domingo, 27 de mayo de 2018

Kimetsu no Yaiba

Si mis viajes consecutivos a Francia y Reino Unido me hicieron caer en la tentación con Kamisama Kiss, mi reciente estancia en Alemania me ha llevado a leer Kimetsu no Yaiba. Como veis, salto de demografía pero me mantengo fiel a mi género predilecto. 


Tras pasar la noche fuera, Tanjiro vuelve a su hogar para encontrar a su familia entera masacrada. La única superviviente parece ser su hermana menor Nezuko que, a pesar de las graves heridas, se mantiene con vida a duras penas. Tanjiro trata de trasladarla lo más rápido posible a la ciudad para que la visite un médico pero, a medio camino, ésta pierde el control e intenta devorarlo. El demonio que ha asesinado a su familia ha convertido a su hermana en un monstruo... Sin embargo, Tanjiro apela a la humanidad de Nezuko, ¿conseguirá encontrar el modo de volver a convertirla en humana?

Kimetsu no Yaiba no es más que el enésimo shonen de peleas infinitas contra enemigos cada vez más fuertes que parecen no terminar nunca. Como tal, bebe de todos sus predecesores incluyendo un examen de supervivencia al más puro estilo de Naruto, un protagonista que haría cualquier cosa por rescatar a su hermana menor que me hace pensar constantemente en Sango y Kohaku, y un demonio ancestral con muchos minions con reminiscencias al Lucifer de Blue Exorcist.


Si bien es un manga que engancha de mala manera - cien capítulos me he leído en menos de una semana - no puedo decir que destaque entre sus competidores. De hecho, hay ciertos dejes que me desesperan, muy especialmente que haya tan pocos personajes femeninos (en ambos bandos) y que los pocos que hay estén marcadamente estereotipados, sean más débiles y no sirvan más que como excusa para que los personajes masculinos puedan tener un interés romántico. Las pocas mujeres que aparecen son en su mayoría o enfermeras (y asistentas que lo mismo te cocinan o te lavan la ropa), o prostitutas (sin comentarios) o personificaciones terrenales de la bondad y la pureza en forma de madres (muertas, por supuesto).

Lo que más me frustra de este desequilibrio de sexos es que no sólo se da en los humanos - caso en que podría llegar a comprar la mentira de que las mujeres son, de media, más débiles que los hombres - sino también en los demonios. Los únicos personajes femeninos que, de momento, sirven de apoyo en la lucha sin ser un reclamo para la mirada masculina son Nezuko y una psicópata que ya al presentarse dice que como no tiene fuerza pues se dedica a envenenar a sus víctimas. Aunque Nezuko tampoco es que sea muy buen ejemplo porque se pasa todo el manga con un bozal en la boca y no tiene ni una sola línea de diálogo (detalle que, por cierto, no se justifica en ningún momento) por mucho que el autor la utilice de Deus ex machina en cada arco argumental.

Postura y ropa comodísimas de mujer™
En general, me sorprende lo planos que son todos los personajes de Kimetsu no Yaiba, no hay ninguno que me inspire sentimientos de ningún tipo y me es indiferente lo que les pase a todos. De hecho, la mayoría me parecen de lo más irritantes, y no son más que una caricatura con personalidades extremas sin ningún esfuerzo por parte del autor de construir un mínimo de mundo interior. El paradigma de esta lacra generalizada es el insulso Tanjiro que es un trozo de pan que no se enfada nunca con nadie le hagan lo que le hagan, al contrario, si le pegan pone la otra mejilla, expectante.

El estilo de dibujo se podría calificar de extraño. Hay algunas viñetas en que me deja boquiabierta con el dinamismo de las escenas de acción o el diseño de vestuario pero en general flaquea bastante con la anatomía y diseña cuerpos de lo más desproporcionados. Irónicamente, sus personajes me parecen mucho más atractivos por su aspecto que por sus respectivas personalidades. Otro punto a favor es que domina bien el color y sabe aprovechar las múltiples páginas a color que le concede la revista en que se publica (las portadas de los tomos son buena muestra de ello y un muy buen reclamo para acercarse a este manga). 


