una captura o una receta sino que ahondan en la economía, cultura y política que rige el mundo en que se ambienta la obra. De esta forma, el autor (o autora, no he sabido encontrar este dato) presenta varias culturas, con sus respectivas tradiciones, costumbres y rasgos distintivos. También hace gala de un amplio abanico de especies de dragón, alejándose de cualquier estética clásica (oriental u occidental) a la que pudiera estar acostumbrada la audiencia. Los dragones de Kuutei son criaturas misteriosas de las que se sabe muy poco (a veces me recuerdan un poco a los titanes) pero de las que se aprovecha todo: carne, aceite, piedras preciosas que a veces se pueden encontrar en sus intestinos... También se fabrican perfumes y los más pequeños pueden cazarse vivos para exhibirlos como animales de compañía.


Tras los primeros capítulos autoconclusivos e introductorios que hacen las veces de presentación de personajes y universo, los arcos argumentales se van alargando presentando la rivalidad entre distintos grupos de drakers, los peligros de que un dragón ande suelto cerca de zonas civilizadas, la cantidad de personas e infraestructura necesaria para poder explotar el cadáver de un dragón y, como siempre, lo más interesante para mí: la biología y ecología de estos seres. El autor, no contento con la vertiente antropocéntrica en que muestra todo aquello que los humanos pueden aprovechar o deben temer respecto a los seres alados, también indaga en la naturaleza de los dragones, sus pautas de comportamiento, patrones migratorios, crianza, dieta y apareamiento, entre muchos otros.


Los personajes se hacen querer enseguida, y son tan distintos entre sí que a pesar de que la tripulación esté formada por unos 20 personajes, se dejan conocer con mucha rapidez y es muy sencillo identificarlos en cada capítulo tanto por su aspecto físico como por su personalidad distintiva. Además, dejando de lado algún que otro tópico, la obra se salva bastante del machismo rancio que asola la demografía seinen contraponiendo a Takita, inexperta, inocente, femenina, extrovertida y Vanabelle, letal, melancólica, atractiva, discreta pero ruda; entre las dos recogen una amplia gama de actitudes típicamente femeninas y masculinas. Mika es un cabeza loca, despreocupado, impulsivo y glotón pero probablemente el compañero más fiel de todo el Queen Zaza; le hace de contrapunto Giraud, ingenuo, serio e inflexible, pero con muy buen corazón. Son ellos, y todos los demás, los que hacen destacar este manga entre otras obras, el autor consigue que los personajes te importen.


No puedo terminar de escribir esta reseña sin hablar del dibujo porque creo que es uno de los hitos de este manga. Me puede gustar más o menos la forma que tiene el autor de resolver ciertas tramas o la capacidad sobrehumana de algunos personajes de seguir ilesos tras ciertos accidentes pero en el apartado artístico Kuutei Dragons no hace otra cosa que sobresalir. En prácticamente todos los capítulos (si no en todos) el autor se regala con una splash page y os aseguro que valen la pena. Los paisajes, los dragones, las escenas majestuosas... pero también el resto de viñetas, cada expresión de asombro, de admiración, de miedo. De hecho, la mayoría de personajes principales son más bien parcos en palabras y los conocemos más por unos silencios que vienen cargados de significado precisamente por la habilidad del mangaka dibujando. Solo por los diseños y composición de viñetas ya vale la pena leer este manga.


Resumiendo, estoy encantada con esta obra, me ha gustado muchísimo más de lo que esperaba, no iba con las expectativas demasiado altas y me ha sorprendido para bien. Ahora solo espero que alguna editorial se anime a licenciar este manga también en España ya que sin duda vale la pena.

domingo, 27 de mayo de 2018

Kimetsu no Yaiba

Si mis viajes consecutivos a Francia y Reino Unido me hicieron caer en la tentación con Kamisama Kiss, mi reciente estancia en Alemania me ha llevado a leer Kimetsu no Yaiba. Como veis, salto de demografía pero me mantengo fiel a mi género predilecto. 


Tras pasar la noche fuera, Tanjiro vuelve a su hogar para encontrar a su familia entera masacrada. La única superviviente parece ser su hermana menor Nezuko que, a pesar de las graves heridas, se mantiene con vida a duras penas. Tanjiro trata de trasladarla lo más rápido posible a la ciudad para que la visite un médico pero, a medio camino, ésta pierde el control e intenta devorarlo. El demonio que ha asesinado a su familia ha convertido a su hermana en un monstruo... Sin embargo, Tanjiro apela a la humanidad de Nezuko, ¿conseguirá encontrar el modo de volver a convertirla en humana?