Evidentemente, si me he leído más de cien capítulos de este manga, aún en curso en Japón, no es porque me parezca una bazofia sino porque contiene varios elementos inusitados en este tipo de obras (tanto género como demografía) que me han sorprendido positivamente. Por un lado, es una obra cruel en exceso. Evidentemente la violencia no es que sea una rara avis en lo que a shonen, manga, cómic, se refiere pero en Kimetsu no Yaiba es habitual asistir a desmembramientos, el autor no tiene mucho reparo en matar a diestro y siniestro y no hay un solo personaje que carezca de motivos para querer suicidarse. Por el otro, la bondad sin límite de Tanjiro llega hasta el punto de que se apiada de los demonios; es decir, entiende que tiene que matarlos porque si no se perderían muchas vidas humanas pero si le inspiran algún sentimiento ese es compasión. Este punto de vista me parece de lo más refrescante porque da un origen humano a todos los monstruos con lo que la barrera entre el bien y el mal se difumina más de lo habitual en este tipo de obras.

De momento es una lectura más que entretenida que seguiré con asiduidad, tengo ganas de ver cómo se las apaña el autor para resolver los enigmas que plantea.

domingo, 20 de mayo de 2018

Sobre las alas del mundo, Audubon

Por mucho que me guste leer (¡y reseñar lo leído!) como hobby, soy bióloga de formación y vocación ante todo así que no desaprovecho las escasas ocasiones en que se me brinda la oportunidad de fusionar ambos placeres. Hace prácticamente tres años que compartí las maravillas de Primates y unos cuantos meses desde que vi Audubon en el catálogo de novedades de Norma y supe que tenía que leerlo. Como siempre, la biblioteca me permite disfrutar de este tipo de obras caras no solo por su precio sino también por el espacio que ocupan. Y, curiosamente (estas coincidencias nunca dejarán de fascinarme), teniendo el volumen en la torre de lecturas pendientes, ha sido anunciado como uno de los nominados para los prestigiosos premios Eisner así que ya no me quedaba ni una sola excusa para no hincarle el diente de forma inmediata.


Al tratarse de una biografía (con licencias y algo de realismo mágico pero biografía al fin y al cabo) creo que carece de sentido escribir una sinopsis para esta obra. Jean-Jacques (o John James) Audubon fue un naturalista, pintor y aventurero (como él mismo se describía) que dedicó varias décadas de su vida a documentar mediante sus acuarelas la diversidad ornitológica de Estados Unidos en el siglo XIX. Es una tarea que le llevó toda una vida completar y su obra es testimonio de su perseverancia.

Los autores de este cómic, Fabien Grolleau y Jérémie Royer, toman como referencia los diarios de Audubon y su obra pictórica para reconstruir la biografía de este personaje célebre avisando desde un principio de que la realidad se mezcla con la fantasía en varias ocasiones con el fin de que la novela gráfica sea una unidad. Entiendo los fines poéticos de esta decisión pero es algo que me ha complicado la lectura ya que en una biografía no busco que todo encaje a la perfección sino poder formarme mi propia idea del tipo de persona que debió de ser Audubon.


Desde el primer capítulo se hacen evidentes su tenacidad y obsesión enfermizas por las aves y su documentación. No solo quiere conocerlas todas de una forma superficial sino que se interesa en sus hábitos, comportamientos, rutas migratorias e incluso por su alimentación. No se conforma con retratarlas sino que las caza y diseca él mismo para así poder lograr pinturas lo más realistas posibles. No obstante, en una época en que todos los desplazamientos se realizaban a caballo o, con suerte, en barco de vapor, la mera intención de querer documentar la totalidad de especies aviares de todos los Estados Unidos, sin contar siquiera con un mecenas, sería juzgada por muchos por poco más que una insensatez.

No sé si la forma en que los autores retratan su relación con su mujer e hijos dista mucho de la realidad pero, en cualquier caso, Audubon emerge como un personaje odioso, egoista, egocéntrico y desagradecido. Desde la primera viñeta se hace patente que este pintor vivía por y para publicar su obra y que cualquier otro aspecto de la vida familiar quedaba relegado a un segundo plano. Sin preocuparse por administrar sus finanzas, criar a sus hijos o velar por su propia seguridad, se entregó a la tarea sin descanso convencido de tener siempre la razón. Su esposa, estoica, aceptó las circunstancias y animó a su marido a emprender su viaje soñado encargándose ella de todo durante años sin tener apenas noticias de él.


Aunque el protagonista no me haya inspirado ninguna simpatía, me parece loable la labor del artista, que seguro que ha tenido que consultar más de un libro de referencia para poder dibujar las decenas de especies distintas que aparecen en esta obra. No sólo eso sino que también se dedicó a hacer sendas versiones de pinturas originales de Audubon (podría haber recurrido a reproducirlas tal cual como hacían, por ejemplo, en Yo, Asesino pero prefirió el camino difícil). Norma cuenta con muchas biografías en su catálogo pero creo que pocas se prestan tanto al formato cómic. Los paisajes, la vegetación, los animales, están todos tan bien dibujados que casi se nos olvida lo mal que nos cae el protagonista.

Además, hay toda una reflexión de fondo sobre el mantenimiento del equilibro en los ecosistemas y sobre el impacto que tiene la actividad humana sobre la biodiversidad. De nuevo, no sé si Audubon reflexionó sobre este tema en sus memorias pero me parece muy acertado que los autores hayan decidido incluirlo en la discusión de la novela gráfica porque, de esta forma, Sobre las alas del mundo va mucho más allá de su propósito biográfico.


Sin duda, lo que más me ha tocado la moral es una licencia "artística" de los autores en que presentan un encuentro ficticio entre Audubon y Darwin en el que, encima, discuten sobre un hallazgo que no se había producido todavía y que ninguno de los dos pudo discutir en vida. Me desagrada en exceso porque creo que no aporta nada, y me parece una forma infantil de compartir un dato curioso que tiene una relación muy tangencial con la biografía de Audubon.

A pesar de que no comulgo con algunas de las decisiones creativas expuestas a lo largo de la obra, creo que Audubon es una lectura más que interesante que permite acercar a los profanos al método científico de hace un par de siglos.

martes, 15 de mayo de 2018

Sunny

Olvidad cualquier cosa que dijese de Chiisakobee porque Taiyo Matsumoto expone el día a día de los niños que viven en una casa de acogida de una forma tan desgarradora que hace empalidecer a todas las obras que traten temas similares. Estoy consternada pensando en lo mucho que he tardado en descubrir a este autor teniendo en cuenta que Glénat lo introdujo en su catálogo hace una década e incluso lo invitó al salón del manga en 2009 (supongo que por aquel entonces no estaba preparada para apreciar su obra...). 


Sei no puede seguir viviendo con sus padres por lo que le acogen en la casa de los niños de las estrellas. Allí conocerá a Haruo, que siempre está gritando y haciendo gamberradas, a Jun, que no se separa de su armónica y tiene las uñas larguísimas, a Megumu, silenciosa y obediente aunque quizá un poco sombría, a Kiiko, escandalosa y quejica... y a tantos otros niños que sobrellevan lo mejor que pueden la separación de sus respectivas familias.

Si Chiisakobee era la adaptación a la actualidad de una novela clásica, Sunny cuenta una historia que podría haber pasado hace cincuenta años o el mes pasado. Y es que una de las primeras cosas que me llamó la atención de este manga es que está ambientado en los años setenta sin explicitarlo en ningún momento. Tardé varios capítulos en darme cuenta ya que la principal pista está en las referencias a canciones de moda y deportistas famosos de la época que se hacen cada vez que encienden la televisión o se ponen a tararear una melodía. Puede parecer un detalle insignificante pero que el autor sea capaz de transmitir la información sin contarla directamente ya evidencia que domina el medio.