Kimetsu no Yaiba no es más que el enésimo shonen de peleas infinitas contra enemigos cada vez más fuertes que parecen no terminar nunca. Como tal, bebe de todos sus predecesores incluyendo un examen de supervivencia al más puro estilo de Naruto, un protagonista que haría cualquier cosa por rescatar a su hermana menor que me hace pensar constantemente en Sango y Kohaku, y un demonio ancestral con muchos minions con reminiscencias al Lucifer de Blue Exorcist.


Si bien es un manga que engancha de mala manera - cien capítulos me he leído en menos de una semana - no puedo decir que destaque entre sus competidores. De hecho, hay ciertos dejes que me desesperan, muy especialmente que haya tan pocos personajes femeninos (en ambos bandos) y que los pocos que hay estén marcadamente estereotipados, sean más débiles y no sirvan más que como excusa para que los personajes masculinos puedan tener un interés romántico. Las pocas mujeres que aparecen son en su mayoría o enfermeras (y asistentas que lo mismo te cocinan o te lavan la ropa), o prostitutas (sin comentarios) o personificaciones terrenales de la bondad y la pureza en forma de madres (muertas, por supuesto).

Lo que más me frustra de este desequilibrio de sexos es que no sólo se da en los humanos - caso en que podría llegar a comprar la mentira de que las mujeres son, de media, más débiles que los hombres - sino también en los demonios. Los únicos personajes femeninos que, de momento, sirven de apoyo en la lucha sin ser un reclamo para la mirada masculina son Nezuko y una psicópata que ya al presentarse dice que como no tiene fuerza pues se dedica a envenenar a sus víctimas. Aunque Nezuko tampoco es que sea muy buen ejemplo porque se pasa todo el manga con un bozal en la boca y no tiene ni una sola línea de diálogo (detalle que, por cierto, no se justifica en ningún momento) por mucho que el autor la utilice de Deus ex machina en cada arco argumental.

Postura y ropa comodísimas de mujer™
En general, me sorprende lo planos que son todos los personajes de Kimetsu no Yaiba, no hay ninguno que me inspire sentimientos de ningún tipo y me es indiferente lo que les pase a todos. De hecho, la mayoría me parecen de lo más irritantes, y no son más que una caricatura con personalidades extremas sin ningún esfuerzo por parte del autor de construir un mínimo de mundo interior. El paradigma de esta lacra generalizada es el insulso Tanjiro que es un trozo de pan que no se enfada nunca con nadie le hagan lo que le hagan, al contrario, si le pegan pone la otra mejilla, expectante.

El estilo de dibujo se podría calificar de extraño. Hay algunas viñetas en que me deja boquiabierta con el dinamismo de las escenas de acción o el diseño de vestuario pero en general flaquea bastante con la anatomía y diseña cuerpos de lo más desproporcionados. Irónicamente, sus personajes me parecen mucho más atractivos por su aspecto que por sus respectivas personalidades. Otro punto a favor es que domina bien el color y sabe aprovechar las múltiples páginas a color que le concede la revista en que se publica (las portadas de los tomos son buena muestra de ello y un muy buen reclamo para acercarse a este manga). 


Evidentemente, si me he leído más de cien capítulos de este manga, aún en curso en Japón, no es porque me parezca una bazofia sino porque contiene varios elementos inusitados en este tipo de obras (tanto género como demografía) que me han sorprendido positivamente. Por un lado, es una obra cruel en exceso. Evidentemente la violencia no es que sea una rara avis en lo que a shonen, manga, cómic, se refiere pero en Kimetsu no Yaiba es habitual asistir a desmembramientos, el autor no tiene mucho reparo en matar a diestro y siniestro y no hay un solo personaje que carezca de motivos para querer suicidarse. Por el otro, la bondad sin límite de Tanjiro llega hasta el punto de que se apiada de los demonios; es decir, entiende que tiene que matarlos porque si no se perderían muchas vidas humanas pero si le inspiran algún sentimiento ese es compasión. Este punto de vista me parece de lo más refrescante porque da un origen humano a todos los monstruos con lo que la barrera entre el bien y el mal se difumina más de lo habitual en este tipo de obras.