Aunque, por supuesto, si Sunny destaca entre otras obras es por su exposición de la infancia. Las bromas, las jugarretas, los mocos, las quejas, los gritos, los motes, las rabietas, los celos, las mentiras... Cada pequeño detalle nos teletransporta a esa etapa en que el mundo adulto parece tan lejano e inalcanzable, cuando todas las emociones se viven intensamente. Los personajes de Sunny se tambalean en esa línea tan fina que separa la bendita ignorancia e ingenuidad infantil de un entendimiento sorprendentemente agudo del mundo que les rodea y las normas que lo rigen. En este sentido, el autor es implacable y nos muestra como, sin que nadie se lo explique ni lo justifique, los niños tienen que adaptarse a sus nuevas circunstancias por ensayo y error. Y lo aprenden muy rápido, os lo aseguro.

Pero, sobre todo, Sunny nos rompe el corazón capítulo tras capítulo al abordar un tema tan cruel como es el del abandono. Una esperaría que los niños que se encuentran en un centro de acogida fuesen todos huérfanos o quizás con padres gravemente enfermos o en prisión. Pero no es así para muchos de los niños de las estrellas que tienen que lidiar con un duelo aún más despiadado: sus padres no pueden/quieren ocuparse de ellos y es por eso que los dejan a cargo de la casa de acogida. Este es el caso de Haruo, Sei o Kiiko cuyo carácter se va resintiendo poco a poco al saberse abandonados voluntariamente.


Cada capítulo está dedicado a un personaje distinto y, aunque los niños repiten en más de una ocasión siendo Sei y Haruo los protagonistas (si es que hay protagonistas en Sunny), también hay espacio para personajes como Kenji, que como es menor de edad sigue al amparo de la casa de acogida aunque haga mucho que dejó atrás su infancia, o Makio, el nieto del dueño, que se podría decir que tiene una vida normal aunque no parezca muy conforme con ella.

El dibujo es sencillamente excepcional, con un grafismo tosco que ahuyentará a los compradores de obras más convencionales pero que sin duda le proporcionan ese halo de experimentación tan bien valorado entre lectores que buscan algo distinto y están dispuestos a pagar (literalmente) por ello (13 euros que cuesta cada tomo a pesar de no tener más páginas que un tankoubon estándar). Taiyo Matsumoto tiene un estilo muy personal, fruto de años de publicación, que se caracteriza por viñetas gigantescas y trazos burdos.


Sunny es la obra con la que he conocido a Taiyo Matsumoto y ahora entiendo por fin por qué había tantas personas recomendándolo encarecidamente en las redes. Es difícil transmitir con palabras la capacidad que tiene el autor para estrujar el corazón del lector.

domingo, 6 de mayo de 2018

Poncho Fue

En mi idilio continuado con la biblioteca, Poncho Fue le ha tomado el relevo a I.D. pasando por delante de varios títulos a los que les tengo ganas desde hace meses como Sadbøi o Audubon. En este caso es La Cúpula la que recupera para el mercado español una obra publicada originalmente en Argentina. Cuando salió a la venta hace cosa de un año, recuerdo ver muchas webs hablando de Poncho Fue, con una labor publicitaria muy activa por parte de la licenciataria. Hay una página en concreto, ocupada en su totalidad por una sola viñeta, que vi numerosas ocasiones; en ella se ve a Lu, la protagonista, empujando a Santi, su pareja, mientras grita un monstruoso «¡¡¡BASTA!!!». Fue esa viñeta la que puso a Poncho Fue en mi lista mental de cómics por leer ya que ponía dos cosas de manifiesto: la primera, que esta obra versaba sobre una relación tóxica; la segunda, que no se trataba de un abuso físico franco sino de algo mucho más complejo.


Lu y Santi se conocen, se enamoran, empiezan a salir juntos. Lu y Santi son inseparables, se complementan, son la pareja ideal. Lu y Santi tienen alguna que otra disputa, pero tras cada desencuentro siempre llega una reconciliación. Lu se siente más y más incómoda a cada día que pasa, y el único factor que es capaz de relacionar con su creciente malestar, es su relación con Santi.

Puede que lo que resulte más abrumador de Poncho Fue es su realismo implacable. La propia autora ha hecho público que este cómic bebe en gran parte de sus experiencias personales aunque salta a la vista sin necesidad de aclaraciones. Cada pequeña discusión entre los protagonistas encoge el corazón por su autenticidad. Creo que es difícil haber tenido una relación romántica lo suficientemente larga y no sentirse identificado con al menos un pasaje de la obra. Quizá lo que da más miedo es reconocer actitudes propias tanto en las acciones de Lu como en las de Santi


Poncho Fue es un catálogo de prácticamente todas las actitudes tóxicas que pueden tenerse en una relación romántica incluyendo la pasivo-agresividad, el gaslighting, la dependencia y, en general, un abuso psicológico flagrante. Es muy fácil leer al personaje de Santi y calarlo enseguida como un imbécil prepotente con complejo de inferioridad pero más sutil puede resultar en la vida real descomponer la inseguridad y la baja autoestima de Lu que la colocan en una posición tan vulnerable dentro de la relación. 

Puede que lo que más miedo da de las más de doscientas páginas de Poncho Fue sean las efusivas reconciliaciones, las idas y venidas, como si de un acordeón se tratase, de una relación que hace aguas por todas partes pero que no se llega a romper. Lu es muy consciente de que muchos de sus problemas personales tienen su origen en las discusiones con Santi, en sus menosprecios, sus gritos y sus reproches y, sin embargo, se dedica con toda su alma a poner tiritas en una relación que hace aguas por todas partes convencida de que debe seguir con él aunque no tenga muy claro el porqué.


Mucho más allá del guión, Sole Otero despliega sus aptitudes artísticas, experimentando con todas las herramientas que están en su mano: colores, trazo, globos de texto... en ningún momento pretende tener un estilo realista sino todo lo contrario, juega con el tamaño de los elementos para plasmar visualmente todos esos matices que no se pueden escenificar de otra forma. Cuando la pareja discute, Lu se va haciendo cada vez más pequeña conforme se queda sin argumentos, cuando los antidepresivos le quitan la energía y la inunda la desidia, tanto su piel como su ropa se vuelven blancas como el papel, cuando se siente mal, la palabra culpa se enmaraña a su alrededor.


Poncho Fue es una lectura intensa, difícilmente dosificable, angustiosa y que seguro que os hace reflexionar. Al basarse en su experiencia personal y la de sus conocidos, la autora ha sabido fotografiar la naturaleza de las relaciones humanas a la perfección.

domingo, 29 de abril de 2018

Kamisama Hajimemashita

Noragami, Blue Exorcist, Inu-yasha, Nura... no sé si habíais reparado en ello pero tengo cierta predilección por las obras de fantasía en las que aparecen seres sobrenaturales. Me valen tanto dioses como demonios y, precisamente, Kamisama Hajimemashita es de las pocas obras que mezcla ambos. Kamisama Kiss para Alemania, Italia, Estados Unidos y otros países anglófonos, Divine Nanami para Francia y "¿shôjo de 25 tomos? venga hombre" para España (le hago ojitos a ECC sin muchas esperanzas pero de ilusión también se vive). Se publicó originalmente en la Hana to Yume (Hakusensha) de 2008 a 2016 recopilando, como decía, 25 tomos.


Por mucho que Nanami sepa que su padre no tiene remedio y que tiene que seguir ocultándole el dinero para que no lo apueste todo, no esperaba que la abandonara dejándola de patitas en la calle estando aún en el instituto. Mientras se resigna a pasar la noche al raso, se encuentra con un hombre muy extraño que, tras besarla en la frente, la insta a acercarse al templo Mikage, donde podrá vivir a partir de entonces y, después de eso, desaparece. Nanami se dirige hacia allí sin mucho convencimiento y, nada más llegar, es atacada por una criatura diabólica. 