De momento es una lectura más que entretenida que seguiré con asiduidad, tengo ganas de ver cómo se las apaña el autor para resolver los enigmas que plantea.

domingo, 20 de mayo de 2018

Sobre las alas del mundo, Audubon

Por mucho que me guste leer (¡y reseñar lo leído!) como hobby, soy bióloga de formación y vocación ante todo así que no desaprovecho las escasas ocasiones en que se me brinda la oportunidad de fusionar ambos placeres. Hace prácticamente tres años que compartí las maravillas de Primates y unos cuantos meses desde que vi Audubon en el catálogo de novedades de Norma y supe que tenía que leerlo. Como siempre, la biblioteca me permite disfrutar de este tipo de obras caras no solo por su precio sino también por el espacio que ocupan. Y, curiosamente (estas coincidencias nunca dejarán de fascinarme), teniendo el volumen en la torre de lecturas pendientes, ha sido anunciado como uno de los nominados para los prestigiosos premios Eisner así que ya no me quedaba ni una sola excusa para no hincarle el diente de forma inmediata.


Al tratarse de una biografía (con licencias y algo de realismo mágico pero biografía al fin y al cabo) creo que carece de sentido escribir una sinopsis para esta obra. Jean-Jacques (o John James) Audubon fue un naturalista, pintor y aventurero (como él mismo se describía) que dedicó varias décadas de su vida a documentar mediante sus acuarelas la diversidad ornitológica de Estados Unidos en el siglo XIX. Es una tarea que le llevó toda una vida completar y su obra es testimonio de su perseverancia.

Los autores de este cómic, Fabien Grolleau y Jérémie Royer, toman como referencia los diarios de Audubon y su obra pictórica para reconstruir la biografía de este personaje célebre avisando desde un principio de que la realidad se mezcla con la fantasía en varias ocasiones con el fin de que la novela gráfica sea una unidad. Entiendo los fines poéticos de esta decisión pero es algo que me ha complicado la lectura ya que en una biografía no busco que todo encaje a la perfección sino poder formarme mi propia idea del tipo de persona que debió de ser Audubon.


Desde el primer capítulo se hacen evidentes su tenacidad y obsesión enfermizas por las aves y su documentación. No solo quiere conocerlas todas de una forma superficial sino que se interesa en sus hábitos, comportamientos, rutas migratorias e incluso por su alimentación. No se conforma con retratarlas sino que las caza y diseca él mismo para así poder lograr pinturas lo más realistas posibles. No obstante, en una época en que todos los desplazamientos se realizaban a caballo o, con suerte, en barco de vapor, la mera intención de querer documentar la totalidad de especies aviares de todos los Estados Unidos, sin contar siquiera con un mecenas, sería juzgada por muchos por poco más que una insensatez.

No sé si la forma en que los autores retratan su relación con su mujer e hijos dista mucho de la realidad pero, en cualquier caso, Audubon emerge como un personaje odioso, egoista, egocéntrico y desagradecido. Desde la primera viñeta se hace patente que este pintor vivía por y para publicar su obra y que cualquier otro aspecto de la vida familiar quedaba relegado a un segundo plano. Sin preocuparse por administrar sus finanzas, criar a sus hijos o velar por su propia seguridad, se entregó a la tarea sin descanso convencido de tener siempre la razón. Su esposa, estoica, aceptó las circunstancias y animó a su marido a emprender su viaje soñado encargándose ella de todo durante años sin tener apenas noticias de él.


Aunque el protagonista no me haya inspirado ninguna simpatía, me parece loable la labor del artista, que seguro que ha tenido que consultar más de un libro de referencia para poder dibujar las decenas de especies distintas que aparecen en esta obra. No sólo eso sino que también se dedicó a hacer sendas versiones de pinturas originales de Audubon (podría haber recurrido a reproducirlas tal cual como hacían, por ejemplo, en Yo, Asesino pero prefirió el camino difícil). Norma cuenta con muchas biografías en su catálogo pero creo que pocas se prestan tanto al formato cómic. Los paisajes, la vegetación, los animales, están todos tan bien dibujados que casi se nos olvida lo mal que nos cae el protagonista.

Además, hay toda una reflexión de fondo sobre el mantenimiento del equilibro en los ecosistemas y sobre el impacto que tiene la actividad humana sobre la biodiversidad. De nuevo, no sé si Audubon reflexionó sobre este tema en sus memorias pero me parece muy acertado que los autores hayan decidido incluirlo en la discusión de la novela gráfica porque, de esta forma, Sobre las alas del mundo va mucho más allá de su propósito biográfico.


Sin duda, lo que más me ha tocado la moral es una licencia "artística" de los autores en que presentan un encuentro ficticio entre Audubon y Darwin en el que, encima, discuten sobre un hallazgo que no se había producido todavía y que ninguno de los dos pudo discutir en vida. Me desagrada en exceso porque creo que no aporta nada, y me parece una forma infantil de compartir un dato curioso que tiene una relación muy tangencial con la biografía de Audubon.