Kamisama Kiss es un manga que, en mi opinión, tanto bebe del típico shōnen de aventuras como del tópico shōjo de instituto. Por un lado, tiene varios arcos argumentales que se suceden mientras la trama avanza poco a poco (no olvidemos que raramente* un shōjo alcanza los 25 tomos de publicación), con numerosos enemigos sobrenaturales a los que vencer, metas que alcanzar y un gran villano final que derrotar. Por el otro, se entrelaza el romance imposible entre la protagonista, humana, y su sirviente, demonio, con un desarrollo lento y sosegado, algún que otro malentendido y una visión muy pura y extrema del amor.


En cuanto al desarrollo de la trama, puede que Kamisama Kiss no destaque especialmente debido a lo desiguales que son los distintos arcos. La autora quiere contarnos muchas cosas y darle una profundidad a los hechos que no le permite el ritmo de publicación. Es por eso que la resolución de más de una de las tramas puede parecer prematura, con finales anticlimáticos, como si la autora tuviese prisa por acabar con un determinado arco para poder pasar cuánto antes al siguiente. Lo que alabé en mi reseña de El Juguete de los Niños se convierte en un defecto en una obra coral con tantísimos personajes y un universo tan basto.

El romance entre Nanami y Tomoe es lo que me quita el hipo y me ha enganchado tantísimo a la lectura de todos estos tomos. Es un amor incondicional, puro, radical. Es ese tipo de historia de amor predestinado, que todo lo puede, que no se puede romper, que se convierte en la fuerza motriz de ambos enamorados. Pero se trata a la vez de un amor lento, que germina poco a poco, que evoluciona, que hace crecer a los personajes. Algo que me parece fascinante de los primeros tomos de Kamisama Kiss es que Nanami aprovecha su posición como diosa y obliga a Tomoe a hacer lo que ella quiera para disgusto del primero. Tomoe está asqueado, aborrece tener que obedecerla, la ve como un ser extremadamente frágil, que puede morir a la primera de cambio.


Mucho más tarde, cuando acaba por caer rendido a sus pies y se vuelve celoso y sobreprotector ya me desencanté un poco (bastante) pero se lo perdono (más o menos) a la autora porque es un demonio que ha vivido varios siglos y sus motivos tiene para ser un poco posesivo... pero tampoco habría estado de más una relación un pelín más sana. De hecho, aunque Tomoe es un peligro andante y es de los personajes más posesivos que he leído nunca, casi me molesta más la actitud despreocupada de Nanami, demasiado Mary Sue y con el mismo instinto de supervivencia que tenía Hiyori en Noragami... Me hubiese gustado un epílogo en el que aprendieran a tener una relación adulta más madura la verdad.

Donde brilla Julietta Suzuki es en el diseño y construcción de personajes y en su forma de tejer las relaciones entre unos y otros. Para comenzar, y aunque pueda parecerlo por el plantel de personajes principales, Kamisama Kiss no es un shojo harem. Aparecen diversos dioses (que no parecen susceptibles de experimentar sentimientos tan terrenales) y demonios, prácticamente todos de género masculino, que en ningún caso muestran interés en la protagonista. Al contrario, las relaciones que más entrañables me han parecido son las que van más allá del amor romántico.


Mitsuki es un familiar (no me entusiasma la traducción pero no sé de qué otra forma referirme a este término) de Nanami. La diosa original que le dio vida desapareció al perder todos sus creyentes por lo que estuvo solo durante décadas preservando el espejismo del templo en que convivieron ambos durante siglos. Al conocer su historia, Nanami se apiada de él y decide convertirlo en su familiar para acogerlo en el templo Mikage. Esta decisión la convierte en responsable de Mitsuki ya que, más que una simple amiga o amante, la diosa en prácticas se convierte en una segunda madre para el shikigami.

Aunque quizá sea la amistad inquebrantable entre Tomoe y Akura-ou la que emerge como la más insólita dentro del género, madurando y perdurando con el devenir de los siglos, tras muchas peleas y malentendidos. Akura-ou es el paradigma de la falta de moral, es un ser que desde su omnipotencia no puede comprender a los tan débiles e inferiores seres que son los humanos desde su punto de vista. Lo que me parece precioso de Kamisama es que todos los entes sobrenaturales que aparecen, ya sean yokais o shikigamis, no tienen ningún tipo de moral ni de ética, no son humanos y, por ello, actúan a menudo de forma impulsiva, sin rastro de empatía, con la crueldad y el egoísmo de los niños pequeños.


En definitiva, Kamisama Kiss me ha encandilado por sus personajes. Toma como base infinitos clichés y motivos repetidos sin cesar (aunque nunca hasta la saciedad) en el manga pero enseguida se desmarca con esas relaciones que comento a lo largo de la entrada haciendo de su lectura una experiencia de lo más disfrutable. Si alguna editorial se animase a licenciarlo en España, me lo compraría sin dudar.

*Sí, sé que Akatsuki no Yona lleva ya 26 y ni siquiera está terminada pero estaremos de acuerdo en que la proporción de obras de demografía shôjo licenciadas en España de esta longitud es más bien ínfima.

domingo, 22 de abril de 2018

I.D. de Emma Ríos

Llevo queriendo leer I.D. desde que vi alguna de sus páginas fotografiada en su primera edición como parte de la revista de cómics Island. Incluso llegué a tener algún número de dicha revista en mis manos en una visita a Gigamesh. Pensé en comprar el volumen en inglés cuando supe que Image iba a recopilar todo el material en tomo. No mucho después Astiberri anunció que editaría este título en castellano. Y mis dudas existenciales sobre qué edición comprar desembocaron en que terminara por no comprar ninguna. Si no fuera porque lo encontré hace unas semanas en la biblioteca, supongo que habría seguido perdiéndome su tan estimulante lectura.


En un futuro ficticio, el avance de la ciencia ha hecho posible el trasplante de cuerpo, o de cerebro (según se mire), si se tienen los medios y la determinación necesarios. Con el propósito de someterse a dicha cirugía, Noa, Charlotte y Miguel discuten en una cafetería sobre los motivos que los han llevado a tomar una decisión tan radical. Mientras tanto, una guerra sin cuartel tiene lugar en el exterior y los intereses del centro que lleva a cabo el dudoso procedimiento no están del todo claros...

Voy a empezar la casa por el tejado hablándoos de un artículo que funciona a modo de epílogo firmado por el doctor Miguel Alberte Woodward, que asesoró científicamente a Emma Ríos a la hora de crear un marco teórico coherente en el que fuese factible hablar de trasplante de cuerpo. Se trata de un pequeño alegato en el que expone todos los motivos por los que nunca tendría sentido aplicar una operación como la que se plantea en I.D. Echa por tierra la hipótesis que sustenta al cómic desde todos los ángulos posibles, y lo hace concienzudamente. Con esto en mente, autora y lectora tenemos muy claro que el objetivo de I.D. no es ni predecir el futuro ni tampoco el mero entretenimiento, sino una reflexión extraordinaria sobre la identidad desde un punto de vista que sólo la ciencia ficción podía facilitar.


Cuando empecé a leer una disertación sobre optogenética, virus neurotropos usados como vectores y estereotaxia como marco de referencia no daba crédito. Es una combinación fascinante de elementos que sí se emplean actualmente en investigación y para tratar ciertos trastornos. Sólo por dedicar tanto esfuerzo a que el mecanismo del procedimiento quirúrgico se explicitara y, encima, fuera coherente, ya considero que I.D. sobresale entre otras obras de ciencia ficción que prefieren no detenerse en la lógica interna de lo que plantean.