A pesar de que no comulgo con algunas de las decisiones creativas expuestas a lo largo de la obra, creo que Audubon es una lectura más que interesante que permite acercar a los profanos al método científico de hace un par de siglos.

martes, 15 de mayo de 2018

Sunny

Olvidad cualquier cosa que dijese de Chiisakobee porque Taiyo Matsumoto expone el día a día de los niños que viven en una casa de acogida de una forma tan desgarradora que hace empalidecer a todas las obras que traten temas similares. Estoy consternada pensando en lo mucho que he tardado en descubrir a este autor teniendo en cuenta que Glénat lo introdujo en su catálogo hace una década e incluso lo invitó al salón del manga en 2009 (supongo que por aquel entonces no estaba preparada para apreciar su obra...). 


Sei no puede seguir viviendo con sus padres por lo que le acogen en la casa de los niños de las estrellas. Allí conocerá a Haruo, que siempre está gritando y haciendo gamberradas, a Jun, que no se separa de su armónica y tiene las uñas larguísimas, a Megumu, silenciosa y obediente aunque quizá un poco sombría, a Kiiko, escandalosa y quejica... y a tantos otros niños que sobrellevan lo mejor que pueden la separación de sus respectivas familias.

Si Chiisakobee era la adaptación a la actualidad de una novela clásica, Sunny cuenta una historia que podría haber pasado hace cincuenta años o el mes pasado. Y es que una de las primeras cosas que me llamó la atención de este manga es que está ambientado en los años setenta sin explicitarlo en ningún momento. Tardé varios capítulos en darme cuenta ya que la principal pista está en las referencias a canciones de moda y deportistas famosos de la época que se hacen cada vez que encienden la televisión o se ponen a tararear una melodía. Puede parecer un detalle insignificante pero que el autor sea capaz de transmitir la información sin contarla directamente ya evidencia que domina el medio.


Aunque, por supuesto, si Sunny destaca entre otras obras es por su exposición de la infancia. Las bromas, las jugarretas, los mocos, las quejas, los gritos, los motes, las rabietas, los celos, las mentiras... Cada pequeño detalle nos teletransporta a esa etapa en que el mundo adulto parece tan lejano e inalcanzable, cuando todas las emociones se viven intensamente. Los personajes de Sunny se tambalean en esa línea tan fina que separa la bendita ignorancia e ingenuidad infantil de un entendimiento sorprendentemente agudo del mundo que les rodea y las normas que lo rigen. En este sentido, el autor es implacable y nos muestra como, sin que nadie se lo explique ni lo justifique, los niños tienen que adaptarse a sus nuevas circunstancias por ensayo y error. Y lo aprenden muy rápido, os lo aseguro.

Pero, sobre todo, Sunny nos rompe el corazón capítulo tras capítulo al abordar un tema tan cruel como es el del abandono. Una esperaría que los niños que se encuentran en un centro de acogida fuesen todos huérfanos o quizás con padres gravemente enfermos o en prisión. Pero no es así para muchos de los niños de las estrellas que tienen que lidiar con un duelo aún más despiadado: sus padres no pueden/quieren ocuparse de ellos y es por eso que los dejan a cargo de la casa de acogida. Este es el caso de Haruo, Sei o Kiiko cuyo carácter se va resintiendo poco a poco al saberse abandonados voluntariamente.


Cada capítulo está dedicado a un personaje distinto y, aunque los niños repiten en más de una ocasión siendo Sei y Haruo los protagonistas (si es que hay protagonistas en Sunny), también hay espacio para personajes como Kenji, que como es menor de edad sigue al amparo de la casa de acogida aunque haga mucho que dejó atrás su infancia, o Makio, el nieto del dueño, que se podría decir que tiene una vida normal aunque no parezca muy conforme con ella.

El dibujo es sencillamente excepcional, con un grafismo tosco que ahuyentará a los compradores de obras más convencionales pero que sin duda le proporcionan ese halo de experimentación tan bien valorado entre lectores que buscan algo distinto y están dispuestos a pagar (literalmente) por ello (13 euros que cuesta cada tomo a pesar de no tener más páginas que un tankoubon estándar). Taiyo Matsumoto tiene un estilo muy personal, fruto de años de publicación, que se caracteriza por viñetas gigantescas y trazos burdos.


Sunny es la obra con la que he conocido a Taiyo Matsumoto y ahora entiendo por fin por qué había tantas personas recomendándolo encarecidamente en las redes. Es difícil transmitir con palabras la capacidad que tiene el autor para estrujar el corazón del lector.