Pero, como en toda obra del género que se precie, y como ya nos revela el doctor Alberte, el trasplante de cuerpo no es más que la excusa que sirve de telón de fondo a una serie de cuestiones más bien metafísicas sobre la identidad y cómo nuestro cuerpo es la interfaz que nos permite comunicarnos con el mundo exterior y otras personas. La viabilidad de tal procedimiento tendría (especial) sentido en el contexto de enfermedades orgánicas o lesiones graves derivadas de traumatismos pero no es este el escenario de I.D. Los candidatos a la operación que presenta Emma Ríos son privilegiados habitantes con medios suficientes que aspiran a alcanzar la cúspide de la pirámide de Maslow con la enésima invención biotecnológica. No tengo ninguna duda de que si algo así existiese hoy en día, no faltarían voluntarios para someterse a la operación, ya que hay una creciente obsesión con comprar la felicidad.


Noa es un chico trans que no se conforma con una operación de cambio de sexo sino que prefiere reemplazar su cuerpo para así poder sentirse cómodo consigo mismo. Miguel es un expresidiario que prefiere no revelar demasiado de sí mismo. Mientras que Charlotte es una mujer de avanzada edad con ganas de experimentar. Estos tres personajes sólo comparten su deseo de cambiar de cuerpo pero no podrían ser más distintos en todo lo demás. I.D. consiste, precisamente, en todos los intercambios que comparten estas tres personas que, al ser tan opuestas, tanto tienen por discutir. Especialmente brillante me parece el retrato que hace Emma de la masculinidad y la feminidad presentando primero a Noa como un chico que no se siente identificado con su cuerpo femenino y menudo, para introducir más adelante a Miguel como un hombre de lo más corpulento incapaz de usar la violencia mientras que la aparentemente frágil Charlotte es la más autosuficiente del grupo con claras aptitudes para dejar K.O. a cualquier amenaza potencial.

Pero son los destellos fugaces de información entrecortada que se intuye aquí y allá los que acaban de complementar la lectura de esta obra. I.D. tiene lugar en un futuro incierto, me atrevo a aventurar que bastante próximo, en el que los humanos hemos conseguido colonizar con éxito la Luna y Marte. Por supuesto, los avances tecnológicos no han podido con la corrupta naturaleza humana por lo que hay disturbios por doquier, abusos policiales y las triquiñuelas ilegales de grandes corporaciones están a la orden del día.


Es en el apartado gráfico en el que Emma Ríos demuestra su larga trayectoria como artista de varias editoriales de cómic estadounidenses. Tiene muy claro que cada una de sus páginas ha de ser una obra en sí misma y tiene de sobras el talento para lograrlo. Además, para darle un toque aún más personal, opta por el bitono; la elección por el magenta acentúa el carácter íntimo y visceral de la historia. Me encanta la composición de viñetas de casi todas las páginas, aunque el objetivo principal sea transmitir una idea/argumento, I.D. no deja de ser un experimento gráfico con un resultado final excelente.

Puede que el principal defecto del cómic sea su brevedad ya que introduce un mundo tan interesante que el escaso desarrollo que se puede mostrar en 80 páginas podría resultar incluso superficial para el lector. Aunque la historia de Noa es bastante lineal y la de Miguel obtiene un cierto grado de resolución, Charlotte permanece como un absoluto enigma de principio a fin. Quizá el tono sea demasiado desenfadado para la crudeza de lo que cuenta, me hubiese encantado ver al menos un capítulo dedicado tan solo a las secuelas de la operación aunque entiendo que no era ese el objetivo de la obra. Es una idea que no dista tanto de la que se presenta en Altered Carbon pero creo que la de I.D. es más tangible y permitiría explorar aspectos muy interesantes.


Para concluir, os recomiendo encarecidamente la lectura de I.D., tengo claro que lo añadiré a mi biblioteca (cuando decida en qué idioma lo quiero) aunque, por lo pronto, mi prioridad es hacerme con Mirror ahora que sé que conecto al 100% con los mundos que plantea Emma Ríos.